ÍNDICE
0.
Introducción
1.
Mercados y Política de Regulación Económica
2.
Macroeconomía, Ciclos y Política Monetaria
3.
Conclusiones
4.
Nota Bibliográfica
La
escuela austriaca de economía fundada por Menger, Bohm-Bawerk
y Wieser alcanzó su apogeo en los años treinta del pasado
siglo. Su propuesta metodológica de que los fenómenos económicos
sólo podían ser comprendidos cabalmente partiendo del análisis
del comportamiento individual caracterizado por la valoración
subjetiva de los costes y beneficios de las decisiones económicas
terminó dominando los programas de investigación de los
principales centros académicos. La obra de los fundadores de
la economía austriaca y de sus continuadores fraguó un
modelo general de determinación de los precios relativos a
partir de las preferencias individuales. Hayek, por otra
parte, integró la teoría microeconómica del capital de Bohm-Bawerk
y la teoría monetaria del ciclo económico desarrollada por
Wicksell y Mises en un modelo que situaba la causa de las
fluctuaciones económicas en la distorsión de la asignación
intertemporal de recursos provocada por las deficiencias del
funcionamiento del mecanismo monetario. Así pues, hubo un
momento breve pero glorioso en el que la teoría económica más
avanzada se escribía en inglés pero se hablaba con acento
alemán. Su propio éxito por un lado, y Hitler, la segunda
guerra mundial y Keynes por otro, dividieron y dispersaron lo
que fue una corriente relativamente homogénea y hegemónica
dentro del pensamiento económico.
Para
la mayoría de economistas, las aportaciones más valiosas de
la escuela austriaca quedaron subsumidas en la formalización
de la teoría de precios realizada por Hicks y pasaron a
formar parte del análisis económico dominante. En cuanto a
la obra de Hayek sobre el ciclo económico, la opinión
mayoritaria aún hoy día es que fue demolida por la
macroeconomía keynesiana. Siendo quizá más precisos y
generosos con el economista austriaco, se puede decir que la
profesión aceptó la interpretación de Hicks según la cual
el modelo de Hayek, si bien marraba en el análisis macroeconómico
del corto plazo y de las oscilaciones coyunturales, iluminaba
aspectos importantes del proceso de crecimiento a largo plazo
de las sociedades capitalistas. Sin duda alguna, hay aspectos
de la investigación de Hayek sobre el ciclo económico que
fueron recuperados por la teoría macroeconómica cuando las
limitaciones de la revolución keynesiana empezaron a ser
evidentes. Por ejemplo, el énfasis hayekiano en el mecanismo
monetario como factor causal predominante de las fluctuaciones
cíclicas y su imperativo metodológico de asentar el análisis
del comportamiento agregado de los agentes económicos en sólidos
fundamentos microeconómicos. Pero por mucho que Friedman
primero, y Lucas y otros artífices de la denominada nueva
macroeconomía clásica después, rindieran pleitesía metodológica
a Hayek e incluyeran citas de sus obras en el frontispicio de
sus artículos, la opinión mayoritaria sigue siendo que la
macroeconomía actual debe más a Keynes que al economista
austriaco.
Contra
estas interpretaciones se levanta la nueva escuela austriaca
de economía nacida principalmente del magisterio de Mises en
Estados Unidos desde su llegada a este país durante la
segunda guerra mundial hasta su muerte en 1973. Para los
miembros de esta escuela, la teoría micro y macroeconómica
dominante – con su modelo de equilibrio general y su énfasis
en la formalización matemática y en la utilización de
agregados que ocultan divergencias de comportamiento
individual que son relevantes para entender el mundo real –
se ha desviado del camino emprendido por los grandes
economistas austriacos y adolece de serias deficiencias
metodológicas que limitan severamente su capacidad
explicativa de los fenómenos económicos. Por esta escuela,
como por cualquier otra, circulan varias corrientes de
pensamiento que difieren en el tono y en el contenido de sus
críticas y alternativas a la economía neoclásica. La
descripción de estas variantes nos alejaría del objetivo de
estas páginas. En lo que sigue me limitaré a esbozar los
planteamientos doctrinales austriacos que a mi parecer son más
interesantes y a extraer algunas implicaciones de política
económica.
