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LA ENFERMEDAD NACIONALISTA

Por Lorenzo Bernaldo de Quirós 

Introducción.- 

Popper definió el nacionalismo como una "temible herejía de la civilización occidental" e Isaiah Berlin siempre le ha adjudicado un alto voltaje de peligrosidad. Ya desde mediados del siglo XIX, los pensadores liberales más lúcidos[2] vieron en el nacionalismo una de las principales amenazas para la sociedad abierta y pronosticaron su alianza con los movimientos socialistas en un formidable frente contra la libertad. Nunca tuvieron la visión optimista e ingenua, a diferencia de otras escuelas de pensamiento acerca de su carácter efímero, de su inevitable desaparición con la autodeterminación de las naciones y el avance de las luces de la Ilustración. La historia les ha dado la razón. 

Lo que convierte el nacionalismo en una amenaza contra la libertad individual y en una fuente de violencia es la combinación de una concepción orgánica de la sociedad con una visión metafísica del Estado. En su praxis radical o moderada, esos dos elementos configuran el substrato intelectual del nacionalismo, su profundo anti-individualismo y sus tics totalitarios cuando se convierte en una opción política articulada. El hecho es que la patología nacionalista, la inflamación del sentimiento de pertenencia a una comunidad, ha infectado las sociedades de este fin de siglo, convirtiéndose en un poderoso reclamo de fidelidades políticas. Cuando se mezclan la fuerza de un sentimiento -la irracionalidad- con el poder de una maquinaria estatal moderna, los riesgos son evidentes. 

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el nacionalismo había arraigado con especial fuerza en los países en vías de desarrollo, muchos de ellos recién salidos de la colonización, creando una mezcla explosiva entre sus ideas y las del  socialismo, cuyas consecuencias para las sociedades del Tercer Mundo han tenido un coste social y económico brutal. Ahora vuelve a su lugar de partida, Europa, y afecta por igual aunque con menor intensidad a viejas naciones-estado con siglos de existencia a sus espaldas y a los pueblos del centro-este del Continente que acaban de recuperar la libertad perdida tras cuatro décadas de dominio imperial soviético. La posguerra presenció el combate entre dos opciones universalistas -la democracia liberal versus el comunismo-, lo que permitió diluir en el marco de un conflicto ideológico planetario las miasmas nacionalistas. En ese contexto Raymond Aron escribía: "ningún estado puede pretender ya la grandeza militar; la amenaza soviética, que pesa sobre todos, hace risibles los conflictos de límites, es decir, de los muros medianeros"[3]. Cuarenta años después, la situación ha cambiado.  

El objetivo de estas páginas es realizar una disección del fenómeno nacionalista desde un punto de vista estrictamente teórico con la intención de ofrecer un marco de análisis para comprender el problema y sus consecuencias políticas, sociales y económicas. Para ello se abordarán tres puntos fundamentales: la génesis del concepto de nación recreado por el nacionalismo y la descripción de sus fundamentos doctrinales para finalizar con una formulación crítica de la cuestión desde el punto de vista de la filosofía política liberal. Aunque resulte menos atractivo, no se incluirán en estas páginas referencias a hechos concretos de la explosión nacionalista contemporánea, salvo alguna anotación marginal para ilustrar los argumentos centrales. Sólo la conexión entre nacionalismo y xenofobia se tratará de manera específica. 

1. Dos conceptos de nación: Un poco de historia.- 

La moderna teoría de la nación, como el propio liberalismo, tiene un doble y opuesto origen: el anglosajón y el continental o para decirlo con mayor precisión, el franco-alemán. Se trata en definitiva del conflicto entre el Gobierno limitado del constitucionalismo liberal y el Gobierno ilimitado de la filosofía rusoniana y del Volk germano. La diferencia entre ambos es idéntica a la que existe entre la Revolución Inglesa de 1688 y la Revolución francesa de 1789. En la tradición anglosajona, la nación es el resultado de un dilatado proceso de evolución a lo largo del cual se ha ido garantizando a los individuos un conjunto de derechos y libertades. La Commomwealth es incomprensible al margen de su naturaleza sancionadora y garante de la autonomía individual y la Gloriosa Revolución fue precisamente eso, el levantamiento del pueblo en defensa de sus derechos. Por ello, la idea de nación de la Revolución Inglesa lleva al Gobierno limitado, que es la constitución histórica del país desde la Carta Magna.

