Introducción.-
Popper definió el nacionalismo como una
"temible herejía de la civilización occidental" e Isaiah
Berlin siempre le ha adjudicado un alto voltaje de
peligrosidad. Ya desde mediados del siglo XIX, los pensadores
liberales más lúcidos[2] vieron
en el nacionalismo una de las principales amenazas para la
sociedad abierta y pronosticaron su alianza con los
movimientos socialistas en un formidable frente contra la
libertad. Nunca tuvieron la visión optimista e ingenua, a
diferencia de otras escuelas de pensamiento acerca de su
carácter efímero, de su inevitable desaparición con la
autodeterminación de las naciones y el avance de las luces de
la Ilustración. La historia les ha dado la razón.
Lo que convierte el nacionalismo en una
amenaza contra la libertad individual y en una fuente de
violencia es la combinación de una concepción orgánica de la
sociedad con una visión metafísica del Estado. En su praxis
radical o moderada, esos dos elementos configuran el substrato
intelectual del nacionalismo, su profundo anti-individualismo
y sus tics totalitarios cuando se convierte en una opción
política articulada. El hecho es que la patología
nacionalista, la inflamación del sentimiento de pertenencia a
una comunidad, ha infectado las sociedades de este fin de
siglo, convirtiéndose en un poderoso reclamo de fidelidades
políticas. Cuando se mezclan la fuerza de un sentimiento -la
irracionalidad- con el poder de una maquinaria estatal
moderna, los riesgos son evidentes.
Desde el final de la Segunda Guerra
Mundial, el nacionalismo había arraigado con especial fuerza
en los países en vías de desarrollo, muchos de ellos recién
salidos de la colonización, creando una mezcla explosiva entre
sus ideas y las del
socialismo, cuyas consecuencias para las sociedades del
Tercer Mundo han tenido un coste social y económico brutal.
Ahora vuelve a su lugar de partida, Europa, y afecta por igual
aunque con menor intensidad a viejas naciones-estado con
siglos de existencia a sus espaldas y a los pueblos del
centro-este del Continente que acaban de recuperar la libertad
perdida tras cuatro décadas de dominio imperial soviético. La
posguerra presenció el combate entre dos opciones
universalistas -la democracia liberal versus el comunismo-,
lo que permitió diluir en el marco de un conflicto ideológico
planetario las miasmas nacionalistas. En ese contexto Raymond
Aron escribía: "ningún estado puede pretender ya la grandeza
militar; la amenaza soviética, que pesa sobre todos, hace
risibles los conflictos de límites, es decir, de los muros
medianeros"[3].
Cuarenta años después, la situación ha cambiado.
El objetivo de estas páginas es realizar
una disección del fenómeno nacionalista desde un punto de
vista estrictamente teórico con la intención de ofrecer un
marco de análisis para comprender el problema y sus
consecuencias políticas, sociales y económicas. Para ello se
abordarán tres puntos fundamentales: la génesis del concepto
de nación recreado por el nacionalismo y la descripción de sus
fundamentos doctrinales para finalizar con una formulación
crítica de la cuestión desde el punto de vista de la filosofía
política liberal. Aunque resulte menos atractivo, no se
incluirán en estas páginas referencias a hechos concretos de
la explosión nacionalista contemporánea, salvo alguna
anotación marginal para ilustrar los argumentos centrales.
Sólo la conexión entre nacionalismo y xenofobia se tratará de
manera específica.
1. Dos conceptos de nación: Un poco de
historia.-
La moderna teoría de la nación, como el
propio liberalismo, tiene un doble y opuesto origen: el
anglosajón y el continental o para decirlo con mayor
precisión, el franco-alemán. Se trata en definitiva del
conflicto entre el Gobierno limitado del constitucionalismo
liberal y el Gobierno ilimitado de la filosofía rusoniana
y del Volk germano. La diferencia entre ambos es idéntica
a la que existe entre la Revolución Inglesa de 1688 y la
Revolución francesa de 1789. En la tradición anglosajona, la
nación es el resultado de un dilatado proceso de evolución a
lo largo del cual se ha ido garantizando a los individuos un
conjunto de derechos y libertades. La Commomwealth es
incomprensible al margen de su naturaleza sancionadora y
garante de la autonomía individual y la Gloriosa Revolución
fue precisamente eso, el levantamiento del pueblo en defensa
de sus derechos. Por ello, la idea de nación de la Revolución
Inglesa lleva al Gobierno limitado, que es la constitución
histórica del país desde la Carta Magna.
Sin embargo, el concepto de nación surgido
en las antiguas Galias tiene un significado muy diferente.
