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BEATRIZ
MERINO, PRESIDENTA DEL CONSEJO DE MINISTROS
Distinguido
señor Mario Vargas Llosa, Presidente de la Fundación
Internacional de la Libertad.
Estimado
Gerardo Bongiovanni, Director Ejecutivo de la Fundación
Internacional de la Libertad.
Señoras
y señores.
Acudo
a esta cita, abrumada por el honor que involucra la
invitación personal que me cursó la Fundación
Internacional de la Libertad, creada con el propósito
de defender al sistema democrático, al Estado de
Derecho y la Economía de Mercado como los pilares del
desarrollo en nuestro continente. Esta reunión, en la
que reflexionaremos sobre los problemas y posibilidades
de América Latina, es alentada por las más sinceras y
profundas convicciones sobre el destino final de la
libertad de los latinoamericanos.
Todos conocemos la permanente preocupación de Mario
Vargas Llosa por el progreso de nuestra región. Le
agradecemos su liderazgo intelectual y civil, que nos
congrega. Pero, además, como una inmensa legión de
latinoamericanos, tengo la esperanza de que sus
reflexiones y propuestas se hagan realidad en nuestros
países.
Éste
es un momento inédito en nuestra historia. Si bien se
creía firmemente que el adormecimiento producido por
las economías centralizadas había concluido en un
despertar definitivo hacia la libertad y que,
finalmente, se había encontrado un camino, el de la
libertad, la democracia y la ciencia, que nos conduciría
al progreso y hacia etapas cada vez más altas de
bienestar material, hoy –en cambio– todo nuestro ámbito
está signado por la inseguridad.
Hoy
en día, la ruta que creíamos despejada aparece
sembrada de obstáculos. Tal parece que los viejos
fantasmas del intervencionismo, la revolución y el
nacionalismo nunca se erradicaron del todo y ahora
recobran una fuerza que es capaz de echar por tierra los
esfuerzos democráticos.
En efecto, en estos momentos observamos que los
objetivos de seguridad global –la lucha frontal contra
el terrorismo– parecen constituir el punto de una
agenda central desde la perspectiva norteamericana, pese
a los serios problemas de déficit presupuestal y a los
reveses en las discusiones sobre la definición de
nuevas relaciones económicas internacionales que tal
situación les genera.
En
la actualidad observamos que Europa avanza en su unidad
política, económica y cultural, enfrenta las
dificultades de sus Estados de Bienestar y se esfuerza
por conseguir una Constitución Europea definitiva, la
que entraría en conflicto y ayudaría a superar los
nacionalismos que persisten. Vemos al continente asiático
enfrascado en una tensión singular debido al conflicto
que supone el intenso ritmo de crecimiento económico
logrado a través de la economía de mercado libre y la
resistencia a realizar reformas políticas que les
permitan un avance paralelo en materia de derechos
civiles y políticos.
Por
otra parte, asistimos a la cruenta confrontación que
subsiste entre pueblos en el Oriente Medio con sus
terribles consecuencias, así como a la condena a todas
las formas de terrorismo que aún imperan en esa
castigada región. Y nos compadecemos de los pueblos del
África subsahariana, a la que la prensa internacional
presta atención casi exclusivamente para poner en
evidencia su lucha desesperada por la supervivencia y la
falta de respeto a sus más fundamentales derechos
humanos. En este difícil contexto, nos preguntamos ¿cuál
es la alternativa de América Latina? ¿Qué camino
debemos seguir?
Cabe
decir que, desafortunadamente, América Latina ha
mantenido un comportamiento pendular. Ha oscilado entre
autoritarismos, con algún grado de efímero apoyo
popular mediante el recurso de construir clientelas políticas,
y débiles democracias en formación, en las que los
ciudadanos no se sienten representados ni, por tanto,
satisfechos. La región ha pasado, una y otra vez, del
intervencionismo económico hacia medidas de apertura y
libertad económica parciales. Al hacerlo, pasaron por
alto la necesidad de proporcionar y asegurar derechos de
propiedad a sus mayorías nacionales, de contar con un
poder judicial imparcial y garante de los derechos
ciudadanos. Tampoco consiguieron dotarse de una
infraestructura suficientemente fuerte, ni han podido
lograr mercados fuertes y extendidos que resistan la
interferencia de los poderes políticos, como tampoco
han podido promover emprendimientos privados de manera
generalizada.
