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Juan
Manuel Santos,
Ex Ministro de Hacienda, Colombia
Cuando
me propusieron para hablar sobre el neopopulismo y la
alternativa a ese neopopulismo que está surgiendo en América
Latina yo les confesé que se me hacía “agua la
boca” porque era un tema frente al cuál he venido
discutiendo y hablando mucho y sobre todo después de
las ultimas elecciones aquí en Colombia es un tema de
mucha actualidad.
Pocas
cosas son mas parecidas que el populismo de izquierda y
el populismo de derecha. Lo de que los extremos se
atraen no es solo una frase balada, es una frase también
de política. Si la izquierda y la derecha demagógica
revisaran sus fundamentales verían que son casi como
hermanas, que no hay razón para sostener cruentas
batallas, que lo único lógico donde hay tantas
semejanzas es una alianza contra ese enemigo común que
en el caso colombiano son esos 39.990.000 colombianos
que no han sido recibidos ni en el club de la izquierda
populista ni tampoco en el club de la derecha demagógica.
El
club de los populistas radicales quién no creyera es un
club bastante excluyente. Para la izquierda demagógica
en este país vamos de mal en peor, el gobierno
arrodillado a las multinacionales al FMI cada vez es más
reacios a garantizar condiciones básicas de vida para
todos los colombianos. No parecen haberse enterado por
ejemplo que en los último 25 años la cobertura de
electricidad y
los servicios de acueductos ya llegan en las ciudades al
99%, pero al populismo de izquierda poco le importa el
acceso al agua que una esencia de la dignidad del ser
humano.
Para
la derecha demagógica también cada vez vamos de mal en
peor, todo a sido saqueado y eso justifica una masiva
evasión de impuestos. El gobierno es un gran hueco
negro tampoco parece haberse dado cuenta que mientras
ahogaban al país en discursos agresivos para justificar
su existencia, su procedencia y su vigencia ese hueco
negro, que para ellos es el gobierno, originaba una
disminución en la desnutrición infantil de un 66% en
los último 25 años.
La
esencia de la izquierda y la derecha demagógicas
populistas populista
es destruir nunca crear. La demagogia poco lee no
necesita hacer el esfuerzo de comprender, la demagogia
opina nunca argumenta. Eso de argumentar es que es difícil,
la retórica que todo lo puede destruir tiene la ventaja
de crecer como la maleza.
El
populismo de izquierda y de derecha hace excelentes
opositores mediáticos, hace también pésimos
gobernantes. Nadie a podido descubrir todavía un método
alternativo a las ideas y a los conceptos para gobernar.
Izquierdas
y derechas demagógicas aman los lugares comunes. La
expresión cotidiana de la retórica son los lugares
comunes. Siempre están luchando con conceptos genéricos
altisonantes pero de poco impacto en el estado de la
sociedad.
Un
concepto fundamental en la política es que aquello cuyo
un verso es una estupidez es en sí mismo una estupidez.
Ensayemos una frase clásicamente demagógica “ aquí
hay que propender por un estado que garantice una
sociedad equitativa dentro de un entorno de desarrollo
sostenible libre de corrupción y política”.
Veamos
ahora su opuesto: “hay que propender por un estado que
imposibilite una sociedad equitativa mediante un entorno
de desarrollo insostenible controlado por la corrupción
y la politiquería”.
Que
bueno sería que un día de estos se haga un referéndum
corto y conciso contra los lugares comunes, eso
realmente si fuese una
contribución a la defensa de nuestros derechos
fundamentales políticos. Los demagogos, los populistas
son los paladines de las sentencias sin contenidos. Su
misma superficialidad los conduce a ser los enemigos de
las consecuencias. Su superficialidad lamentablemente
los hace permanecer en absoluta ignorancia respecto de
las causas. La izquierda y la derecha demagógicas son
proclives a los lugares comunes por una simple razón:
“porque los medios aman los lugares comunes”. Por
eso la demagogia es fundamentalmente mediática. Aquí
no paran las similitudes, la demagogia de izquierda y
derecha es mesiánica, tiene una respuesta simple para
todo”: la demagogia es la verdad revelada”.
Para
la izquierda demagógica los problemas de los servicios
públicos terminaran el día en que el estado vuelva a
ser el dueño de los activos. Parece que por un acto
milagroso los activos cuestan menos cuando son públicos
que cuando son privados.
Parece
que nunca le quedó claro que lo malo de los monopolios
públicos y privados no es aquello de lo público o de
lo privado es lo de lo monopolios.
Para
la derecha demagógica el estado es un sin sentido. El
mercado es la solución, como el caso de la izquierda
demagógica a la derecha de la economía tampoco parece
dársele particularmente bien.
La
defensa del mercado, sobre todo en países como los
nuestros, es la defensa de lo inexistente. La teoría
económica a tenido claro desde siempre que los mercados
perfectos no existen y que el eje de la política económica,
una de las principales funciones institucionales de todo
gobierno, es precisamente simularlos.
Es
casi poético eso de la defensa de lo inexistente pero
así del populismo: “poesía mala pero poesía al fin
y al cabo”.