Cuando los revolucionarios franceses derrocaron el Ancién
Régime, Francia estaba el peligro de disolución. La
liquidación de la Monarquía, de la Iglesia y de la
Aristocracia como factores legitimadores de la unión llevó a
la necesidad de establecer un nuevo principio de legitimidad
capaz de simbolizarla. Obviamente, en este marco, la nación,
como fetiche del Nuevo Régimen, no podía ser el resultado de
un proceso de evolución histórica que resultaba inseparable de
las fuerzas representativas del Viejo Régimen. Era necesario
construir una identidad nueva, expresión de la voluntad
popular surgida de la Revolución; el resultado fue la
República Una e Indivisible, que convirtió, por vez primera,
la nación en un concepto abstracto, un producto racional-constructivista
en la terminología hayekiana.
Como es evidente la característica
fundamental de esta concepción de la nación es su carácter
absoluto e ilimitado. Al identificar la nación con la
soberanía popular se eliminaban las restricciones clásicas al
ejercicio del poder. Nadie puede oponerse a la nación, porque
ello significa enfrentarse a la voluntad del pueblo por ella
representada. De esta manera, los derechos individuales son
absorbidos y neutralizados por la idea de independencia. Así,
el viejo absolutismo monárquico se vio sustituido por otro de
nuevo cuño, mucho más peligroso, porque como diría Tocqueville
impide a los ciudadanos buscar protección frente al abuso del
poder en otros ámbitos. La desaparición de los cuerpos
intermedios a raíz de la Revolución desmanteló el único
contrapeso (más o menos efectivo) al absolutismo. La nación
total deja al individuo sólo y desprotegido frente al
poder. El ideal galicano de nación prima la independencia
nacional sobre la individual. La nación en armas
implica una lucha por la supervivencia a la que todo debe
subordinarse.
En esta misma línea, la aportación del
pensamiento germano a la idea colectivista de la nación
constituye un elemento que, si en apariencia resulta
contradictorio con la visión francesa, en la práctica la
complementa. Los historiadores alemanes de finales del siglo
XIX (Sybel, Droysen, Treitschke...) jugaron un papel esencial
en crear un clima de opinión favorable al nacionalismo y al
imperialismo. Fue en verdad "la guarnición de
distinguidos historiadores, la que preparó la supremacía de
Prusia al mismo tiempo que la suya propia, y ahora tienen en
Berlín su fortaleza, la que creó las ideas por las que la ruda
energía centrada en una región con más aristas que las zonas
de tradición latina se utilizó para absorber y endurecer el
difuso, sentimental y curiosamente poco político talento de
los alemanes"[4]. En
este proceso que acompañó a la unificación alemana, Hayek
encuentra el inicio de la dinámica por la cual Alemania se fue
apartando poco a poco del tronco común de la tradición
occidental. Así pues, los historiadores alemanes del siglo XIX
prestaron los cimientos a la concepción sobre la cual se iba a
asentar el nacionalismo germano del siglo XX con sus
inevitables secuelas de guerra y destrucción. La hipótesis
según la cual el Volk tenía unos rasgos propios, inmutables y
generadores de una Kültur específica encarnada por un Estado
Nacional cuya expresión y desarrollo sólo era posible en un
entorno de lucha con otros Estados constituye la base del
expansionismo imperial primero y del nazi después. El
conflicto entre la Kültur y la Civilización, entendida ésta
como los valores universales implícitos en la tradición
liberal, va a presidir toda la política alemana desde mediados
del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial. Aunque su
influencia es más limitada que la teoría francesa de la nación
porque no resulta exportable, en ella se incuba una parte
fundamental de la tragedia europea y mundial de la pasada
centuria.
En Europa, la concepción francesa del hecho
nacional tuvo una acogida mucho más favorable que la
británica. La historia de Europa continental como la de
Francia no era la de la libertad y la del gobierno limitado;
por ello, la exaltación nacional condujo al nacionalismo. La
idea de nación adoptó la forma francesa y revolucionaria como
una protesta tanto contra el universalismo cesarista de
Napoleón como frente al impuesto en la Europa
post-revolucionaria por el Congreso de Viena. Ambos
sacrificaban los hechos diferenciales, como ahora se dice, en
favor del Imperio y de los intereses dinásticos. El resultado
fue que en el liberalismo continental primó la demanda de
independencia sobre la de libertad individual. Mazzini
escribió con extraordinario grafismo que la primera era un
foco de lealtad político mucho más eficaz que la segunda.
Las consecuencias de estas dos visiones de
la nación son muy diferentes. La idea de nación anglosajona
representa la hostilidad al poder absoluto, pero no sólo al de
los reyes, sino a toda forma de absolutismo. Apoyada en la
existencia de derechos individuales que no pueden ser
sacrificados en el altar del Gran Ser Nacional, tiende a la
diversidad y no a la uniformidad, a la armonía y no a la
unidad. Para ella, en sus diferentes versiones (utilitaristas
o iusnaturalistas), los individuos tienen derechos y el
autogobierno consiste en crear las condiciones para que sean
respetados y ejercidos. La idea nacional anglosajona impide el
sacrificio de las libertades individuales en nombre de un
ideal colectivo de índole superior. Los individuos son
soberanos, no la nación.