De
otro lado, pese a las reformas liberalizadoras de la década
pasada, América Latina todavía mediatiza la inclusión
de sus ciudadanos y el reconocimiento de sus derechos,
en particular de sus mujeres y de sus mayorías
empobrecidas. Al haberse aplicado reformas, no siempre
consistentes con el mercado, y de espaldas a la sociedad
civil, sin convencerla de sus beneficios, éstas se
encuentran hoy día bajo cuestión. No es un accidente,
por tanto, que el Índice de la Libertad Económica del
año 2003 señale que América Latina sea el continente
que tuvo el desempeño más pobre y que la mayor parte
de los países latinoamericanos hayan preferido
mediatizar la libertad económica alcanzada. Como una
comprobación de las tesis de Popper –siempre
provisionales, para hacer honor a este gran filósofo–
que rebatieron la teoría de la linealidad del progreso
humano, la historia, al parecer, no miente: somos el
continente del eterno retorno, en el que no se progresa.
América Latina está tan atrapada que, hasta cierto
punto, siempre se limita a cumplir el ritual de evaluar
cada década pasada como década perdida. ¿Dónde está
la capacidad de reacción?
Así,
pues, hemos de romper este oscilar entre posiciones
opuestas que se ha convertido en el principal lastre de
nuestro esquivo desarrollo y que tiene, entre sus
fuentes, la enorme debilidad de las instituciones que
toda la región padece.
La
alternativa de América Latina radica en la necesidad
impostergable de lograr el cambio institucional en
nuestras sociedades. Frente a este problema medular de
nuestra hora actual, debemos, en primer lugar, hacer un
mayor esfuerzo de análisis para definir el problema con
la mayor precisión posible. Enseguida, sobre la base de
nuestros principios y convicciones, debemos formular
nuestra propuesta de cambio institucional y generar un
amplio debate público que contribuya a su difusión y
aceptación a lo largo de nuestro continente. Ahora,
permítanme explicar en qué consiste, en mi opinión,
esta debilidad institucional y dónde se origina. Luego,
nos ocuparemos de las propuestas.
Cuando
Douglass North estableció en su libro Estructura y
Cambio en la Historia Económica, en 1984, sus tesis
sobre las instituciones, se refería a algo incorpóreo
e inasible: las normas que guían las conductas de las
personas, a través de las cuales deciden seguir un
curso de acción para sus vidas, contratan, viven y se
organizan. Citando a North, “las instituciones son un
conjunto de reglas, procedimientos de aceptación y
cumplimiento de las mismas, y normas éticas y morales
de comportamiento que se diseñan para restringir el
comportamiento de los individuos con el objetivo de
maximizar la riqueza o la utilidad de los gobernantes y
sujetos principales de una sociedad”, siendo necesario
resaltar que, para North, los “gobernantes” son los
individuos considerados como consumidores.
En
consecuencia, como las personas sólo pueden interactuar
entre sí dentro del marco configurado por estas
instituciones, éstas constituyen la base y la argamasa
de organizaciones tales como los parlamentos, las cortes
de justicia o los sindicatos, así como de las
Constituciones y leyes que rigen, con mayor o menor
suerte, en nuestros países. Pero North siempre advirtió
que existe un sustrato todavía mas profundo con relación
a las instituciones, y que éstas se originan por
aquello que él definió con el término de “ideologías”.
Éstas son construcciones sobre la realidad o, en
palabras de North, “una forma comprensiva de entender
el mundo (...) y (...) un juicio de valor sobre la
justicia o limpieza de las instituciones y, en forma
particular, de las relaciones de intercambio”.