Sin embargo, el concepto de nación surgido en las antiguas Galias tiene un significado muy diferente. Cuando los revolucionarios franceses derrocaron el Ancién Régime, Francia estaba el peligro de disolución. La liquidación de la Monarquía, de la Iglesia y de la Aristocracia como factores legitimadores de la unión llevó a la necesidad de establecer un nuevo principio de legitimidad capaz de simbolizarla. Obviamente, en este marco, la nación, como fetiche del Nuevo Régimen, no podía ser el resultado de un proceso de evolución histórica que resultaba inseparable de las fuerzas representativas del Viejo Régimen. Era necesario construir una identidad nueva, expresión de la voluntad popular surgida de la Revolución; el resultado fue la República Una e Indivisible, que convirtió, por vez primera, la nación en un concepto abstracto, un producto racional-constructivista en la terminología hayekiana. 

Como es evidente la característica fundamental de esta concepción de la nación es su carácter absoluto e ilimitado. Al identificar la nación con la soberanía popular se eliminaban las restricciones clásicas al ejercicio del poder. Nadie puede oponerse a la nación, porque ello significa enfrentarse a la voluntad del pueblo por ella representada. De esta manera, los derechos individuales son absorbidos y neutralizados por la idea de independencia. Así, el viejo absolutismo monárquico se vio sustituido por otro de nuevo cuño, mucho más peligroso, porque como diría Tocqueville impide a los ciudadanos buscar protección frente al abuso del poder en otros ámbitos. La desaparición de los cuerpos intermedios a raíz de la Revolución desmanteló el único contrapeso (más o menos efectivo) al absolutismo. La nación total deja al individuo sólo y desprotegido frente al poder. El ideal galicano de nación prima la independencia nacional sobre la individual. La nación en armas implica una lucha por la supervivencia a la que todo debe subordinarse. 

En esta misma línea, la aportación del pensamiento germano a la idea colectivista de la nación constituye un elemento que, si en apariencia resulta contradictorio con la visión francesa, en la práctica la complementa. Los historiadores alemanes de finales del siglo XIX (Sybel, Droysen, Treitschke...) jugaron un papel esencial en crear un clima de opinión favorable al nacionalismo y al imperialismo. Fue en verdad "la guarnición de distinguidos historiadores, la que preparó la supremacía de Prusia al mismo tiempo que la suya propia, y ahora tienen en Berlín su fortaleza, la que creó las ideas por las que la ruda energía centrada en una región con más aristas que las zonas de tradición latina se utilizó para absorber y endurecer el difuso, sentimental y curiosamente poco político talento de los alemanes"[4]. En este proceso que acompañó a la unificación alemana, Hayek encuentra el inicio de la dinámica por la cual Alemania se fue apartando poco a poco del tronco común de la tradición occidental. Así pues, los historiadores alemanes del siglo XIX prestaron los cimientos a la concepción sobre la cual se iba a asentar el nacionalismo germano del siglo XX con sus inevitables secuelas de guerra y destrucción. La hipótesis según la cual el Volk tenía unos rasgos propios, inmutables y generadores de una Kültur específica encarnada por un Estado Nacional cuya expresión y desarrollo sólo era posible en un entorno de lucha con otros Estados constituye la base del expansionismo imperial primero y del nazi después. El conflicto entre la Kültur y la Civilización, entendida ésta como los valores universales implícitos en la tradición liberal, va a presidir toda la política alemana desde mediados del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial. Aunque su influencia es más limitada que la teoría francesa de la nación porque no resulta exportable, en ella se incuba una parte fundamental de la tragedia europea y mundial de la pasada centuria.  

En Europa, la concepción francesa del hecho nacional tuvo una acogida mucho más favorable que la británica. La historia de Europa continental como la de Francia no era la de la libertad y la del gobierno limitado; por ello, la exaltación nacional condujo al nacionalismo. La idea de nación adoptó la forma francesa y revolucionaria como una protesta tanto contra el universalismo cesarista de Napoleón como frente al impuesto en la Europa post-revolucionaria por el Congreso de Viena. Ambos sacrificaban los hechos diferenciales, como ahora se dice, en favor del Imperio y de los intereses dinásticos. El resultado fue que en el liberalismo continental primó la demanda de independencia sobre la de libertad individual. Mazzini escribió con extraordinario grafismo que la primera era un foco de lealtad político mucho más eficaz que la segunda.   

Las consecuencias de estas dos visiones de la nación son muy diferentes. La idea de nación anglosajona representa la hostilidad al poder absoluto, pero no sólo al de los reyes, sino a toda forma de absolutismo. Apoyada en la existencia de derechos individuales que no pueden ser sacrificados en el altar del Gran Ser Nacional, tiende a la diversidad y no a la uniformidad, a la armonía y no a la unidad. Para ella, en sus diferentes versiones (utilitaristas o iusnaturalistas), los individuos tienen derechos y el autogobierno consiste en crear las condiciones para que sean respetados y ejercidos. La idea nacional anglosajona impide el sacrificio de las libertades individuales en nombre de un ideal colectivo de índole superior. Los individuos son soberanos, no la nación.   