Las
discrepancias en el seno del liberalismo acerca de cómo debe
entenderse el hecho nacional tienen su origen en la obra de
John Stuart Mill. En el folleto titulado Del Gobierno
Representativo, el joven Mill sostiene que "Cuando existe
el sentimiento de nacionalidad en los individuos disgregados
de un pueblo hay una razón prima facie para
unirlos a todos bajo un mismo gobierno"[5]. Es la vieja teoría
de que los límites del Estado deben coincidir con los del
espacio habitado por la nación. Mill, británico al fin y al
cabo, no entendió que la constitución histórica del Continente
era muy distinta a la vigente en Britania y, por tanto, que la
independencia nacional podía muy bien no coincidir con la de
las personas que viven dentro de la nación. Como ha señalado
Popper, "El error fundamental de esta doctrina es el supuesto
de que los pueblos o naciones existen antes que los estados
-algo así como raíces- como unidades naturales, que en
consecuencia deberían estar ocupados por estados. Pero la
realidad es la contraria: son los pueblos o naciones los
creados por los Estados"[6].
La respuesta más completa a las tesis
milianas fue la proporcionada por Lord Acton[7]. Para
él la existencia de varias naciones dentro de una misma
organización política tiene efectos similares a la
independencia de la Iglesia frente al Estado, convertirse en
una firme barrera contra la extralimitación de los poderes del
Gobierno más allá de su esfera legítima de actuación. En este
sentido, Acton considera que la coexistencia de varias
naciones dentro de un mismo estado no sólo es un mecanismo de
salvaguardia para la libertad, sino también una de las
condiciones de una vida civilizada. Por el contrario, cuando
los limites de la nación coinciden con los del estado, la
sociedad cesa de avanzar. La articulación de esa diversidad
nacional en un sistema federal introduce elementos
competitivos entre las distintas instancias de gobierno
territorial que constituyen una salvaguarda muy importante
frente a los potenciales abusos del poder. El “voto con los
pies” es un freno a la arbitrariedad, un mecanismo muy eficaz
para garantizar la libertad, la vida y la hacienda de los
individuos frente a la voracidad del poder.
Pero la discrepancia entre la nación y el
Estado es mucho más profunda. La primera se deriva de una
conexión física o natural, el segundo se basa en derechos y
deberes cuyo substrato es ético. La primera es una comunidad
de afectos e instintos muy importantes en la vida salvaje,
pero que son más propios de los animales que de las personas
en la vida civilizada; el segundo lleva a una autoridad
gobernada por leyes. Y es que el patriotismo de corte
nacionalista es en la vida política lo que determinadas
expresiones de la fe en la religión, una invitación al
fanatismo y a la superstición. Hay un país moral y político,
en el lenguaje de Burke, distinto del geográfico y que puede
entrar en colisión con él.
Acton fue un profeta que acertó. Vio que la
moderna teoría de la nacionalidad era el mayor adversario de
los derechos de las naciones. Al identificar nación y estado
reduce prácticamente a la condición de súbditos a todas las
minorías que habiten en su territorio e incluso a la mayoría
social si a través del juego político el nacionalismo
conquista el poder, ya que éste no puede admitir que esas
minorías tengan los mismos derechos, puedan participar en el
gobierno, porque en ese caso el Estado dejaría de ser
nacional, lo que entraría en contradicción con el principio
mismo de su existencia. En consecuencia, la lógica
nacionalista lleva a eliminar o a privar de derechos a las
minorías que viven en su área geográfica o/y al intento de
modelar desde el poder la sociedad (en esto consisten, por
ejemplo, las medidas de "normalización linguística").
Muerto
el comunismo, el nacionalismo es el principal enemigo de la
sociedad abierta. La característica esencial del liberalismo
es su fundamentación en principios de validez universal.
Ninguna aspiración es más típicamente liberal que su negativa
a considerar las libertades y los derechos individuales
condicionados a la coyuntura social, económica, cultural o
histórica. El pensamiento liberal se opone por tanto a lo que
resulta connatural al nacionalismo, el relativismo de los
principios en función de criterios de raza, clase o
cultura.
2.
Los fundamentos del nacionalismo.-
El nacionalismo es una manifestación de lo
que se ha venido denominando colectivismo
metodológico[8], que
consiste en la tendencia a tratar los conjuntos como objetos
concretos con existencia real. Sin embargo, esos términos que
usamos para referirnos a los colectivos no tienen existencia
objetiva, nunca se presentan ante nuestra mirada como objetos
de observación. Son puras construcciones mentales sin entidad
real. Desde el punto de vista intelectual, en su formulación
moderna, esta corriente de pensamiento es el producto de las
conexiones entre el positivismo y el hegelianismo.