Las
ideologías, a su vez, se conforman sobre la base de
percepciones, mitos y prejuicios, organizados en torno a
una idea central, que se adquieren a lo largo de una
vida y van conformando la psicología más íntima del
actor humano, y por las cuales conforma sus normas de
comportamiento. Sucede que todas o gran parte de las
instituciones con las que los países de nuestra América
han sido establecidos, se conducen a partir de ideologías
y cosmovisiones que defienden intereses minoritarios y
no dan cuenta de la realidad. Pese a ello, promovidas
por esos intereses, se han extendido a toda la sociedad,
inclusive a sus sectores dirigentes, tanto líderes políticos
como empresariales, conformando lo que considero que se
debe denominar el paradigma del subdesarrollo.
Según
este paradigma del subdesarrollo, el progreso se podría
dar como resultado de un juego de suma cero en el cual
quien gana lo hace a costa del otro. Señala que las
normas son sólo “poesías legales” –usando el término
acuñado por Vargas Llosa– y que lo verdaderamente
importante para tener bienestar es la voluntad política
y el uso –o, más bien, abuso– que los dirigentes
políticos hagan del poder. Establece que la razón de
la pobreza en América Latina no es responsabilidad
nuestra, sino de terceros, de la denominada
‘dependencia externa’. Además, considera a toda
actividad empresarial, sin distinciones, como
explotadora de sus trabajadores y perjudicial para el
resto de la colectividad y, finalmente, identifica el afán
de lucro y el individualismo como manifestaciones de egoísmo
y de lesión permanente a los demás, que debe ser
evitado a toda costa. Estos ejemplos y lugares comunes
definen al paradigma del subdesarrollo, abundan por
doquier y forman parte del imaginario que identifica
tanto a un mexicano como a un boliviano, y a éstos con
nuestros compatriotas.
Si
queremos lograr el cambio institucional debemos cambiar
este paradigma del subdesarrollo por el paradigma del
progreso. ¿En qué consiste el paradigma del progreso?
Consiste en definir al progreso como el resultado de una
actividad en la que ambas partes ganan y que, justamente
por ese doble beneficio, es realizado por los agentes
económicos. Se manifiesta cuando la ley debe ser una
defensa contra el poder y nunca su reflejo, siendo para
ello indispensable que las Constituciones políticas
tengan vida, sean sentidas y defendidas por los pueblos,
que se establezcan como su principal patrimonio histórico
y la mejor garantía para una pacífica y fructífera
convivencia. Es decir, se debe pasar de instituciones
neomercantilistas, generadoras de privilegios y
prebendas y contrarias al pacto social que debe
representar una Constitución, a instituciones que
promuevan la libertad, la competencia y la
responsabilidad social por el individuo.
El
paradigma del progreso sostiene que el poder debe estar
permanentemente limitado y que los políticos son
servidores públicos cuyos jefes son todos los
ciudadanos. A su vez, considera que nosotros, los
latinoamericanos, somos responsables de nuestra miseria
o prosperidad, y que, por tanto, podemos elegir entre
permanecer en la pobreza o alcanzar el desarrollo.
Manifiesta que una correcta actividad empresarial tiene
como principal socio al trabajador, que esa asociación
está animada por una competencia leal, nunca sobre la
base de ventajas otorgadas por el Estado, con el
objetivo de servir a los consumidores. Por fin,
considera al afán de lucro y al individualismo como
expresiones del ser humano como un ente extraordinario,
único e irrepetible, dotado de autoconciencia,
capacidad de elección y, sobre todo, libertad.
Este
cambio de paradigma es, a mi juicio, la tarea primera y
más importante que todos aquellos que defendemos el
ideario de la libertad y la justicia debemos acometer.
No es ésta una tarea sencilla ni se obtendrán
resultados inmediatos, pero debemos iniciarla hoy si no
queremos repetir los ciclos de indefinición y debilidad
institucional que conforman nuestra historia. Por esta
razón, debemos centrar nuestros esfuerzos en modificar
todos los contenidos que conforman el paradigma del
subdesarrollo instaurados en las sociedades
latinoamericanas, influyendo en sus líderes políticos,
judiciales, empresariales y sindicales, convenciéndolos
de los beneficios del paradigma del progreso y convocándolos
a esta causa.