-
MERCADOS
Y POLÍTICA DE REGULACIÓN ECONÓMICA
Los
economistas austriacos consideran que la teoría del
equilibrio general walrasiano no proporciona un marco analítico
adecuado para inferir proposiciones que expliquen
adecuadamente el funcionamiento económico de nuestras
sociedades. Un ejemplo que se cita frecuentemente en la
literatura de la nueva escuela austriaca es la incapacidad del
análisis de equilibrio general que culmina en la obra de
Arrow y Debreu para comprender el colapso de las economías de
planificación central. Según la teoría del equilibrio
general tal y como se desarrolla hasta mediados de la década
de los setenta del pasado S. XX, señalan los austriacos, nada impediría que una economía sin propiedad privada
fijara continuamente el vector de precios que elimina los
excesos de demanda de todos los mercados y garantiza la
consecución de la máxima eficiencia económica. De hecho,
los más insignes libros de texto de la economía neoclásica,
el de Samuelson entre otros, ponían de relieve con una mezcla
de alarma y admiración el extraordinario crecimiento económico
de los países con planificación central y vaticinaban su rápido
acercamiento a los niveles de vida más elevados de Occidente.
El contraste flagrante entre las predicciones de la teoría
neoclásica y la realidad, sostienen los críticos austriacos,
delata carencias profundas del modelo de equilibrio general y
consecuentemente exige un método radicalmente diferente de análisis
de la conducta individual.
Los
economistas austriacos aseveran que se debe sustituir la teoría
del equilibrio general centrada en el análisis de los estados
finales a los
cuales supuestamente tiende la economía por el estudio de los
procesos mediante los que los mercados coordinan las acciones
que los individuos despliegan para intentar conseguir sus
objetivos. Según ellos, la teoría del equilibrio general no
permite este análisis porque, llevada por su afán de
sacrificar realismo en aras de lo matemáticamente resoluble y
lo estadísticamente mensurable, está maculada de supuestos
sobre la naturaleza del conocimiento de los agentes económicos
que impiden capturar aspectos esenciales de la acción humana
en el transcurso del tiempo. El centro del análisis debe ser
el cambio perpetuo inducido por la acción humana enfrentada a
un mañana siempre incierto; un mundo en el que cambian
continuamente los fines de los individuos y los medios con que
cuentan para conseguirlos y cuyo motor fundamental es la
iniciativa empresarial encaminada a descubrir continuamente
las combinaciones de factores y productos que satisfacen mejor
las preferencias de los individuos; un mundo en el que hay
igualmente cambios continuos
provocados por la constatación de los inevitables
errores derivados de adoptar decisiones en el marco de
ignorancia irreductible sobre la evolución futura de los
acontecimientos en que operan los agentes económicos. Abrir,
cerrar, fusionar o escindir empresas; expandir o contraer la
actividad o la gama de productos; en suma, movilizar
continuamente los recursos productivos para descubrir y
explotar de la mejor manera posible esa tecnología productiva
y esas funciones de demanda que la teoría convencional supone
que están dadas constituye el verdadero estado permanente del
sistema económico.
La
implicación política de lo anterior es que el modelo de
equilibrio general neoclásico no proporciona un patrón
normativo para evaluar la discrepancia entre el nivel de
bienestar existente y el nivel potencial. En particular, no se
pueden extraer recomendaciones de política económica
comparando los precios y la organización de mercados
resultantes del modelo de competencia perfecta con la realidad
existente. Para los austriacos, buena parte de lo que la
economía neoclásica tradicional considera fallos de mercado
– por ejemplo, la competencia monopolista o la dispersión
de precios de un mismo bien, o de forma más general la
existencia de mercados caracterizados por empresas cuyas
decisiones de producción alteran el precio de mercado – son
realmente comportamientos eficientes en un mundo en el
que, a diferencia de lo supuesto en el modelo de equilibrio
general, el conocimiento de empresarios y consumidores sobre
la tecnología, sobre la calidad de los bienes y de los
recursos productivos, sobre la estructura de la curva de
demanda o sobre la aceptación de nuevos productos es muchas
veces inexistente y siempre subjetivo.