Durante un siglo, los políticos han encontrado
rentable explotar el principio ideológico según el cual el
individuo sólo puede realizar todas sus potencialidades
humanas como parte de un colectivo, cuyas metas serían
objetivamente determinadas por las Leyes inexorables de la
Historia, por la raza etc.etc.etc.. Bajo este planteamiento
subyace lo que Popper definió como holismo, esto es, el
supuesto según el cual los grupos sociales no pueden ser
considerados como meros agregados de personas. El grupo social
es mas que la mera suma total de las relaciones meramente
personales que existan en cualquier momento entre cualesquiera
de sus miembros.
El nacionalismo es una manifestación típica
de las filosofías holísticas. En su caso, el holismo se
manifiesta en la convicción de que los individuos pertenecen a
un grupo concreto, la nación, cuyas formas de vida son
radicalmente distintas a las de otros pueblos. Ese alma mater nacional
forja el carácter de las personas integradas en el grupo, que
no puede ser comprendido salvo por referencia a él. El
individuo no es la fuente primera y última de valoración, sino
sólo el producto de valores definidos de manera colectiva. Por
ello, el primer fundamento del nacionalismo es siempre y por
definición el colectivismo.
El segundo fundamento de
las tesis nacionalistas puede formularse en los siguientes
términos: la nación es un ente con vida propia. Su
comportamiento es similar al de un organismo biológico. Esta
visión organicista de la nación implica que lo que el
organismo nacional necesita para su desarrollo constituyen
metas comunes; que estas metas son supremas y que en el
supuesto de que entren en conflicto con otros valores deben
prevalecer. Más aún, la conversión de la nación en una entidad
orgánica obliga a considerar antinaturales todos los valores e
ideas forjados por los individuos.
De todo ello se extrae una conclusión
fundamental: la unidad humana esencial en la que la naturaleza
del hombre se realiza no es lo individual o la asociación
voluntaria que ser puede disuelta, abandonada o alterada a
voluntad es la nación, una relación única que ata a los seres
humanos dentro del todo orgánico, indisoluble e incomprensible
para la razón. Como es sabido, establecer analogías entre
individuos y grupos pueden llevar a falacias peligrosas que
conducen a comportamientos irracionales y brutales.
En tercer lugar, el
nacionalismo liquida cualquier vestigio de racionalismo
crítico, ya que convierte a los individuos en seres incapaces
de sostener ideas diferentes a las definidas como correctas
por el colectivo. Los valores, las ideas o las políticas no se
defienden en función de su verdad o falsedad, de su justicia o
de su injusticia, sino porque son los valores del grupo que le
ayudan a sobrevivir y desarrollarse. Como la nación es la
única instancia que da sentido a la vida individual, puede
exigir a las personas que la integran una lealtad acrítica. En
este sentido, la resistencia al poder es considerada
traición.
En cuarto lugar, el
nacionalismo lleva en sí el germen de la violencia. Si la
satisfacción de las necesidades del organismo nacional se
vuelven incompatibles con las metas perseguidas por otros
grupos, es necesario obligarlos a que cedan, aunque para ello
tenga que utilizarse la fuerza. En efecto, a nada de lo que
obstruya lo que se reconoce como meta suprema -la nación-, se
le puede conceder un valor similar a ésta. Al final, los
nacionalistas se ven impulsados a justificar el supuesto hecho
diferencial en la superioridad de su cultura o de su raza
sobre otros pueblos.
Al fundamentarse en la rivalidad entre las
naciones, el nacionalismo es el germen del imperialismo. La
moderna doctrina nacionalista apareció, escribe Mises, "como
una reacción contra la solidaridad ecuménica del libre
cambio"[9], ya que
sustituyó la idea de cooperación internacional a través del
mercado por la de rivalidad a través de la guerra comercial.
De ahí que el nacionalismo conduzca inexorablemente hacia el
proteccionismo, convertido en un medio de defensa de la
identidad nacional frente al universalismo disolvente del
libre comercio.
La fusión del nacionalismo con el estatismo
es lo que confiere un enorme poder destructor a las tesis
nacionalistas. Presuponer la superioridad de las decisiones
colectivas sobre la acción y las elecciones individuales
implica necesariamente que exista una entidad colectiva bien
definida capaz de materializar esas aspiraciones. Esta es la
aportación principal del hegelianismo a las tesis
nacionalistas. La teoría metafísica del
Estado funde la nación con el aparato de gobierno en una
entidad mística superior y trascendente. El Estado es visto
como la encarnación política de la nación, la unión en cuerpo
y alma del sentimiento y de la fuerza para configurar un orden
racional y bueno al cual las vidas de los individuos están
subordinadas.