En
ese sentido, debemos convencerlos de que el camino a la
prosperidad yace, como se ha señalado en el Índice de
la Libertad Económica 2003 ya citado, en las genuinas
realidades del comercio abierto, en una moneda sólida,
en un marco regulatorio razonable y en la protección de
los derechos de propiedad. En una palabra, debemos hacer
de las sociedades civiles latinoamericanas los agentes
del cambio del paradigma del subdesarrollo al paradigma
del progreso.
Esto
supone, por ejemplo, convencer a los líderes sindicales
de que persistir en un sindicalismo caduco y en
permanente conflicto con la empresa privada sólo nos
hace permanecer en la pobreza. Supone que optar, por el
contrario, por un sindicalismo moderno, que busca la
competitividad y la innovación teniendo como aliados a
los empresarios, es la ruta del futuro. Significa
acercarse a los líderes de América Latina para
hacerles notar que la libertad es el patrimonio moral de
nuestras sociedades y que las normas éticas son
indispensables para que el progreso asiente sus raíces
en nuestro continente. Representa el reto de reflexionar
con los intelectuales, y en particular con los más jóvenes,
para demostrarles que no existe un conflicto irresoluble
entre estos “críticos modernos” que son los
intelectuales de hoy, y el mercado. Se debe propugnar
una correspondencia entre el mundo de las ideas y la
realidad del mercado y su necesidad de constante expansión.
Además,
se debe señalar permanentemente a los empresarios
–los principales impulsores del mercado– que lo que
garantiza el éxito es la competencia y no el privilegio
del decreto. Del mismo modo, la transformación de
nuestros jueces y magistrados en verdaderos
administradores de justicia es indispensable para
garantizar el éxito del cambio institucional. La
profunda transformación de su rol es esencial para
establecer una justicia imparcial y eficiente, siendo
las reformas del sistema de administración de justicia
un requisito para tender hacia ese fin. Finalmente, los
políticos –la punta del iceberg de la sociedad
civil– deben ser nuestros principales servidores y
garantizar, mediante pactos y acuerdos, que la
alternancia del poder no debe suponer el quiebre de las
instituciones ni el cambio de las políticas de Estado,
sino el respeto a la palabra empeñada con los electores
y la sociedad.
La
segunda tarea que debemos abordar con seriedad, energía
y sentido de urgencia para alcanzar este cambio de
paradigmas, es la transformación de la educación en América
Latina. Diversos estudios han demostrado que la
principal correa de transmisión de estas ideas erróneas
en nuestro continente ha sido el proceso de formación
de los jóvenes en la región. Es por demás evidente
que, salvo honrosas excepciones, se advierte una
clamorosa ausencia del pensamiento liberal y de las prácticas
de la libertad en las ideas que los maestros brindan a
nuestros hijos.
En
las escuelas y en las universidades no se educa,
siquiera, con una interpretación objetiva de la
historia latinoamericana. Por el contrario, en la
inmensa mayoría de ellas prima una cosmovisión
colectivista, en todas sus manifestaciones y aspectos,
que contradice los principios esenciales sobre los
cuales se ha desarrollado el progreso a través del
mercado.
Asimismo, se ha pasado por alto la enorme influencia que
el maestro de escuela tiene en la formación de la opinión
y las ideas que dan origen a las instituciones por las
que se rigen los latinoamericanos y –lo que es más
grave– no se advierten la debilidad y vacíos en su
formación. En efecto, de acuerdo con Carlos Tunermann,
ex Ministro de Educación de Honduras, según los datos
que incorporó en su estudio La educación para el siglo
XXI, el 72% por ciento de los maestros en el ámbito
regional labora en el sector público, la mayoría de
los cuales carece de una formación pedagógica
adecuada.
Para
grandes sectores de nuestra población, en toda la región,
los maestros son la única opinión cultivada y
constituyen, casi exclusivamente, los “tomadores de
segunda mano de ideas” que Hayek consideraba tan
necesarios para la conformación de la opinión pública.