Así
por ejemplo, desde la perspectiva austriaca una política de
defensa de la competencia encaminada sistemáticamente a
reducir la concentración empresarial en los mercados para
acercarlos al modelo de competencia perfecta es una política
equivocada que puede ocasionar una seria erosión de la
eficiencia económica. El principio fundamental de la política
de defensa de la competencia es que eliminando el poder de
mercado y acercándose al modelo de competencia perfecta se
iguala el ingreso medio y el ingreso marginal consiguiendo así
reducir el precio y aumentar la producción de equilibrio del
mercado correspondiente. La crítica austriaca a este
principio es que, en muchos casos, el poder de mercado
existente es la manera más eficiente de satisfacer las
preferencias del consumidor hoy y asegurar las innovaciones
necesarias para seguir cubriéndolas mañana. En estos casos,
la materialización del modelo de competencia perfecta es
simplemente una ficción teórica, creada por supuestos
irreales sobre el comportamiento de individuos y empresas e
inexistente en el mundo real. Si en estos casos se impone una
ordenación de mercado inspirada en un modelo inadecuado de la
realidad económica, el resultado final mermará la eficiencia
económica. No se conseguirá producir más a menor precio
sino, antes o después, producir menos, con peor calidad y a
un mayor coste.
Para
los austriacos, la política esencial para fomentar la
eficiencia de los mercados
consiste en eliminar las barreras de entrada,
frecuentemente erigidas por regulaciones gubernamentales.
Ciertamente, las empresas pretenderán siempre dominar el
mercado y cuando el número de empresas en un mercado
determinado sea reducido, propenderán a la colusión cuando
consideren que con ello pueden maximizar sus beneficios. En
determinados mercados, además, la dominación de algunas
empresas, ya sea por sus aciertos o por los privilegios que en
el pasado derivaron de la tutela pública, establece
formidables barreras de entrada que pueden ser inexpugnables
por algún tiempo. Ahora bien, las colusiones se rompen
voluntariamente con la misma frecuencia con que se forman y el
avance tecnológico en los mercados dominados por pocas
empresas o en los mercados que producen bienes sustitutivos
terminará despachando
las posiciones dominantes ineficientes. En todo caso, según
los austriacos se debe dejar que sea la libre evolución económica,
la competencia en la verdadera acepción etimológica del término,
la que termine decidiendo si el mercado en cuestión puede ser
más eficiente aumentando el número de productores o sustituyendo
la empresa dominante por otra mejor.
El
caso de las empresas cuyo poder de mercado procede de
privilegios concedidos por el Gobierno, v.g. las empresas de
telecomunicaciones, de correos o de transporte ferroviario,
plantea problemas especiales. En estos casos, la eliminación
de las barreras de entrada debe empezar por el mercado de
propiedad de las empresas en cuestión, privatizándolas y
abriendo el control societario al capital privado tanto
nacional como extranjero. En estos casos, por otra parte, es
habitual que la liberalización
ocasione aumentos de precios ya que la propiedad
estatal se suele caracterizar por fijar los precios de
productos de gran consumo por criterios políticos y no económicos.
La
crítica austriaca a la política de defensa de la competencia
es similar en muchos aspectos a la realizada por George
Stigler y la escuela de Chicago o por autores como Oliver
Williamson, Armen Alchian y Harold Demsetz. La obra de estos
economistas se puede considerar una demostración de la
capacidad de la microeconomía dominante para incorporar las
preocupaciones austriacas sobre la importancia de analizar las
instituciones económicas y el comportamiento individual sin
recurrir a las distorsionadoras simplificaciones del modelo de
equilibrio general. Alternativamente, también se puede
considerar a estos economistas como compañeros de viaje de la
tradición austriaca. Hay una diferencia importante, empero,
entre los autores mencionados y la escuela austriaca. Las críticas,
digamos, internas al modelo de equilibrio general competitivo
consideran que los fallos del mercado o no son tales o aun
cuando lo fueran la organización imperfecta del mercado puede
ser preferible a la intervención del Estado para corregirla
si los fallos del Estado ocasionan costes superiores a los que
pretende corregir con su actuación. Para los austriacos, la
intervención del Estado no está justificada porque impide la
continua experimentación de la iniciativa privada y con ello
bloquea los procesos de mercado encaminados a la búsqueda de
la mejor solución para satisfacer las preferencias de los
consumidores. Esto es, aun cuando exista una genuina situación
de fallo de mercado caracterizada por una organización
de mercado mejorable desde el punto de vista de las
necesidades del consumidor a corto y largo plazo, normalmente
es preferible dejar que sean las fuerzas del mercado, aunque
su operación pueda parecer lenta o imperfecta, las que
provoquen la transformación organizativa del mercado en
cuestión o de los mercados relacionados correspondientes.