Las discrepancias en el seno del liberalismo acerca de cómo debe entenderse el hecho nacional tienen su origen en la obra de John Stuart Mill. En el folleto titulado Del Gobierno Representativo, el joven Mill sostiene que "Cuando existe el sentimiento de nacionalidad en los individuos disgregados de un pueblo hay una razón prima facie para unirlos a todos bajo un mismo gobierno"[5]. Es la vieja teoría de que los límites del Estado deben coincidir con los del espacio habitado por la nación. Mill, británico al fin y al cabo, no entendió que la constitución histórica del Continente era muy distinta a la vigente en Britania y, por tanto, que la independencia nacional podía muy bien no coincidir con la de las personas que viven dentro de la nación. Como ha señalado Popper, "El error fundamental de esta doctrina es el supuesto de que los pueblos o naciones existen antes que los estados -algo así como raíces- como unidades naturales, que en consecuencia deberían estar ocupados por estados. Pero la realidad es la contraria: son los pueblos o naciones los creados por los Estados"[6].   

La respuesta más completa a las tesis milianas fue la proporcionada por Lord Acton[7]. Para él la existencia de varias naciones dentro de una misma organización política tiene efectos similares a la independencia de la Iglesia frente al Estado, convertirse en una firme barrera contra la extralimitación de los poderes del Gobierno más allá de su esfera legítima de actuación. En este sentido, Acton considera que la coexistencia de varias naciones dentro de un mismo estado no sólo es un mecanismo de salvaguardia para la libertad, sino también una de las condiciones de una vida civilizada. Por el contrario, cuando los limites de la nación coinciden con los del estado, la sociedad cesa de avanzar. La articulación de esa diversidad nacional en un sistema federal introduce elementos competitivos entre las distintas instancias de gobierno territorial que constituyen una salvaguarda muy importante frente a los potenciales abusos del poder. El “voto con los pies” es un freno a la arbitrariedad, un mecanismo muy eficaz para garantizar la libertad, la vida y la hacienda de los individuos frente a la voracidad del poder.   

Pero la discrepancia entre la nación y el Estado es mucho más profunda. La primera se deriva de una conexión física o natural, el segundo se basa en derechos y deberes cuyo substrato es ético. La primera es una comunidad de afectos e instintos muy importantes en la vida salvaje, pero que son más propios de los animales que de las personas en la vida civilizada; el segundo lleva a una autoridad gobernada por leyes. Y es que el patriotismo de corte nacionalista es en la vida política lo que determinadas expresiones de la fe en la religión, una invitación al fanatismo y a la superstición. Hay un país moral y político, en el lenguaje de Burke, distinto del geográfico y que puede entrar en colisión con él. 

Acton fue un profeta que acertó. Vio que la moderna teoría de la nacionalidad era el mayor adversario de los derechos de las naciones. Al identificar nación y estado reduce prácticamente a la condición de súbditos a todas las minorías que habiten en su territorio e incluso a la mayoría social si a través del juego político el nacionalismo conquista el poder, ya que éste no puede admitir que esas minorías tengan los mismos derechos, puedan participar en el gobierno, porque en ese caso el Estado dejaría de ser nacional, lo que entraría en contradicción con el principio mismo de su existencia. En consecuencia, la lógica nacionalista lleva a eliminar o a privar de derechos a las minorías que viven en su área geográfica o/y al intento de modelar desde el poder la sociedad (en esto consisten, por ejemplo, las medidas de "normalización linguística"). 

Muerto el comunismo, el nacionalismo es el principal enemigo de la sociedad abierta. La característica esencial del liberalismo es su fundamentación en principios de validez universal. Ninguna aspiración es más típicamente liberal que su negativa a considerar las libertades y los derechos individuales condicionados a la coyuntura social, económica, cultural o histórica. El pensamiento liberal se opone por tanto a lo que resulta connatural al nacionalismo, el relativismo de los principios en función de criterios de raza, clase o cultura.     

2. Los fundamentos del nacionalismo.- 

El nacionalismo es una manifestación de lo que se ha venido denominando colectivismo metodológico[8], que consiste en la tendencia a tratar los conjuntos como objetos concretos con existencia real. Sin embargo, esos términos que usamos para referirnos a los colectivos no tienen existencia objetiva, nunca se presentan ante nuestra mirada como objetos de observación. Son puras construcciones mentales sin entidad real. Desde el punto de vista intelectual, en su formulación moderna, esta corriente de pensamiento es el producto de las conexiones entre el positivismo y el hegelianismo.   

