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Carlos
Alberto Montaner, Escritor cubano
Una
democracia no puede conducir a una sociedad a un estado
anímico tan terrible como ocurre en los sistemas
totalitarios. Pero si puede entender que hay una dilución
de guerra psicológica en esta batalla, que mientras el
enemigo se sienta como el protagonista heroico de una
hazaña tremenda mientras tenga la adulación de su
familia, mientras tenga la simpatía de sus amigos, la
tendencia natural será a persistir en esos hechos. De
manera que todo
lo que se haga dentro del ámbito de lo que es legitimo
y moralmente correcto para enfrentar a esta gente, al
horror de sus actos, todo lo que se haga para avergonzar
a sus familias de cualquier apoyo que le pueda dar es
algo que contribuirá a debilitarlos y a modificar el
comportamiento de ellos porque no se mueven por dinero,
sino que los hacen por emociones profundas por simpatía
y porque viven como los delincuentes en la cultura de la
violencia.
Hay
otro terror que es la otra cara del mismo fenómeno.
Cuando estas personas que han practicado el terrorismo y
que conocen el fenómeno también tienen el poder,
continúan utilizándolo
para obligar al conjunto de la sociedad a que se mueve
en la dirección que ellos han decidido que es la
correcta.
Cuando
se mata a culpables o a supuestos culpables hay una zona
de la población que no se siente en peligro y que por
lo tanto puede desobedecer, lo que convierte al conjunto
de la sociedad en una especie de ejército obediente es
el miedo a reacciones que no pueden racionalmente
controlar.
A
esa cosa de que los llamen a la 5 de la mañana a sus
casas y lo empiecen a acusar de las cosas más terribles
sin ellos saber exactamente de que son culpables hasta
que ellos encuentran de algo e lo que son culpable.
Una
perfecta revelación de lo que es el terrorismo de
estado es que maten a inocentes para someter al conjunto
de la población a la obediencia.
Entre
la mentalidad del terrorismo practicado para llegar al
poder alguien decía hace muy poco: “que el terrorismo
no siempre estaba encaminado a la toma del poder”. El
terrorismo es un instrumento para debilitar al estado y
provocar la toma del poder. El caso más interesante es
Argelia. Los franceses se fueron de Argelia como
consecuencia del terrorismo terrible e indiscriminado
que se utilizó por la población y el colonialismo.
Es
posible obligar mediante el miedo a una población a
obedecer, y yo creo que ese “yo sí” en un país
como Colombia los terroristas sí tengan esa fantasía
de obligar a la población, mediante el miedo, a ceder
al chantaje de los grupos de presión e intentar la toma
real del poder ante una sociedad que está maniatada y
paralizada por el miedo y por la cantidad de gente que
en el proceso va a decir “bueno cuando lleguen al
poder van a actuar de distinta manera”.
Lo
terrible es que en todas estas fantasías de los
revolucionarios la realidad cuenta muy poco. Lo que
cuenta es la construcción ideológica de un futuro y lo
que escapa a ese futuro pues es algo que hay que
destruirlo y alejarlo, pulverizarlo.
Les
dejo a ustedes en el tema del terrorismo tres
observaciones. Una de carácter policial o de técnica
antiterrorista. La infinita importancia de las
infiltraciones masivas.
En
segundo lugar que sepan
que la guerra psicológica es tan importante como
la policíaca.
En
tercer lugar y como mi opinión: mi creencia de que sí
forma parte el terrorismo de un plan donde la función
de las bombas es destruir la moral de la sociedad, la
confianza en las instituciones e ir preparando al
conjunto de la sociedad para que lleguen a aceptar en un
momento dado la inevitabilidad del triunfo de la oposición
armada.
A
principios de la década de los noventa apareció una
matización distinta de la palabra neoliberal. Se empezó
a acusar a quienes hacían las reformas de neoliberales.
A
mí me gustaría retrotraerme quizás cinco años antes
al momento en que comienzan ciertas reformas en América
y Colombia.
En
América Latina a finales de la década de los 70 y a
principios de los 80 el viejo recetario político y económico,
vigente desde 1917, conformó algo que entroncaba muy
bien con la tradición política y económica
latinoamericana. Es decir, la idea de que el estado tenía
una función suprema en lograr para el conjunto de la
sociedad el desarrollo, la prosperidad y la equidad. A
ese núcleo central se le fueron agregando elementos que
también venían del pasado, como por ejemplo el estado
empresario. Era importante que el estado produjera y se
convirtiera en empresario y tenía una responsabilidad
en ese sentido y fue disminuyendo el peso de la sociedad
civil frente al peso del estado.