La gran innovación del nacionalismo contemporáneo
es su encarnación en un partido político más que en un
movimiento. Los partidos nacionalistas están tan convencidos
de ser la nación como el Club Jacobino creyó personificar la
voluntad del pueblo y el PCUS a la clase obrera; cualquiera
que se les oponga se está oponiendo a la expresión única de la
voluntad nacional; peor aún quien no les apoye es un traidor a
la patria. En otras palabras, la identificación de los
partidos nacionalistas con la nación tiene un claro signo
totalitario y recuerda aquella célebre frase de Stalin "Fuera
de la influencia del partido no hay actividad consciente de
los trabajadores". No puede haber nación sin un partido que la
encarne como no puede haber cristianos sin
Iglesia.
Este conjunto de planteamientos tiene dos
consecuencias. En primer lugar, la naturaleza y la extensión
de las actividades dejadas a la autonomía individual se
reducen. En segundo lugar se adopta la actitud de juzgar los
procedimientos de decisión colectiva a la vista de su
capacidad para identificar lo que es objetivamente bueno, el
interés nacional. En este caso es evidente que resulta
relativamente fácil para un elite esclarecida, la clase
política nacionalista, situarse en una posición superior, lo
que le permite sustituir los juicios y preferencias de los
ciudadanos por las suyas propias. La semejanza con otro tipo
de nomenklaturas no puede sorprender a nadie. A ella le
corresponde guiar al pueblo ciego hacia la tierra prometida de
la independencia nacional.
3. Las causas de la enfermedad
nacionalista.-
Tradicionalmente se ha contemplado el
nacionalismo como la respuesta a las heridas infringidas en
los valores de una sociedad por elementos extraños a ella. En
este sentido, el nacionalismo constituiría una respuesta
frente a una agresión exterior. Así, la mix
fundamentalismo-nacionalismo en los países árabes sería la
replica al "imperialismo" económico y cultural de Occidente,
el brutal sarampión nacionalista en el centro-este europeo la
contestación a la sujeción imperial a la extinta Unión
Soviética y las reivindicaciones de los nacionalismos
periféricos españoles el fruto de la opresión a las
nacionalidades históricas (la fecha opresora varía; para unos
se remonta a la romanización, para los más moderados a los
Decrétos de Nueva Planta de Felipe V y al
franquismo).
Los socialistas en unión con muchos
conservadores han señalado a la sociedad capitalista como la
causa del resurgir nacionalista. En la sociedad
post-industrial de este final de siglo, el capitalismo ha
finalizado la tarea destructora de las comunidades
tradicionales y de los lazos de solidaridad entre las personas
en favor de la atomización social. En la soledad y el
aislamiento del mundo moderno, el nacionalismo sería la
búsqueda de compañía, de un sentimiento de hermandad y
fraternidad perdidas. Hayek describiría la situación con mayor
claridad: la nostalgia de la tribu.
Sin embargo, éstas no parecen ser razones
suficientemente consistentes para explicar la cuestión. A lo
largo de los siglos, la agresiones externas, no meramente
contra tribus o pueblos, sino contra grandes sociedades
unificadas por la religión o por una autoridad constituida han
sido constantes y sin embargo no han dado origen a una
reacción específicamente nacionalista. Formas de vida han
desaparecido sin generar desgarraduras nacionalistas. Como ha
señalado Isaiah Berlin[10]: "el
infringir una herida sobre el sentimiento colectivo de una
sociedad, o cuando menos sobre sus líderes colectivos, tal vez
sea una condición necesaria para el nacimiento del
nacionalismo, pero dista mucho de ser suficiente".
La nación debe contener dentro de sí un
grupo de personas que estén en busca de un foco de lealtad o
de poder. El nacionalismo necesita empresarios políticos
capaces de convertirle en una actividad comercialmente
explotable. En pura lógica de Public Choice, el interés de la
vanguardia nacionalista exige exacerbar lo más posible
las señas de identidad propias para definir su presencia e
imagen en el mercado. En el plano de la competencia política
democrática, esa estrategia conduce a una escalada de la
presión sobre la sociedad civil para que ésta se pliegue a la
propaganda nacionalista.
La necesidad de captar votos lleva a
dividir a los ciudadanos en tres categorías: los buenos -los
nacionalistas-, los menos buenos -los indiferentes- y los
malos -los adversarios del nacionalismo-. Los nacionalistas
sólo pueden maximizar su utilidad, los votos, convirtiendo sus
intereses particulares (la conquista del poder) en la defensa
de un interés público (el de la nación) que les otorgue una
posición hegemónica en el mercado político. De ahí su
necesidad de actuar como verdaderos monopolistas que
discriminan concediendo premios y castigos para conseguir una
posición de predominio en el mercado en donde actúan.
Por otra parte, los planteamientos
nacionalistas son incompatibles con la igualdad de derechos.