Durante un siglo, los políticos han encontrado rentable explotar el principio ideológico según el cual el individuo sólo puede realizar todas sus potencialidades humanas como parte de un colectivo, cuyas metas serían objetivamente determinadas por las Leyes inexorables de la Historia, por la raza etc.etc.etc.. Bajo este planteamiento subyace lo que Popper definió como holismo, esto es, el supuesto según el cual los grupos sociales no pueden ser considerados como meros agregados de personas. El grupo social es mas que la mera suma total de las relaciones meramente personales que existan en cualquier momento entre cualesquiera de sus miembros.

El nacionalismo es una manifestación típica de las filosofías holísticas. En su caso, el holismo se manifiesta en la convicción de que los individuos pertenecen a un grupo concreto, la nación, cuyas formas de vida son radicalmente distintas a las de otros pueblos. Ese alma mater nacional forja el carácter de las personas integradas en el grupo, que no puede ser comprendido salvo por referencia a él. El individuo no es la fuente primera y última de valoración, sino sólo el producto de valores definidos de manera colectiva. Por ello, el primer fundamento del nacionalismo es siempre y por definición el colectivismo.  

El segundo fundamento de las tesis nacionalistas puede formularse en los siguientes términos: la nación es un ente con vida propia. Su comportamiento es similar al de un organismo biológico. Esta visión organicista de la nación implica que lo que el organismo nacional necesita para su desarrollo constituyen metas comunes; que estas metas son supremas y que en el supuesto de que entren en conflicto con otros valores deben prevalecer. Más aún, la conversión de la nación en una entidad orgánica obliga a considerar antinaturales todos los valores e ideas forjados por los individuos. 

De todo ello se extrae una conclusión fundamental: la unidad humana esencial en la que la naturaleza del hombre se realiza no es lo individual o la asociación voluntaria que ser puede disuelta, abandonada o alterada a voluntad es la nación, una relación única que ata a los seres humanos dentro del todo orgánico, indisoluble e incomprensible para la razón. Como es sabido, establecer analogías entre individuos y grupos pueden llevar a falacias peligrosas que conducen a comportamientos irracionales y brutales. 

En tercer lugar, el nacionalismo liquida cualquier vestigio de racionalismo crítico, ya que convierte a los individuos en seres incapaces de sostener ideas diferentes a las definidas como correctas por el colectivo. Los valores, las ideas o las políticas no se defienden en función de su verdad o falsedad, de su justicia o de su injusticia, sino porque son los valores del grupo que le ayudan a sobrevivir y desarrollarse. Como la nación es la única instancia que da sentido a la vida individual, puede exigir a las personas que la integran una lealtad acrítica. En este sentido, la resistencia al poder es considerada traición. 

En cuarto lugar, el nacionalismo lleva en sí el germen de la violencia. Si la satisfacción de las necesidades del organismo nacional se vuelven incompatibles con las metas perseguidas por otros grupos, es necesario obligarlos a que cedan, aunque para ello tenga que utilizarse la fuerza. En efecto, a nada de lo que obstruya lo que se reconoce como meta suprema -la nación-, se le puede conceder un valor similar a ésta. Al final, los nacionalistas se ven impulsados a justificar el supuesto hecho diferencial en la superioridad de su cultura o de su raza sobre otros pueblos. 

Al fundamentarse en la rivalidad entre las naciones, el nacionalismo es el germen del imperialismo. La moderna doctrina nacionalista apareció, escribe Mises, "como una reacción contra la solidaridad ecuménica del libre cambio"[9], ya que sustituyó la idea de cooperación internacional a través del mercado por la de rivalidad a través de la guerra comercial. De ahí que el nacionalismo conduzca inexorablemente hacia el proteccionismo, convertido en un medio de defensa de la identidad nacional frente al universalismo disolvente del libre comercio.  

La fusión del nacionalismo con el estatismo es lo que confiere un enorme poder destructor a las tesis nacionalistas. Presuponer la superioridad de las decisiones colectivas sobre la acción y las elecciones individuales implica necesariamente que exista una entidad colectiva bien definida capaz de materializar esas aspiraciones. Esta es la aportación principal del hegelianismo a las tesis nacionalistas. La teoría metafísica del Estado funde la nación con el aparato de gobierno en una entidad mística superior y trascendente. El Estado es visto como la encarnación política de la nación, la unión en cuerpo y alma del sentimiento y de la fuerza para configurar un orden racional y bueno al cual las vidas de los individuos están subordinadas.  

La gran innovación del nacionalismo contemporáneo es su encarnación en un partido político más que en un movimiento. Los partidos nacionalistas están tan convencidos de ser la nación como el Club Jacobino creyó personificar la voluntad del pueblo y el PCUS a la clase obrera; cualquiera que se les oponga se está oponiendo a la expresión única de la voluntad nacional; peor aún quien no les apoye es un traidor a la patria. En otras palabras, la identificación de los partidos nacionalistas con la nación tiene un claro signo totalitario y recuerda aquella célebre frase de Stalin "Fuera de la influencia del partido no hay actividad consciente de los trabajadores". No puede haber nación sin un partido que la encarne como no puede haber cristianos sin Iglesia. 