2.
MACROECONOMÍA, CICLOS Y POLÍTICA MONETARIA
La
escuela austriaca se opone frontalmente a la macroeconomía de
inspiración keynesiana por considerar que sus deficiencias
metodológicas la inhabilitan para comprender adecuadamente
las causas y remedios de las fluctuaciones económicas. La
raiz de la crítica austriaca a la macroeconomía se remonta
al debate de entreguerras entre Keynes y Hayek, y su punto de
partida es su oposición a sistemas analíticos que postulan
relaciones causales entre variables agregadas. Según los
austriacos, las oscilaciones económicas a corto o medio plazo
se han de estudiar sobre la base del análisis del
comportamiento individual y de las variables microeconómicas
que lo determinan. Explicar el ciclo
mediante los movimientos de variables agregadas como el
nivel de precios, el consumo, el ahorro o la inversión
enmascara lo que ocurre con los diferentes precios relativos,
la estructura salarial, las divergencias entre
grupos de consumidores, la dispersión sectorial de las
tasas de beneficio y las diversas categorías de bienes de
capital. Para los austriacos, las causas y las consecuencias más
importantes de los movimientos cíclicos residen precisamente
en esas disparidades de precios relativos y la consiguiente
redistribución de renta que ello
entraña entre las diferentes actividades productivas y
los múltiples individuos.
La
escuela austriaca se opone también a la nueva macroeconomía
clásica desarrollada a partir de los trabajos seminales de
Friedman, Phelps, Lucas y Barro, a pesar de sus sólidos
cimientos microeconómicos y de que la mayor parte de estos
autores consideran que su obra entronca con el programa de
investigación de la teoría del ciclo propuesto por Hayek en
el periodo de entreguerras. En opinión de la escuela
austriaca, los fundamentos microeconómicos de esta nueva
macroeconomía clásica son espurios ya que no están dictados
por la observación del comportamiento individual en el mundo
real sino por las exigencias de la modelización matemática y
el contraste econométrico. Si bien la macroeconomía moderna
ha conseguido un gran avance al extender la hipótesis de
racionalidad a la formación de expectativas, la utilización
de modelos que recurren a la ficción del agente
representativo o a la de las “islas” de mercados
imperfectamente vinculadas entre sí no deja de ser un
procedimiento de agregación que, al igualar las funciones de
utilidad de los individuos, el conjunto de información
disponible y las expectativas de cada uno de ellos, impide el
análisis adecuado de las diferencias de comportamiento entre
categorías de consumidores.
Además
de estas cuestiones metodológicas, otra característica
distintiva del pensamiento monetario austriaco es el ámbito
temporal de referencia y el análisis de los cambios de la
estructura de producción ocasionados por el desequilibrio
monetario. La teoría monetaria convencional incorpora
ciertamente la posibilidad de que
el dinero no sea neutral a corto plazo, de que cambios
en la cantidad de dinero tengan efectos transitorios sobre la
producción y el empleo. De hecho, la especificación de la
fuente de dicha no neutralidad del dinero a corto plazo es
quizá el atributo principal que distingue las diversas
variantes que concurren en la teoría macroeconómica que los
austriacos denominan neoclásica. A largo plazo, sin embargo,
todos estos modelos imponen la condición de neutralidad del
dinero y no analizan los cambios en la estructura del capital
y en la composición de los restantes bienes y servicios
producidos por la economía en el transcurso del tiempo,
agrupando una y otra estructura en variables agregadas. En el
caso de una economía estacionaria por ejemplo, una duplicación
de la cantidad de dinero terminará provocando una duplicación
del nivel de precios. Para los austriacos este enfoque es
inaceptable porque compara magnitudes agregadas - la cantidad
de dinero, el stock de capital, el volumen de producción y el
nivel de precios - cuya composición se ha alterado drásticamente
en el periodo transcurrido entre el comienzo y el final de la
expansión monetaria. Según el análisis austriaco, las
variables relevantes del análisis han de ser
los saldos de dinero poseidos individualmente, la
composición sectorial de la producción según la mayor o
menor cercanía del valor añadido correspondiente a su
transformación final en bienes de consumo y cada uno de los
precios de consumo.