El hecho diferencial implica por definición un trato
discriminatorio. Esto significa que las reivindicaciones
nacionalistas dentro de una estructura estatal dada conducen a
la concesión de derechos a sus habitantes de los que no gozan
el resto de los habitantes del Estado. Esta situación puede
resultar comprensible en un sistema político autoritario o
centralista, pero no en el marco de una estructura democrática
y descentralizada. En otras palabras, para el nacionalismo el
principio de igualdad ante la ley no rige, porque no reconoce
derechos iguales para todos. Esta dinámica es insaciable
porque los nacionalistas necesitan mantener vivo el hecho
diferencial, por lo que su demanda de privilegios es
constante.
Esto ¿qué significa? Pues algo muy
sencillo. La ecuación "partido=nación=estado"
desencadena una dinámica de control de la vida pública por
parte de los nacionalistas y a la contemplación del pluralismo
como una amenaza. Por definición, el nacionalismo tiene
vocación de partido único; las experiencias en este sentido
son de todos conocidas. No puede afrontar la competencia
democrática como un fuerza política normal, porque no lo es;
se identifica con el todo y no con una porción de la realidad,
y tampoco es capaz de aceptar de buen grado la alternancia
democrática porque ello supondría asumir el riesgo de que
dominen la nación
fuerzas contrarias a ella.
4. La falacia nacionalista.
Hace algunos años, Margaret Thatcher
realizó una afirmación que causó escándalo en la opinión
bienpensante. La Dama de Hierro dixit: "La sociedad no
existe. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias". La
aparente salida de tono de la actual Baronesa de Kasteven
responde a una verdad profunda, oscurecida por el pathos
colectivista que ha dominado la escena occidental desde hace
siglo y medio, y que aún forma parte del lenguaje normal de la
gente. Si alguien se molestase en realizar un breve análisis
de las palabras que se utilizan en la vida cotidiana, llegaría
a la conclusión de que todos somos colectivistas. La realidad
es que la cultura colectivista que reina en Occidente, a pesar
del derrumbamiento del comunismo y de la crisis de la
socialdemocracia ha deformado nuestra visión del mundo.
Sin embargo hay muchos e ilustres
antecendentes al punto de vista de Mrs Thatcher acerca de los
individuos, de las sociedades y de las naciones. En el
capítulo 17 del Leviathan, Del
Estado, Hobbes escribe con claridad: "el bien común no difiere
del individual, y aunque por naturaleza los hombres propenden
a su beneficio privado, procuran a la vez por el beneficio
común". El díscolo Jeremy Benthan en la introducción a sus Principios de Moral y
Legislación, publicados en 1789, realizaba la siguiente
reflexión: "Qué es el interés de la comunidad? La respuesta
parece sencilla; el interés de la comunidad es la suma de los
intereses de los miembros que la componen" y, por su parte, el
viejo y sabio David Hume señaló que "la nación no es más que
una colección de individuos".
A
pesar de esas provocadoras frases, estos ilustres pensadores y
la mayoría de los teóricos liberales no negaron la realidad de
la sociedad o de la nación, sino de un determinado enfoque de
ellas. En efecto, los individuos se relacionan entre sí y
pueden tener algunas características comunes habitar el mismo
territorio, hablar el mismo idioma etc.-. La gente puede
describir este tipo de relaciones con términos tales como
"sociedad" o "nación" -palabras que carecen de un significado
esencial-, que sólo reflejan y/o expresan relaciones
individuales. La colectividad no existe. Nadie se ha
encontrado jamás con "la sociedad", con "Francia", con
"España". La nación no es una entidad orgánica, viva, animada
de inteligencia.
A partir de aquí puede entenderse como se enfoca
desde una óptica liberal el fenómeno nacionalista. De entrada
puede afirmarse que una nación está compuesta de individuos y,
por tanto, en el mejor de los casos el llamado interés
nacional es una forma abreviada de referirse a los intereses
individuales, y en el peor (que suele ser el más común) un
instrumento para que los detentadores del poder persigan sus
particulares fines. Este planteamiento es a menudo descrito
como individualismo metodológico, y sostiene que no puede
realizarse una explicación correcta del funcionamiento de los
fenómenos complejos si no los expresamos en términos de
acciones y reacciones de los individuos que los integran. El
individuo es la única fuente de valoración, porque sólo él es
capaz de actuar y perseguir fines concretos.
Sir Karl Popper ilustró el individualismo
metodológico en relación a dos ideas familiares "la guerra" y
el "ejército". Estos son, escribe, "conceptos abstractos, lo
concreto son las personas que mueren, los hombres y mujeres
que visten un uniforme etc..". Por ello, la misión de
la teoría social es analizar los fenómenos colectivos en
términos de los individuos, de sus actitudes, de sus
expectativas, de sus relaciones. Esto es lo que permite
analizar dichos fenómenos colectivos -agregados de individuos-
con rigor y permite hacer de la persona individual el
principio y el fin del discurso moral y político. Pero el
individualismo implica también una reformulación del discurso
político. El enunciado: "Cataluña es un bello país" es
comprensible: el sustantivo colectivo representa un conjunto
de cosas, relaciones e individuos comprendidos en esa parte
del territorio español. Pero es insensato decir: "Cataluña
piensa que..." o "Cataluña ha decidido que..." Cuando se
convierte la nación en un sujeto de acción personalizada o se
comete el error de imaginarla como un super-individuo o se
confunde la sociedad con el Estado, se está descriiendo con
los rasgos de un un club totalitario.