Este conjunto de planteamientos tiene dos consecuencias. En primer lugar, la naturaleza y la extensión de las actividades dejadas a la autonomía individual se reducen. En segundo lugar se adopta la actitud de juzgar los procedimientos de decisión colectiva a la vista de su capacidad para identificar lo que es objetivamente bueno, el interés nacional. En este caso es evidente que resulta relativamente fácil para un elite esclarecida, la clase política nacionalista, situarse en una posición superior, lo que le permite sustituir los juicios y preferencias de los ciudadanos por las suyas propias. La semejanza con otro tipo de nomenklaturas no puede sorprender a nadie. A ella le corresponde guiar al pueblo ciego hacia la tierra prometida de la independencia nacional.  

3. Las causas de la enfermedad nacionalista.- 

Tradicionalmente se ha contemplado el nacionalismo como la respuesta a las heridas infringidas en los valores de una sociedad por elementos extraños a ella. En este sentido, el nacionalismo constituiría una respuesta frente a una agresión exterior. Así, la mix fundamentalismo-nacionalismo en los países árabes sería la replica al "imperialismo" económico y cultural de Occidente, el brutal sarampión nacionalista en el centro-este europeo la contestación a la sujeción imperial a la extinta Unión Soviética y las reivindicaciones de los nacionalismos periféricos españoles el fruto de la opresión a las nacionalidades históricas (la fecha opresora varía; para unos se remonta a la romanización, para los más moderados a los Decrétos de Nueva Planta de Felipe V y al franquismo). 

Los socialistas en unión con muchos conservadores han señalado a la sociedad capitalista como la causa del resurgir nacionalista. En la sociedad post-industrial de este final de siglo, el capitalismo ha finalizado la tarea destructora de las comunidades tradicionales y de los lazos de solidaridad entre las personas en favor de la atomización social. En la soledad y el aislamiento del mundo moderno, el nacionalismo sería la búsqueda de compañía, de un sentimiento de hermandad y fraternidad perdidas. Hayek describiría la situación con mayor claridad: la nostalgia de la tribu. 

Sin embargo, éstas no parecen ser razones suficientemente consistentes para explicar la cuestión. A lo largo de los siglos, la agresiones externas, no meramente contra tribus o pueblos, sino contra grandes sociedades unificadas por la religión o por una autoridad constituida han sido constantes y sin embargo no han dado origen a una reacción específicamente nacionalista. Formas de vida han desaparecido sin generar desgarraduras nacionalistas. Como ha señalado Isaiah Berlin[10]: "el infringir una herida sobre el sentimiento colectivo de una sociedad, o cuando menos sobre sus líderes colectivos, tal vez sea una condición necesaria para el nacimiento del nacionalismo, pero dista mucho de ser suficiente". 

La nación debe contener dentro de sí un grupo de personas que estén en busca de un foco de lealtad o de poder. El nacionalismo necesita empresarios políticos capaces de convertirle en una actividad comercialmente explotable. En pura lógica de Public Choice, el interés de la vanguardia nacionalista exige exacerbar lo más posible las señas de identidad propias para definir su presencia e imagen en el mercado. En el plano de la competencia política democrática, esa estrategia conduce a una escalada de la presión sobre la sociedad civil para que ésta se pliegue a la propaganda nacionalista. 

La necesidad de captar votos lleva a dividir a los ciudadanos en tres categorías: los buenos -los nacionalistas-, los menos buenos -los indiferentes- y los malos -los adversarios del nacionalismo-. Los nacionalistas sólo pueden maximizar su utilidad, los votos, convirtiendo sus intereses particulares (la conquista del poder) en la defensa de un interés público (el de la nación) que les otorgue una posición hegemónica en el mercado político. De ahí su necesidad de actuar como verdaderos monopolistas que discriminan concediendo premios y castigos para conseguir una posición de predominio en el mercado en donde actúan.  

Por otra parte, los planteamientos nacionalistas son incompatibles con la igualdad de derechos. El hecho diferencial implica por definición un trato discriminatorio. Esto significa que las reivindicaciones nacionalistas dentro de una estructura estatal dada conducen a la concesión de derechos a sus habitantes de los que no gozan el resto de los habitantes del Estado. Esta situación puede resultar comprensible en un sistema político autoritario o centralista, pero no en el marco de una estructura democrática y descentralizada. En otras palabras, para el nacionalismo el principio de igualdad ante la ley no rige, porque no reconoce derechos iguales para todos. Esta dinámica es insaciable porque los nacionalistas necesitan mantener vivo el hecho diferencial, por lo que su demanda de privilegios es constante. 