La
fe en los mercados es un acto que si no fuera por su
enorme incompetencia teórica generaría casi ternura.
En
realidad lo que más une a este par de mellizos opuestos
es su insaciable comportamiento de captadores de las
rentas, los llamados “recicles” denegadotes tácitos
y explícitos de la noción del bien común entendida
como el máximo bienestar para todos.
En
el caso de la izquierda populista el bienestar se
traduce en prebendas sindicales, apropiadas por unos
cuantos miles de trabajadores a costa de impedir el
acceso al empleo a millones de desocupados cuyo problema
no es si se jubilan a los 65 años, su problema es mucho
más sencillo: tener acceso a un trabajo formal.
Para
la derecha el bienestar se traduce en ese fascinante
discurso biológico que pide mayores aranceles agrícolas
para salvar el agro, entendiendo por agro el precio de
la tierra y no ese factor sobre ofertado que son los
trabajadores cuyo único beneficio por los altos
aranceles es un mayor costo de la canasta de alimentos.
Lo
inconcebible es que éste es uno de los puntos que une más
a las izquierdas y a las derechas demagógicas. Y aquí
si que cabe el refrán “Dios los crea y ellos se
juntan”.
Para
la izquierda populista el bienestar se manifiesta, como
en el caso de Colombia, en unas pérdidas operacionales
del seguro social de 4.00 mil millones de pesos al año
que van a las prebendas de los sindicatos. Esa plata le
haría suficientes recursos al estado para ampliar en
4.000.000 de colombianos la cobertura en materia de
salud. Pero como esto pone en peligro unos privilegios
esto nunca se puede hacer.
El
concepto demagógico del bien común está asociado a
esa gente poco común que está organizada en grupos de
presión y cuya capacidad de acción colectiva hace que
la sociedad y los medios se olviden de quienes no tienen
en torno a que asociarse.
Para
la derecha: bienestar se traduce en exenciones
tributarias cuyo objetivo último es al menos reactivar
la economía. Para ellos el gasto público es una
afrenta, excepto de sí se hace a través de exenciones.
No
hay que olvidar que para la derecha demagógica la
posesión de activos es un derecho y no una obligación.
Si tocaras coger entre una y otra la mejor alternativa
sería no escoger ninguna.
Con
los populismos de izquierda y de derecha ocurre lo mismo
que con los monopolios, es decir lo malo no es la
izquierda o la derecha, lo malo es el populismo.
Aquí
no hay justo medio porque las dos posiciones son una
misma. La defensa de la expropiación de rentas a costa
de la profundización de la miseria de aquellos
excluidos de tan exclusivos clubes. No hay tal cosa como
el justo medio entre dos posiciones que en realidad son
una.
Hoy
América Latina está amenazada por todos los frentes
por esquemas neopopulistas y se hace muy necesario un
replanteo, un nuevo discurso que le dé a América
Latina una alternativa a ese neopopulismo, sobre todo el
neopopulismo de izquierda que se está propagando como
el fuego.
Creo
yo que lo que más le convendría a América Latina como
discurso ideológico o como visión de estados los
preceptos de un centroizquierda democrático muy
inspirado en la discusión que se está llevando a cabo
en muchos foros, y sobre todo en América Latina, de la
llamada tercera vía.
Los
conceptos de muchos académicos de esta parte del
continente nos dan una serie de elementos para
contrarrestar ese neopopulismo que yo creo que entre las
amenazas a las democracias de América Latina ese es uno
de los peligros más grandes, y diría yo más grande
que la debilidad del estado de derecho porque lo que
produce el neopopulismo es una debilidad del estado de
derecho.
Algunos
de los conceptos claros para contrarrestar la posición
de una izquierda o centroizquierda seria y democrática
frente a un neopopulismo que está floreciendo en
Bolivia, Colombia, Ecuador y en el resto de América
Latina.
La
esencia misma del neopopulismo es una forma de
movilización y de discurso, no es una tendencia política
específica.
La
tercera vía podría decir que es una corriente de
pensamiento político pragmático pero fundamentado y
eso es muy importante en los principios y no en valores.
En
la acción política el neopopulismo se nutre de la
desconfianza y la polarización de la confrontación de
exacerbar los conflictos sociales y de fraccionar la
sociedad y
a las organizaciones sociales.
La
tercer vía, por el contrario, piensa que la política
debe ser el ejercicio de confianza de establecer y
alimentar el respeto mutuo de cooperación y conexión
social.
En
los partidos políticos el neopopulismo se nutre de sus
crisis y fragilidades y promueve la anti política y la
negación del buen gobierno. En cambio los partidos de
izquierda o la tercera vía o el centro deben propagar
por fortalecer la consolidación de los partidos, esos sí,
sustentados en ideologías y con programas porque en
parte la crisis de nuestros partidos es que se quedaron
sin ideas y sin programas.
El
neopopulismo que estamos viviendo en América Latina es
muy peligroso, hay que contrarrestarlo y creo que este
seminario en buena hora puso ese tema como una de las
grandes amenazas de América latina.
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