A
diferencia de las alteraciones de la unidad de cuenta que
afectan únicamente a una dimensión del dinero, lo que ocurre
por ejemplo con la introducción del euro, la expansión
monetaria nunca afecta equiproporcionalmente a los agentes y
sectores económicos. Sean cuales sean los factores causales
del aumento de dinero, siempre aumentan inicialmente en
diferentes grados el poder de compra de los individuos y
empresas de la economía, lo que inexorablemente modificará
las estructuras de precios, salarios y beneficios relativos y
con ello la composición de bienes producidos por la economía.
La expansión monetaria no descontada altera, entre otros, el
precio relativo entre los bienes presentes y los bienes
futuros en favor de estos últimos e incentiva así el
desplazamiento de recursos hacia los sectores que producen
bienes de capital. Estos sectores se expandirán por encima de
su tamaño de equilibrio, tanto más cuanto más se vea
aumentado el valor de su producción por el estímulo
monetario, como consecuencia del
exceso de oferta de liquidez.
El
incremento de los bienes de capital por encima de los niveles
consistentes con el equilibrio monetario ocasionará
ciertamente un aumento transitorio de la productividad
marginal y de los salarios reales, de mayor o menor intensidad
según los sectores, así como del volumen de producción de
la economía. Este aumento del volumen de producción estará
sesgado en favor de los bienes de capital que crecerán en mayor
proporción que los bienes de consumo. Si persiste el
desequilibrio monetario, la demanda de bienes de consumo,
alentada por el aumento de los salarios reales de la mayor
parte de trabajadores y por tipos de interés inferiores a su
nivel de equilibrio, terminará creciendo por encima de la
oferta de dichos bienes que tiene que competir con los mayores
incentivos existentes para producir bienes de capital. A
medida que se agotan los estímulos creados por la expansión
monetaria y se tensiona la oferta de liquidez, se contraerán
los sectores cuyo crecimiento dependía de la persistencia de
condiciones financieras excepcionales y se pondrá en marcha
un proceso de caída de la actividad económica y cambios de
su composición. Este proceso suele estar caracterizado
inicialmente por un aumento de los precios de consumo, sobre
todo de los bienes de consumo no duraderos, en relación a los
bienes de inversión y una caída de la proporción de los
bienes de equipo en el volumen de producción. La intensidad
de este ajuste dependerá sobre todo de los desequilibrios
acumulados durante la fase expansiva que, entre otras cosas,
determinará la salud de los balances bancarios, así como la
viscosidad de la estructura salarial y de las expectativas de
los agentes económicos en los primeros estadios del cambio de
ciclo.
Es
conveniente demorarse algo más en la comparación de la visión
austriaca del ciclo con el análisis convencional para
iluminar diferencias de enfoque que suelen pasar
desapercibidas. Según el análisis convencional, un aumento
inesperado de la cantidad de dinero por encima del nivel
consistente con el producto potencial de la economía tendrá
indudablemente un impacto expansivo inicial sobre el volumen
de producción pero terminará disolviéndose en
aumentos del nivel de precios. Sin embargo, la
macroeconomía neoclásica, al menos los modelos monetaristas,
no acepta la llamada hipótesis de superneutralidad del
dinero. Esto es, si sustituimos en la hipótesis de
neutralidad anteriormente expresada niveles por ritmos de
crecimiento, muchos modelos convencionales concluyen que el
dinero no es neutral ni a corto ni a largo plazo. Así, un
aumento del ritmo de creación de dinero por encima del ritmo
consistente con el crecimiento potencial de la economía
terminará ocasionando un aumento de la inflación y un
crecimiento por debajo del potencial. Según los austriacos,
un aumento del ritmo de creación de dinero inducirá
habitualmente un crecimiento adicional del volumen de producción
durante algún tiempo, pero antes o después este crecimiento
distorsionado llevará inexorablemente a un proceso de ajuste,
a una crisis económica o en cualquier caso a un periodo de
crecimiento inferior al potencial. De lo anterior se podría
inferir que ambos análisis llevan a conclusiones similares o
al menos no contradictorias sobre el comportamiento de ciertas
magnitudes agregadas que, si bien no forman parte del enfoque
austriaco, nada impide que sus movimientos sean consistentes
con los de las variables microeconómicas que ellos
consideran.