Esto ¿qué significa? Pues algo muy sencillo. La ecuación "partido=nación=estado" desencadena una dinámica de control de la vida pública por parte de los nacionalistas y a la contemplación del pluralismo como una amenaza. Por definición, el nacionalismo tiene vocación de partido único; las experiencias en este sentido son de todos conocidas. No puede afrontar la competencia democrática como un fuerza política normal, porque no lo es; se identifica con el todo y no con una porción de la realidad, y tampoco es capaz de aceptar de buen grado la alternancia democrática porque ello supondría asumir el riesgo de que dominen  la nación fuerzas contrarias a ella.     

4. La falacia nacionalista. 

Hace algunos años, Margaret Thatcher realizó una afirmación que causó escándalo en la opinión bienpensante. La Dama de Hierro dixit: "La sociedad no existe. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias". La aparente salida de tono de la actual Baronesa de Kasteven responde a una verdad profunda, oscurecida por el pathos colectivista que ha dominado la escena occidental desde hace siglo y medio, y que aún forma parte del lenguaje normal de la gente. Si alguien se molestase en realizar un breve análisis de las palabras que se utilizan en la vida cotidiana, llegaría a la conclusión de que todos somos colectivistas. La realidad es que la cultura colectivista que reina en Occidente, a pesar del derrumbamiento del comunismo y de la crisis de la socialdemocracia ha deformado nuestra visión del mundo.  

Sin embargo hay muchos e ilustres antecendentes al punto de vista de Mrs Thatcher acerca de los individuos, de las sociedades y de las naciones. En el capítulo 17 del Leviathan, Del Estado, Hobbes escribe con claridad: "el bien común no difiere del individual, y aunque por naturaleza los hombres propenden a su beneficio privado, procuran a la vez por el beneficio común". El díscolo Jeremy Benthan en la introducción a sus Principios de Moral y Legislación, publicados en 1789, realizaba la siguiente reflexión: "Qué es el interés de la comunidad? La respuesta parece sencilla; el interés de la comunidad es la suma de los intereses de los miembros que la componen" y, por su parte, el viejo y sabio David Hume señaló que "la nación no es más que una colección de individuos". 

A pesar de esas provocadoras frases, estos ilustres pensadores y la mayoría de los teóricos liberales no negaron la realidad de la sociedad o de la nación, sino de un determinado enfoque de ellas. En efecto, los individuos se relacionan entre sí y pueden tener algunas características comunes habitar el mismo territorio, hablar el mismo idioma etc.-. La gente puede describir este tipo de relaciones con términos tales como "sociedad" o "nación" -palabras que carecen de un significado esencial-, que sólo reflejan y/o expresan relaciones individuales. La colectividad no existe. Nadie se ha encontrado jamás con "la sociedad", con "Francia", con "España". La nación no es una entidad orgánica, viva, animada de inteligencia.  

A partir de aquí puede entenderse como se enfoca desde una óptica liberal el fenómeno nacionalista. De entrada puede afirmarse que una nación está compuesta de individuos y, por tanto, en el mejor de los casos el llamado interés nacional es una forma abreviada de referirse a los intereses individuales, y en el peor (que suele ser el más común) un instrumento para que los detentadores del poder persigan sus particulares fines. Este planteamiento es a menudo descrito como individualismo metodológico, y sostiene que no puede realizarse una explicación correcta del funcionamiento de los fenómenos complejos si no los expresamos en términos de acciones y reacciones de los individuos que los integran. El individuo es la única fuente de valoración, porque sólo él es capaz de actuar y perseguir fines concretos.  

   

Sir Karl Popper ilustró el individualismo metodológico en relación a dos ideas familiares "la guerra" y el "ejército". Estos son, escribe, "conceptos abstractos, lo concreto son las personas que mueren, los hombres y mujeres que visten un uniforme etc..".  Por ello, la misión de la teoría social es analizar los fenómenos colectivos en términos de los individuos, de sus actitudes, de sus expectativas, de sus relaciones. Esto es lo que permite analizar dichos fenómenos colectivos -agregados de individuos- con rigor y permite hacer de la persona individual el principio y el fin del discurso moral y político. Pero el individualismo implica también una reformulación del discurso político. El enunciado: "Cataluña es un bello país" es comprensible: el sustantivo colectivo representa un conjunto de cosas, relaciones e individuos comprendidos en esa parte del territorio español. Pero es insensato decir: "Cataluña piensa que..." o "Cataluña ha decidido que..." Cuando se convierte la nación en un sujeto de acción personalizada o se comete el error de imaginarla como un super-individuo o se confunde la sociedad con el Estado, se está descriiendo con los rasgos de un un club totalitario.  