Se sabe que los maestros, altamente sindicalizados y
politizados, han mantenido un claro protagonismo en
diversas crisis recientes en la región.
Así,
la educación en la región está en crisis. La duración
de la jornada escolar en América Latina es de entre 100
y 120 días, muy inferior a la de Japón (253 días),
Alemania (210 días) y los Estados Unidos (180 días).
Conforme a la UNESCO, la mitad de los adultos de América
Latina, sobre todo los más pobres, no puede comprender
lo que lee, ni comunicar mensajes simples por escrito,
ni hace uso en su vida cotidiana de lo que ha habría
aprendido repitiendo de memoria. Resulta claro que las
mayorías latinoamericanas definen sus referentes y
visiones sobre su entorno, su vida, su historia y su
futuro, en función de las ideas, opiniones y mitos
ideológicos que sus maestros les inculcan. Lo que se
recibe con posterioridad por los medios de comunicación
y las distintas modalidades de formación de opinión se
agrega –pero no modifica en lo esencial– este cuerpo
de ideas a los cuales adscriben los latinoamericanos, y
que constituye la verdadera base de sus instituciones.
Lograr
el cambio de paradigma que los profesores de América
Latina ofrecen a sus estudiantes es un componente
fundamental del cambio institucional. Si no trabajamos
intensamente, Gobiernos, institutos de investigación y
formadores de opinión que defendemos la libertad, para
cambiar este paradigma en la educación latinoamericana,
no será posible alcanzar plenamente una democracia al
servicio de los ciudadanos, una economía de mercado
viable ni un Estado de Derecho. Si no formamos a los
maestros en el ideario de los beneficios y la naturaleza
positivamente moral del paradigma del progreso, nuestros
connacionales continuarán conviviendo con instituciones
que no reconocen como suyas. De seguir ignorando el
papel de la educación y de los maestros en ella, los
ciudadanos continuarán siendo embelesados o hasta
hechizados por dirigentes providenciales, salvadores de
la patria y demagogos, y seguirán siendo víctimas de
mitos, como el del origen de su pobreza, entre otros. La
tarea que nos corresponde desde cada una de nuestras
actividades es, a mi juicio, ampliar y mejorar el acceso
a las ideas del progreso, especialmente a los maestros
latinoamericanos.
Por
consiguiente, también debemos reconocer al cambio en la
educación como una respuesta a la crisis de la sociedad
latinoamericana contemporánea, en la que el aprendizaje
deliberado y consciente constituya la posibilidad de
alcanzar las instituciones que les proporcionen a los
latinoamericanos el progreso que tanto necesitamos, así
como reconocer el valor estratégico del conocimiento
incorporado en las personas, que son, en tanto actores
en el mercado como en la sociedad civil, los auténticos
agentes del cambio institucional.
Además,
los institutos de investigación, los intelectuales y
formadores de opinión comprometidos con las ideas de la
libertad, además de los políticos que adscriben a
estas
ideas,
deberán integrar sus esfuerzos para elevar la calidad
de nuestros sistemas educativos y la preparación de los
habitantes de América Latina al más alto nivel
posible. Ese esfuerzo adicional permitirá a la región
estar en mejores condiciones de competitividad en el
contexto de incesantes transformaciones, cambiantes
requerimientos del mundo laboral y perspectivas de
crecimiento en que se encuentra el mundo.
No
podemos dejar de reparar en lo que ocurre a nuestro
alrededor y, por tanto, es nuestra responsabilidad
acelerar ese cambio si queremos generar instituciones
que sean respetadas en la región y hacer competitivas a
nuestras economías. Debemos romper definitivamente con
el mito de que nuestra riqueza se encuentra en nuestros
recursos naturales. Este mito ideológico –que
constituye otra pista falsa hacia esquemas de producción
erróneos– es lo que nos ha impedido concentrar
nuestros esfuerzos en las personas y en su capital
humano.
Siendo
la educación el primer formador de las instituciones,
los medios de comunicación deben ser considerados como
el segundo formador institucional y los políticos como
agentes decisivos en ese nivel de formación.