Los
ingredientes variaban entre Tulio Vargas, en Brasil,
Juan Perón en Argentina; Velasco Alvarado en Perú y el
caso del castrismo que era una caso extremo pero eran
ingredientes que partían de la misma concepción: la
responsabilidad esencial del estado o inexistente en el
caso de Cuba frente a una gran responsabilidad colectiva.
También
entró una noción muy perversa del gasto social ante el
hecho real de que había masas de pobreza tremenda en América
Latina se introdujo un elemento cuantitativo y perverso.
El problema es que hay una infinidad de pobres. El 50 %
de la población Iberoamericana se puede calificar de
pobre, y de ese 50 % la mitad como extremadamente pobre.
Pero
a la conclusión a la que ellos llegan es que la función
del estado es el asistencialismo, el gasto social y
empiezan a medir la calidad del estado por el volumen
del gasto social. Es la más perversa de las
conclusiones porque lo que demuestra la amplitud del
gasto social es el fracaso de la sociedad y de alguna
manera el propio fracaso del estado.
Porque
si vamos a definir una sociedad organizada con arraigo
al sentido común y la vamos a definir como exitosa es
aquella en la que los ciudadanos precisamente no
necesitan del conjunto de sus compatriotas para
sobrevivir porque son capaces de generar tantas riquezas
que pueden alimentarse ellos y alimentar a sus familias,
ahorrar, invertir y tener una vida cada vez mejor sin
necesidad del apoyo de sus semejantes. Pero cuando uno
llega a la conclusión contraria de que un estado es
digno porque tiene un gran volumen de gasto social está
sacando la conclusión equivocada. Lo que eso está
diciendo, con un estado con gran gasto social es que hay
mucha gente necesitada y que el modelo económico que
eligieron es un disparate porque no es capaz de permitir
que la sociedad genere riquezas para impedir que el
asistencialismo siga destruyendo los fundamentos económicos
de nuestra sociedad.
Pero
esa es la visión general que hay de cuáles son las
funciones del estado, de los políticos y que debe
esperar la sociedad. Y todo esto es lo que se desploma
en la década de los setenta y de los ochenta porque hay
un fracaso evidente por una parte y por otro, porque hay
otros pueblos muchos mas remotos que nosotros habíamos
conocido.
Lo
interesante que cuando se produce el colapso de esos
paradigmas la respuesta de quienes habían vivido en el
error no fue admitir que había que imitar a otras
naciones que habían hecho las cosas bien, la respuesta
fue desacreditar inmediatamente cualquier intento de
reforma de ese Estado. Entonces construyen un fantasma
que es el neoliberalismo. Hay una cosa que es el
pensamiento liberal que era algo absolutamente rico que
no se había quedado en Adam Smith ni en David Ricardo
ni en ninguno de los pensadores del siglo 19 sino que la
característica principal de esa corriente de opinión
de pensamiento y de análisis era que se había ido
nutriendo de diversas fuentes. Habían llegado a
percibir las causas de la pobreza desde el derecho,
desde las instituciones es decir desde un pensamiento
que se había enriquecido. Entonces como no querían
enfrentarse a esto se enfrentaron
a un supuesto monstruo codicio: el
neoliberalismo.
Un
neoliberalismo que no existía era unas tímidas
reformas llevadas a cabo por políticos que ni siquiera
estaban muy convencidos de lo que estaban haciendo. El
señor Gaviria en Colombia hace una reforma no porque él
fuera un liberal convencido sino porque tenía que
hacerlas para sacar a Colombia de la situación en la
estaba.
Prácticamente
todos los políticos que hicieron algunas reformas le
realizaron para poner parches urgentes ante una crisis
económica creciente.
Cuando
ahora vemos que los neopopulistas prefieren definirse
como adversarios de ciertas reformas y no están a favor
de nada. Ahora empiezan a estar a favor de cosas y
empiezan a construir un discurso globo fólico que es
donde uno encuentra exactamente los mismos ingredientes
que había en el viejo discurso tradicional de los
populistas. La idea del que el comercio internacional,
intenso y sin barreras, nos perjudica hay que proteger
la producción nacional, la idea de que hay que mantener
el gasto social, la idea de que el equilibrio fiscal
debe ser una perversión del FMI y no una posesión del
sentido común y algunas cosas que ya tocan el terreno
de la locura.