El fallo fundamental del colectivismo metodológico es su incapacidad de ver como la cooperación voluntaria entre individuos soberanos puede originar algo superior a lo que estaba en su intención sin recurrir a explicaciones holísticas o totalizadoras. Adam Smith y los moralistas escoceses del siglo XVIII explicaban este fenómeno a través de los procesos de mano invisible, positivistas y hegelianos sólo consideran posible conseguir esos resultados mediante una "dirección consciente" de todas las fuerzas sociales, lo que en última instancia lleva de manera inexorable al uso de la coerción.  

En este sentido, el nacionalismo supone la pretensión racional de controlar y dirigir los esfuerzos de los integrantes del grupo en la dirección considerada adecuada para lograr el propósito común. El colectivismo metodológico olvida un hecho fundamental; aunque nuestra civilización es el resultado de la acumulación del conocimiento individual, esto no se explica por la consciente combinación de todo ese conocimiento en un cerebro individual, sino en símbolos que nosotros usamos sin ser siempre conscientes de ello, en hábitos, tradiciones e instituciones, es decir, en un conjunto de elementos que permiten acumular el conocimiento disperso que una sola mente no puede atesorar. 

5. Nacionalismo y xenofobia: una breve apostilla.- 

En las viejas naciones-estado europeas, el nacionalismo ha adoptado una forma especial, la xenofobia. Desde este punto de vista es preciso, se dice, controlar la libre circulación de personas, ya que constituye una amenaza para la identidad nacional, una forma de reducir el nivel de vida de los nativos en beneficio de los inmigrantes y una fuente de delincuencia. Esos tres móviles son la justificación de la mayoría de los movimientos xenófobos en los países europeos. Obviamente estas posiciones reposan sobre un error ético, sobre un error económico y sobre un error fáctico. Vamos por partes. 

Los hombres son libres de desplazarse. Es una incoherencia defender la libre circulación de bienes y capitales y oponerse a la de las personas. Desde una óptica liberal, el mundo ideal es un mundo sin fronteras, es decir, sin esos obstáculos artificiales que crean las acciones discrecionales de los estados. Por otra parte, todos los hombres son iguales en derecho, desde el momento en el que se les considera dignos de respeto y libres. El liberalismo se niega a clasificar a los hombres en categorías -raciales, económicas, religiosas- y juzgarles en función de esas categorías, porque ello entraña el ejercicio de una discriminación injustificable. Por lo tanto no es lícito desde un punto de vista ético impedir la inmigración. 

Pero si las barreras a la libre circulación de personas son injustificables desde una visión ética del hombre, es irracional desde una óptica económica. El argumento tradicional en favor de restringir los movimientos migratorios se apoya en el siguiente argumento: la inmigración aumenta el peligro del paro obrero, ya que un inmigrante sólo puede encontrar empleo arrebatándoselo a un trabajador nativo. Esta apreciación se basa en un error económico, a saber, que la suma de trabajo productivo que ha de realizarse constituye una magnitud fija, determinada de antemano, en la que, como en el caso de un pastel, nadie puede obtener un trozo mayor sin acortar la ración de los demás. 

Las personas no trabajan para pasar el rato, sino para satisfacer sus necesidades. De ahí que el límite absoluto de la masa total de trabajo que debe realizarse se determina por la suma de las necesidades humanas que son prácticamente infinitas. La cuantía de las oportunidades laborales depende ciertamente del consumo, esto es, del poder efectivo de compra, pero dicha capacidad adquisitiva proviene a su vez de un trabajo acertadamente dirigido. Todos los individuos producen igualmente para todos y lo relevante es que lo hagan en la cantidad suficiente para hacer posible el consumo recíproco. 

El volumen de producción no proviene de la amplitud del consumo -herejía keynesiana-, sino de la producción misma como enseña la Ley de Say. Por ello, un menor o un mayor nivel de paro no depende de una cantidad mayor o menor de inmigrantes, sino del funcionamiento del mercado de trabajo. Por ello, si la población de un país disminuyese de repente por una deportación en masa o por el efecto de la peste, sin modificar la estructura del mercado laboral seguiría habiendo desempleo. 

Por otra parte, la moderna teoría del desarrollo ([11]) ha demostrado como la inmigración puede convertirse en una valiosa contribución al crecimiento económico del país receptor de flujos migratorios. En concreto, la inmigración inyecta en la economía que la recibe capital humano que neutraliza sus potenciales efectos negativos sobre el empleo y el nivel de vida de los nativos. En concreto hay dos vías por las cuales los inmigrantes realizan esa aportación de capital: la primera, añadiendo a la economía-huésped las habilidades y la capacidad profesional que ya tenían en sus países de origen (este es un caso claro en la inmigración procedente de las antiguas economías de planificación central); la segunda, acumulando el capital humano de los nativos a través del proceso de aprendizaje. Los inmigrantes con una tasa de cualificación más baja, están dispuestos a realizar determinadas tareas para las que no existe la oferta suficiente en el estado receptor de la inmigración, y además suplen de alguna forma la caída demográfica experimentada por los países desarrollados, sobre todo los europeos.   