En
la actualidad, cuando es evidente la convergencia tecnológica
de las comunicaciones y la creciente importancia del
sector de servicios intensivos en conocimiento, debemos
concentrar nuestros esfuerzos en permitir el mayor
acceso de los latinoamericanos a todas las fuentes de
información posible, lo que supone incrementar los márgenes
de desregulación y liberalización de los canales y
contenidos de la información y el conocimiento. Esto
permitirá que los latinoamericanos tengan a su alcance
respuestas diversas para el logro de su progreso.
Asimismo, en medio de esa diversidad informativa, los
promotores del ideario liberal deberán poner sus
esfuerzos en dar a conocer sus opciones del modo más
creativo posible a fin de obtener éxito en tal difusión.
Con
relación a los políticos, es preciso señalar que, en
la medida en que no realicemos un idéntico esfuerzo al
ya descrito anteriormente para promover partidos que
defiendan claramente las ideas de la libertad, estará
ausente un componente esencial de esta ecuación para el
cambio de paradigma hacia el desarrollo.
En
ese sentido, hemos de insistir en que es importante
promover que los partidos políticos en general, y los
partidos liberales en particular, también sean
promotores del cambio institucional. De allí que sea
esencial promover las reformas –como las diseñadas
recientemente en el Perú– por conseguir que los
partidos se estructuren de abajo hacia arriba y
promuevan en forma permanente el ejercicio de la política
como un servicio publico signado por la austeridad, la
eficiencia, la honestidad y la transparencia.
Entonces, partidos modernos, que coloquen al cambio
institucional como punto prioritario de su agenda, podrán
generar mayores oportunidades para la apertura de los
mercados, el fortalecimiento del Estado de Derecho y la
promoción de la democracia que aquellos que simplemente
se limiten a ejecutar un programa coyuntural pues, al no
haber invertido en el cambio institucional, tal partido
y tal programa serán débiles y siempre se correrá el
riesgo de que se revierta lo alcanzado una vez concluido
el mandato otorgado por los electores.
Estimados
amigos:
Una
tarea tan importante como la del cambio de paradigma del
subdesarrollo por el paradigma del progreso –y el
cambio institucional consecuente– requiere el concurso
de gente tan valiosa y comprometida como las que están
hoy reunidas aquí. Si tan sólo pudiéramos iniciar el
camino de una América Latina en la que nuestros
ciudadanos reconozcan las leyes que los rigen como
suyas, que vean en sus organizaciones el medio para
alcanzar su progreso material y sentar las bases de un
porvenir claro y seguro para sus hijos, que confíen en
sus políticos como en sus mejores servidores públicos
y reconozcan en sus maestros a los cultivadores de sus
espíritus, y que, en los hechos, podamos transitar
libremente desde el Golfo de México hasta la Patagonia,
en donde el intercambio de bienes, servicios y culturas
puedan realizarse sin restricciones antes que discurrir
en las mutuas desconfianzas al interior de nuestra región,
ningún esfuerzo seria pequeño ni valdría más en su
resolución.
Quiero
invitarlos a poner sus talentos –sin corsés ni
desconfianzas– en pos de esa meta, apelar en su
creatividad e inventiva a las infinitas posibilidades de
progreso que un continente como el nuestro sea libre.
Antes
que nosotros, personalidades como Juan Bautista Alberdi,
Carlos Rangel y muchos otros pusieron en ese empeño sus
vidas y sus obras, que hoy son testimonio de sus logros
y desventuras. Es mi mayor esperanza que podamos
nosotros lograr este viraje definitivo y sin retorno
hacia la libertad para América Latina.
Muchas
gracias.
Bogotá,
6 de noviembre del 2003.
Distinguido
señor Mario Vargas Llosa, Presidente de la Fundación
Internacional de la Libertad.
Estimado
Gerardo Bongiovanni, Director Ejecutivo de la Fundación
Internacional de la Libertad.
Señoras
y señores.