El fallo fundamental del colectivismo
metodológico es su incapacidad de ver como la cooperación
voluntaria entre individuos soberanos puede originar algo
superior a lo que estaba en su intención sin recurrir a
explicaciones holísticas o totalizadoras. Adam Smith y
los moralistas escoceses del siglo XVIII explicaban este
fenómeno a través de los procesos de mano invisible,
positivistas y hegelianos sólo consideran posible conseguir
esos resultados mediante una "dirección consciente" de todas
las fuerzas sociales, lo que en última instancia lleva de
manera inexorable al uso de la coerción.
En este sentido, el nacionalismo supone la
pretensión racional de controlar y dirigir los esfuerzos de
los integrantes del grupo en la dirección considerada adecuada
para lograr el propósito común. El colectivismo metodológico
olvida un hecho fundamental; aunque nuestra civilización es el
resultado de la acumulación del conocimiento individual, esto
no se explica por la consciente combinación de todo ese
conocimiento en un cerebro individual, sino en símbolos que
nosotros usamos sin ser siempre conscientes de ello, en
hábitos, tradiciones e instituciones, es decir, en un conjunto
de elementos que permiten acumular el conocimiento disperso
que una sola mente no puede atesorar.
5. Nacionalismo y xenofobia: una breve
apostilla.-
En las viejas naciones-estado europeas, el
nacionalismo ha adoptado una forma especial, la xenofobia.
Desde este punto de vista es preciso, se dice, controlar la
libre circulación de personas, ya que constituye una amenaza
para la identidad nacional, una forma de reducir el nivel de
vida de los nativos en beneficio de los inmigrantes y una
fuente de delincuencia. Esos tres móviles son la justificación
de la mayoría de los movimientos xenófobos en los países
europeos. Obviamente estas posiciones reposan sobre un error
ético, sobre un error económico y sobre un error fáctico.
Vamos por partes.
Los hombres son libres de desplazarse. Es
una incoherencia defender la libre circulación de bienes y
capitales y oponerse a la de las personas. Desde una óptica
liberal, el mundo ideal es un mundo sin fronteras, es decir,
sin esos obstáculos artificiales que crean las acciones
discrecionales de los estados. Por otra parte, todos los
hombres son iguales en derecho, desde el momento en el que se
les considera dignos de respeto y libres. El liberalismo se
niega a clasificar a los hombres en categorías -raciales,
económicas, religiosas- y juzgarles en función de esas
categorías, porque ello entraña el ejercicio de una discriminación
injustificable. Por lo tanto no es lícito desde un punto de
vista ético impedir la inmigración.
Pero si las barreras a la libre circulación
de personas son injustificables desde una visión ética del
hombre, es irracional desde una óptica económica. El argumento
tradicional en favor de restringir los movimientos migratorios
se apoya en el siguiente argumento: la inmigración aumenta el
peligro del paro obrero, ya que un inmigrante sólo puede
encontrar empleo arrebatándoselo a un trabajador nativo. Esta
apreciación se basa en un error económico, a saber, que la
suma de trabajo productivo que ha de realizarse constituye una
magnitud fija, determinada de antemano, en la que, como en el
caso de un pastel, nadie puede obtener un trozo mayor sin
acortar la ración de los demás.
Las personas no trabajan para pasar el
rato, sino para satisfacer sus necesidades. De ahí que el
límite absoluto de la masa total de trabajo que debe
realizarse se determina por la suma de las necesidades humanas
que son prácticamente infinitas. La cuantía de las
oportunidades laborales depende ciertamente del consumo, esto
es, del poder efectivo de compra, pero dicha capacidad
adquisitiva proviene a su vez de un trabajo acertadamente
dirigido. Todos los individuos producen igualmente para todos
y lo relevante es que lo hagan en la cantidad suficiente para
hacer posible el consumo recíproco.
El volumen de producción no proviene de la
amplitud del consumo -herejía keynesiana-, sino de la
producción misma como enseña la Ley de Say. Por ello, un menor
o un mayor nivel de paro no depende de una cantidad mayor o
menor de inmigrantes, sino del funcionamiento del mercado de
trabajo. Por ello, si la población de un país disminuyese de
repente por una deportación en masa o por el efecto de la
peste, sin modificar la estructura del mercado laboral
seguiría habiendo desempleo.