Esta
aparente similitud esconde algunas diferencias esenciales
entre el análisis macroeconómico convencional y el análisis
austriaco. En primer lugar, para la macroeconomía neoclásica
el indicador fundamental del desequilibrio monetario y por
ende el objetivo de la política monetaria es el
comportamiento de los índices de precios, ya sea el deflactor
del consumo privado, el IPC u otros indicadores adelantados de
los precios de consumo. En segundo lugar, el enfoque
convencional tiende a separar el análisis de la inflación,
el análisis de la etapa expansiva del ciclo, del análisis de
la recesión. Esto es, según el análisis monetario
dominante, la política monetaria será adecuada si consigue
impedir que la tasa de inflación supere determinados
umbrales. Igualmente según este análisis, si la política
monetaria ha sido incapaz de controlar la inflación y la
economía del país se mueve con cifras de inflación elevadas
y crecientes, sería posible bajo ciertos supuestos reducir la
inflación sin sufrir pérdidas de producción y empleo. Así,
por ejemplo, si siendo la inflación del 6% anual, el Banco
Central anuncia una política monetaria restrictiva dirigida a
situar la inflación en el 2% anual y todos los agentes económicos
se convencen automáticamente de que la inflación en el
siguiente ejercicio coincidirá con el objetivo del Banco
Central, la deflación se llevaría a cabo sin costes
relevantes en términos de pérdidas de producción y empleo.
Para
los austriacos, por el contrario, se puede estar incubando un
desequilibrio monetario de proporciones considerables aun
cuando la inflación no sea elevada ni muestre una tendencia
claramente alcista. Si el tipo de interés no aumenta lo
suficiente para contrarrestar cualquier impulso que aliente
permanentemente la formación de capital por encima del ahorro
voluntario se estará engendrando un proceso de sobreinversión
que antes o después ocasionará una caída más o menos
intensa del ritmo de crecimiento económico. Durante este
proceso, la inflación podría mantenerse en niveles reducidos
si, por ejemplo, estuviera teniendo lugar una aceleración del
ritmo de avance tecnológico que presionara a la baja el
precio de numerosos bienes y servicios de consumo. En estas
circunstancias, la política monetaria correcta debería
provocar una caída del nivel general de precios o una inflación
aún más baja que la registrada durante el proceso de
crecimiento exagerado de la inversión. De hecho, el interés
por la obra de Hayek en los años treinta obedeció en parte a
que predijo acertadamente el comienzo de la Gran Depresión
amparándose en su análisis de la política monetaria
norteamericana durante los años veinte. Según Hayek, a pesar
de que los precios de consumo no aumentaron significativamente
en los años anteriores a la Gran Depresión, el rápido
avance tecnológico durante los años veinte ocultaba las
fuertes tensiones inflacionistas que se estaban incubando
durante aquel periodo. La Gran Depresión, la crisis de Japón
que comenzó en los años noventa, la crisis de las economías
asiáticas de 1987 (y el tiempo dirá si hay que incluir en
esta lista el comportamiento de la economía de Estados Unidos
desde comienzos del 2000) son ejemplos de bruscos giros cíclicos
que no han sido precedidos por un periodo de inflación
elevada o claramente creciente.