Yo
quería recordar que esta visión de lo que debe ser la
economía y de lo que debe ser las relaciones de la
sociedad con el Estado ni siquiera es una visión
revolucionaria concebida a partir del 1917 sino que es
mucho más delirante, estamos hablando del plan de
gobierno de Luis XIV. Cuando uno
En
la historia y ve cuáles son las recomendaciones para el
engrandecimiento de la corona francesa lo que encuentra
es el plan de los populistas.
Siempre
me gusta recordar que todas las paradojas políticas, la
más viviente para el que tiene una cierta sensibilidad
en el lenguaje es la de llamarle progresismo a quienes
son partidarios de los países que menos progresan. Si
hay enemigos del progreso en el mundo son estos
mercantilistas del siglo XVIII que no saben que están
repitiendo una conjunción que el mundo civilizado
enterró afortunadamente a lo largo del Siglo XXI.
Voy
a terminar las observaciones finales con la debilidad
del estado de derecho porque de alguna manera enlaza con
esto último que les e mencionado y que tiene que ver
con la historia.
Desgraciadamente
en la debilidad de nuestros estados está presente una
larga historia de desencuentros entre nuestras
sociedades y los estados que se forjaron en América.
Cuando
se forja el mundo europeo en América Latina arraiga las
instrucciones de la corona que quería su poder y
control, que legisla desde la península, que traiciona
a los propios conquistadores con los que pacta y la
corona los traiciona con los que empieza a cuajar la
sociedad latinoamericana. Nosotros nos encontramos entre
los hijos de los conquistadores que no están contentos
con el grado de recompensa que supuestamente debían
tener y no tuvieron porque la corona había incumplido
sus pactos.
Quiere
decir esto que desde el principio el conjunto de la
sociedad no se vio reflejada en las instituciones del
Estado, lo que de alguna manera esta visión de falta de
gobierno, de falta de autoridad por el conjunto de la
sociedad se trasladó a una actitud de estafa de lealtad
de la sociedad hacia el estado y de escasa
responsabilidad del estado hacia la sociedad.
Es
muy difícil construir repúblicas eficientes, porque
una república construida absolutamente frágil,
totalmente intelectual, de instituciones que se
sostienen única y exclusivamente del consenso de la
sociedad que las acepta como válidas están de alguna
manera debilitadas por el estado de derecho, por las
leyes que protegen al individuo. Pero todo eso requiere
de una cultura cívica y de una buena voluntad del
conjunto de la sociedad que nosotros no exhibimos prácticamente
en ningún sitio de América Latina.
Y
fuimos arrastrando, de una u otra manera,
ese divorcio hasta llegar a los espectáculos
repugnantes de saber que en 1992 el 60% de la población
peruana aplaudió la destrucción de sus instituciones
republicanas. De saber que ese mismo año un porcentaje
parecido de venezolanos aplaudió el golpe de Chávez
contra Carlos Andrés Pérez.
Mientras
nosotros no sintamos que el estado a sido segregado para
nuestra conveniencia, que la constitución son nuestras
leyes y están ahí para nuestro beneficio, mientras eso
ocurra América Latina no va a poder solucionar sus
conflictos porque la república, la prosperidad, el
desarrollo y el progreso todo eso se sostiene en una
debilísima arquitectura intelectual y en una atmósfera
emocional determinada de consenso, de buena voluntad, de
deseo de colaboración.
Yo
espero que entendamos que todas estas desgracias que a
nosotros nos ocurren en América: Fidel Castro en Cuba,
Chávez en Venezuela, el horror de la violencia
colombiana, Evo Morales en Bolivia, no son las
consecuencias fortuitas de un destino sembrado por
dioses malvados, son cosas que generamos nosotros porque
nuestra cultura no es hospitalaria para la democracia,
para el progreso y para el desarrollo. Pero también
creo porque viví en España la experiencia de un pueblo
que también los grandes golpes, las grandes sacudidas
modifican a las personas.
Yo
tengo la esperanza de que el día que regrese a Cuba no
será a la Cuba que me parió sino un país distinto que
ojalà haya aprendido la lección. Y si no aprendimos la
lección nos merecemos otro Castro. Yo espero que los
venezolanos cuando salgan de Chávez creen las
condiciones culturales necesarias para que no vuelva a
ocurrir y espero sobretodo en un caso como el de
Colombia, que no es un problema nacional de los
colombianos, el cáncer de la violencia colombiana es un
cáncer con metástasis por todo el continente que nos
compete e interesa a todos.
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