Por otra parte, la moderna teoría del
desarrollo ([11]) ha
demostrado como la inmigración puede convertirse en una
valiosa contribución al crecimiento económico del país
receptor de flujos migratorios. En concreto, la inmigración
inyecta en la economía que la recibe capital humano que
neutraliza sus potenciales efectos negativos sobre el empleo y
el nivel de vida de los nativos. En concreto hay dos vías por
las cuales los inmigrantes realizan esa aportación de capital:
la primera, añadiendo a la economía-huésped las habilidades y
la capacidad profesional que ya tenían en sus países de origen
(este es un caso claro en la inmigración procedente de las
antiguas economías de planificación central); la segunda,
acumulando el capital humano de los nativos a través del
proceso de aprendizaje. Los inmigrantes con una tasa de
cualificación más baja, están dispuestos a realizar
determinadas tareas para las que no existe la oferta
suficiente en el estado receptor de la inmigración, y además
suplen de alguna forma la caída demográfica experimentada por
los países desarrollados, sobre todo los europeos.
Otro de los principales argumentos esgrimidos contra la
inmigración es el de su relación con la delincuencia. La
pregunta es sencilla: ¿Tienen los inmigrantes una mayor
propensión a cometer delitos que los nativos? Resulta obvio
que a medida que aumenta el número de extranjeros en un país,
también lo hace el número de violaciones de la ley cometidos
por ellos en términos absolutos. Es pura lógica estadística.
Ahora bien, la mayoría de los estudios realizados sobre la
materia no muestran que haya una relación constante y estable
entre delincuencia e inmigración. La población inmigrada no
tiene siempre y en todas partes tasas de criminalidad mayores,
menores o iguales que la autóctona. Todo depende del lugar y
del período que se considere. Para decirlo con claridad, el
incremento de los flujos migratorios no se traduce de manera
inexorable en una amenaza para la seguridad de la sociedad
huésped.
Kindleberg revisó las estadísticas penales europeas
desde el final de la Segunda Guerra Mundial y concluyó que no
existía una evidencia estadística que mostrase la existencia
de mayores tasas de criminalidad entre los inmigrantes que
entre los nativos[12]. Esos
mismos resultados arrojó la investigación realizada por
Steinberg[13] para
los EE.UU. Ambos autores asocian la percepción de la imagen
mayor inmigración/mayor criminalidad por amplios sectores a la
opinión a la singular atención concedida por los medios de
comunicación a las actividades delictivas desplegadas por los
no nativos. Esto no significa que no haya habido épocas en las
cuales, el índice de criminalidad haya sido superior en la
población inmigrada que en la nativa. Pero en el largo plazo y
en términos relativos, los delitos cometidos por ambos
colectivos tienden a ser similares.
En este contexto, la correlación
inmigración-delincuencia es espuria. Es injusto y peligroso
identificar la actuación de minorías criminales con la mayoría
de la población inmigrada. Por ello, la lucha contra la
delincuencia no tiene porqué traducirse en la introducción de
restricciones a la inmigración sino en la aplicación de la
ley. Quienes quebrantan las leyes han de ser perseguidos y
castigados con independencia de cual sea su nacionalidad. La
entrada ilegal de extranjeros ha de ser penalizada no por ser
inmigración, sino por constituir una violación de la ley. Este
planteamiento no puede verse debilitado por argumentos
humanitarios, que en la práctica constituyen una negación del
principio de igualdad ante la ley, y sólo sirven para
incentivar los flujos migratorios irregulares y para crear una
situación insostenible en el medio plazo con consecuencias muy
graves.
Epílogo.-
El nacionalismo es una epidemia que puede
tener consecuencias letales sino se la ataca de raíz. Sus
instintos tribales y sus componentes totalitarios le
convierten en una amenaza para la supervivencia de la
democracia y de la sociedad abierta. Supone una vuelta a la
tribu y resulta incompatible con los principios sobre los que
se asienta la civilización occidental. No hay nacionalismo
bueno y hablar, como lo hacen algunas personas de un
nacionalismo liberal, constituye una irresoluble y trágica
contradicción.
[2]
Véase Lord Acton, Nationality en Essays
in The History of Liberty, Liberty Press, 1985.
[3]
Raymond Aron, Las
Dimensiones de la Conciencia Histórica, FCE.
[5]
John Stuart Mill, Del
Gobierno Representativo, pag.182 y ss.Tecnos 1985.
[6]
Karl Popper, En busca
de un mundo mejor, pag.159, PAIDOS, 1994.
[7]
Lord Acton, Essays in
The History of Liberty, pag. 425 y ss., Liberty Press,
1985.
[8] Ver
Hayek, The
Counter-Revolution of Science, Liberty Press, 1952.
[9]
Ludwig von Mises, Socialismo, W.B.F.,
New York.
[10]
Isaiah Berlin, Contra
la Corriente, pag.429, FE 1983.
[11] Ver
Mankiw, Romer and Weil, A contribution To The
Empirics of Economic Growth, Quaterly Journal Of Economics
(1992), pags 407-437.
.