En
condiciones normales, un desequilibrio monetario persistente
terminará provocando una subida autoalimentada del ritmo de
aumento del nivel general de precios. Según los austriacos,
la instrumentación de una política monetaria restrictiva
para eliminar el desequilibrio monetario y reducir la inflación
ocasionará pérdidas de producción y empleo en proporción
al desequilibrio acumulado. Estos costes serían inevitables
aun cuando las expectativas de inflación de los agentes económicos
se ajustaran brusca y simultáneamente a la baja siguiendo el
anuncio de la política monetaria antiinflacionista. La razón
fundamental de estos comportamientos estriba en la distorsión
de la estructura productiva asociada con el desequilibrio
monetario. Para los austriacos, el desequilibrio monetario
ocasiona una asignación defectuosa e insostenible de los
recursos productivos. Los sectores de la economía que
producen bienes de equipo se han desarrollado excesivamente de
forma que la producción de muchos de estos sectores no se
puede vender a precios rentables en condiciones de equilibrio
monetario. Ocurra lo que ocurra con la inflación, los tipos
de interés reales consistentes con el equilibrio monetario
entrañan la desaparición del exceso de bienes de capital
construidos al amparo de expectativas de persistencia
indefinida de las condiciones financieras de desequilibrio. Así,
la caída de precios, producción y empleo de estos sectores
inducirá inevitablemente
una desaceleración del crecimiento económico que será
tanto más intensa cuanto mayores sean los desequilibrios
acumulados durante el periodo de excesiva expansión
monetaria.
A
pesar de que el enfoque austriaco ilumina aspectos
habitualmente descuidados de los ciclos de expansión y
contracción que caracterizan el crecimiento de las economías
capitalistas, adolece sin embargo de defectos que merman su
utilidad para guiar la política monetaria. El concepto de
equilibrio monetario y la terapéutica correspondiente para
asegurarlo han vivido convulsiones considerables dentro de la
tradición austriaca. Para Mises y el primer Hayek, el
desequilibrio monetario se originaba con cualquier crecimiento
positivo de la cantidad de dinero y era inherente a los
patrones fiduciarios. Hayek, consciente de las dificultades teóricas
de esta posición, intentó sin éxito definir el concepto de
dinero neutral y las reglas de política monetaria asociadas.
En su última etapa, la que goza de mayor apoyo entre los
austriacos modernos, proponía la abolición de los bancos
centrales y dejar a la libre competencia entre bancos privados
el suministro de la oferta monetaria. Una variante, propuesta
ya por Mises en su tratado de teoría monetaria de 1912 y
compartida por otras escuelas económicas, consiste en imponer
un coeficiente de caja del 100% a fin de abolir el crédito
bancario, transformando así las entidades de depósito en una
especie de fondos de inversión.
Pero
dejando a un lado las propuestas austriacas para impedir la génesis
de distorsiones monetarias, el hecho es que su análisis, si
bien podría haber sido acertado en algunas coyunturas como
las mencionadas anteriormente, no lo ha sido en la mayor parte
de la historia de las sociedades occidentales desde la segunda
guerra mundial. Esto es, las recesiones no han sido ni tan
frecuentes ni tan intensas como se podría inferir de
la aplicación del modelo austriaco.
A mi juicio, estos errores de predicción se derivan de
utilizar el modelo para analizar el ámbito temporal del corto
plazo. La característica distintiva del enfoque austriaco es
su afán por integrar el análisis monetario y el análisis de
las modificaciones de la estructura de capital, un fenómeno
éste que pertenece al medio plazo. En este periodo de
referencia, la influencia de las oscilaciones monetarias sobre
las variables reales se combinan con otras fuerzas económicas
como el avance tecnológico, los cambios en la población, los
cambios en las instituciones y en los hábitos sociales que
inciden en la propensión al riesgo y en el ahorro de empresas
y familias, etc...
El
modelo austriaco, en suma, es una integración imperfecta
entre el análisis monetario a corto plazo y los modelos de
crecimiento a largo plazo. Este es su principal atractivo pero
también su mayor debilidad porque el análisis del movimiento
de una economía en ese medio plazo exige un modelo más
completo que las variantes que los austriacos, o cualquier
otra escuela de economía, han sido capaces de desarrollar por
el momento.
3.