Otro de los principales argumentos esgrimidos contra la inmigración es el de su relación con la delincuencia. La pregunta es sencilla: ¿Tienen los inmigrantes una mayor propensión a cometer delitos que los nativos? Resulta obvio que a medida que aumenta el número de extranjeros en un país, también lo hace el número de violaciones de la ley cometidos por ellos en términos absolutos. Es pura lógica estadística. Ahora bien, la mayoría de los estudios realizados sobre la materia no muestran que haya una relación constante y estable entre delincuencia e inmigración. La población inmigrada no tiene siempre y en todas partes tasas de criminalidad mayores, menores o iguales que la autóctona. Todo depende del lugar y del período que se considere. Para decirlo con claridad, el incremento de los flujos migratorios no se traduce de manera inexorable en una amenaza para la seguridad de la sociedad huésped. 

Kindleberg revisó las estadísticas penales europeas desde el final de la Segunda Guerra Mundial y concluyó que no existía una evidencia estadística que mostrase la existencia de mayores tasas de criminalidad entre los inmigrantes que entre los nativos[12]. Esos mismos resultados arrojó la investigación realizada por Steinberg[13] para los EE.UU. Ambos autores asocian la percepción de la imagen mayor inmigración/mayor criminalidad por amplios sectores a la opinión a la singular atención concedida por los medios de comunicación a las actividades delictivas desplegadas por los no nativos. Esto no significa que no haya habido épocas en las cuales, el índice de criminalidad haya sido superior en la población inmigrada que en la nativa. Pero en el largo plazo y en términos relativos, los delitos cometidos por ambos colectivos tienden a ser similares. 

En este contexto, la correlación inmigración-delincuencia es espuria. Es injusto y peligroso identificar la actuación de minorías criminales con la mayoría de la población inmigrada. Por ello, la lucha contra la delincuencia no tiene porqué traducirse en la introducción de restricciones a la inmigración sino en la aplicación de la ley. Quienes quebrantan las leyes han de ser perseguidos y castigados con independencia de cual sea su nacionalidad. La entrada ilegal de extranjeros ha de ser penalizada no por ser inmigración, sino por constituir una violación de la ley. Este planteamiento no puede verse debilitado por argumentos humanitarios, que en la práctica constituyen una negación del principio de igualdad ante la ley, y sólo sirven para incentivar los flujos migratorios irregulares y para crear una situación insostenible en el medio plazo con consecuencias muy graves.  

Epílogo.- 

El nacionalismo es una epidemia que puede tener consecuencias letales sino se la ataca de raíz. Sus instintos tribales y sus componentes totalitarios le convierten en una amenaza para la supervivencia de la democracia y de la sociedad abierta. Supone una vuelta a la tribu y resulta incompatible con los principios sobre los que se asienta la civilización occidental. No hay nacionalismo bueno y hablar, como lo hacen algunas personas de un nacionalismo liberal, constituye una irresoluble y trágica contradicción.


[1] Miembro del Patronato de FIL

[2] Véase Lord Acton, Nationality en Essays in The History of Liberty, Liberty Press, 1985.

[3] Raymond Aron, Las Dimensiones de la Conciencia Histórica, FCE.

[4] Lord Acton, German Schools of History en Essays in The Study and Writings of History, Vol.II de Selected Writings on Lord Acton; ed. Rufus Freis, Indianapolis pp. 342-64, Liberty Classics.

 [5] John Stuart Mill, Del Gobierno Representativo, pag.182 y ss.Tecnos 1985.

 [6] Karl Popper, En busca de un mundo mejor, pag.159, PAIDOS, 1994.

 [7] Lord Acton, Essays in The History of Liberty, pag. 425 y ss., Liberty Press, 1985.

[8] Ver Hayek, The Counter-Revolution of Science, Liberty Press, 1952.

[9] Ludwig von Mises, Socialismo, W.B.F., New York.

[10] Isaiah Berlin, Contra la Corriente, pag.429, FE 1983.

[11] Ver Mankiw, Romer and Weil, A contribution To The Empirics of Economic Growth, Quaterly Journal Of Economics (1992), pags 407-437.

[12] Ver Europe´s Postwar Growth: The Role of Labor Suply, Cambridge University Press, 1967.

[13] Ver Steinberg A., The History of Inmigration and Crime, Staff Report of Select Comisión on Inmigration and Refugee Policy, Government Printing Office, 1981.  

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Presidente de Fil

 

Mario Vargas Llosa

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