CONCLUSIONES
Los
miembros de la escuela austriaca consideran que están
elaborando un paradigma llamado a sustituir a la economía
neoclásica. Para los economistas que trabajan en la tradición
dominante, la economía austriaca es en el mejor de los casos
un útil suplemento a dicha tradición; un suplemento que,
depurado de sus excesos revolucionarios, señala
limitaciones frecuentemente ignoradas de la teoría económica
convencional y abre líneas de desarrollo interesantes para
mejorar los modelos al uso y fortalecer su capacidad
explicativa de los fenómenos económicos.
La
literatura de la nueva escuela austriaca se caracteriza con
frecuencia por un extremismo metodológico que dificulta el diálogo
constructivo con la corriente central de la ciencia económica.
Para la mayoría de los austriacos, la econometría es una
variante de la historia económica y
la mayor parte de la teoría económica moderna una
rama menor de las matemáticas. Para los austriacos no existe
posibilidad alguna de medir estadísticamente las fuerzas
subjetivas que dirigen la conducta individual y que en última
instancia determinan la evolución económica.
Consecuentemente, consideran que no es posible inferir
predicciones cuantitativas a partir de regularidades estadísticas
derivadas del comportamiento pasado de los agentes económicos.
Según ellos además, el lenguaje matemático constriñe
innecesariamente las posibilidades del análisis económico y
pervierte la disciplina reduciendo su capacidad explicativa de
los fenómenos económicos que deben constituir su objeto de
estudio. En palabras de Peter Bauer, un compañero de viaje de
los austriacos respetado por la economía convencional, la
teoría económica moderna se puede considerar metafóricamente
como una inversión de la fábula del emperador desnudo: la
teoría moderna viene arropada por lujosas vestimentas, muchas
veces con trajes de “alta costura”, pero no existe
emperador. Sin embargo, a pesar de sus brillantes metáforas y
de sus indudables contribuciones en muchas áreas del
conocimiento económico, la escuela austriaca no ha conseguido
aún ofrecer un sistema analítico a la altura de sus
ambiciosas expectativas. No existe aún, por decirlo en otras
palabras, un libro de texto austriaco alternativo a los
manuales de la economía convencional.
Dicho
lo anterior, si se prescinde del belicismo excesivo de algunos
de sus representantes, la escuela austriaca de economía tiene
mucho que ofrecer a cualquier economista interesado por el
alcance de su disciplina para entender y mejorar el
funcionamiento económico de la sociedad. El énfasis metodológico
de esta escuela en la utilización de categorías
desagregadas; su aversión a la excesiva simplificación y
formalización matemática que facilita el análisis a costa
de hacerlo irrelevante; su confianza, históricamente fundada,
en la capacidad del sector privado para resolver el problema
económico son, todos ellos, atributos que hacen el enfoque
austriaco especialmente atractivo para el economista aplicado.
Los economistas que no se vean en la necesidad de elegir entre
escuelas alternativas, los que sienten la obligación y la
devoción de buscar en todos los sitios para encontrar ideas
que puedan ayudar a desentrañar la compleja lógica del
comportamiento económico de nuestras sociedades, no
desperdiciarán el tiempo siguiendo las disquisiciones de la
escuela austriaca de economía.
NOTA
BIBLIOGRÁFICA
-Una
compilación exhaustiva de la literatura económica austriaca
y de las principales referencias bibliográficas de dicha
escuela se puede encontrar en:
BOETTKE,
Peter J. ed. The Elgar Companion to Austrian Economics.
Aldershot, England and Brookfield, Edward Elgar, 1994.
LITTLECHILD,
STEPHEN C., Austrian Economics. Vol I: History and
Methodology. Vol II: Money and Capital. Vol III: Market
process. Aldershot, Edward Elgar, 1990.
Sobre
la historia reciente de la nueva escuela austriaca, es
especialmente interesante:
VAUGHN,
Karen I. Austrian Economics in America (the Migration of a
Tradition). Cambridge University Press, USA, 1994.
Sobre
las relaciones entre la economía neoclásica y la economía
austriaca, véase el debate entre SHERWIN ROSEN y LELAND B.
YEAGER en:
The
Journal of Economic Perspectives,
fall 1997, Vol. II, nº 4.
Por
último, existe una excelente introducción a la escuela
austriaca en castellano:
HUERTA
DE SOTO, JESÚS, La Escuela Austriaca (mercado y creatividad
empresarial), Editorial Síntesis, Madrid, 2000.