Acudo
a esta cita, abrumada por el honor que involucra la
invitación personal que me cursó la Fundación
Internacional de la Libertad, creada con el propósito
de defender al sistema democrático, al Estado de
Derecho y la Economía de Mercado como los pilares del
desarrollo en nuestro continente. Esta reunión, en la
que reflexionaremos sobre los problemas y posibilidades
de América Latina, es alentada por las más sinceras y
profundas convicciones sobre el destino final de la
libertad de los latinoamericanos.
Todos conocemos la permanente preocupación de Mario
Vargas Llosa por el progreso de nuestra región. Le
agradecemos su liderazgo intelectual y civil, que nos
congrega. Pero, además, como una inmensa legión de
latinoamericanos, tengo la esperanza de que sus
reflexiones y propuestas se hagan realidad en nuestros
países.
Éste
es un momento inédito en nuestra historia. Si bien se
creía firmemente que el adormecimiento producido por
las economías centralizadas había concluido en un
despertar definitivo hacia la libertad y que,
finalmente, se había encontrado un camino, el de la
libertad, la democracia y la ciencia, que nos conduciría
al progreso y hacia etapas cada vez más altas de
bienestar material, hoy –en cambio– todo nuestro ámbito
está signado por la inseguridad.
Hoy
en día, la ruta que creíamos despejada aparece
sembrada de obstáculos. Tal parece que los viejos
fantasmas del intervencionismo, la revolución y el
nacionalismo nunca se erradicaron del todo y ahora
recobran una fuerza que es capaz de echar por tierra los
esfuerzos democráticos.
En efecto, en estos momentos observamos que los
objetivos de seguridad global –la lucha frontal contra
el terrorismo– parecen constituir el punto de una
agenda central desde la perspectiva norteamericana, pese
a los serios problemas de déficit presupuestal y a los
reveses en las discusiones sobre la definición de
nuevas relaciones económicas internacionales que tal
situación les genera.
En
la actualidad observamos que Europa avanza en su unidad
política, económica y cultural, enfrenta las
dificultades de sus Estados de Bienestar y se esfuerza
por conseguir una Constitución Europea definitiva, la
que entraría en conflicto y ayudaría a superar los
nacionalismos que persisten. Vemos al continente asiático
enfrascado en una tensión singular debido al conflicto
que supone el intenso ritmo de crecimiento económico
logrado a través de la economía de mercado libre y la
resistencia a realizar reformas políticas que les
permitan un avance paralelo en materia de derechos
civiles y políticos.
Por
otra parte, asistimos a la cruenta confrontación que
subsiste entre pueblos en el Oriente Medio con sus
terribles consecuencias, así como a la condena a todas
las formas de terrorismo que aún imperan en esa
castigada región. Y nos compadecemos de los pueblos del
África subsahariana, a la que la prensa internacional
presta atención casi exclusivamente para poner en
evidencia su lucha desesperada por la supervivencia y la
falta de respeto a sus más fundamentales derechos
humanos. En este difícil contexto, nos preguntamos ¿cuál
es la alternativa de América Latina? ¿Qué camino
debemos seguir?
Cabe
decir que, desafortunadamente, América Latina ha
mantenido un comportamiento pendular. Ha oscilado entre
autoritarismos, con algún grado de efímero apoyo
popular mediante el recurso de construir clientelas políticas,
y débiles democracias en formación, en las que los
ciudadanos no se sienten representados ni, por tanto,
satisfechos. La región ha pasado, una y otra vez, del
intervencionismo económico hacia medidas de apertura y
libertad económica parciales. Al hacerlo, pasaron por
alto la necesidad de proporcionar y asegurar derechos de
propiedad a sus mayorías nacionales, de contar con un
poder judicial imparcial y garante de los derechos
ciudadanos. Tampoco consiguieron dotarse de una
infraestructura suficientemente fuerte, ni han podido
lograr mercados fuertes y extendidos que resistan la
interferencia de los poderes políticos, como tampoco
han podido promover emprendimientos privados de manera
generalizada.
De
otro lado, pese a las reformas liberalizadoras de la década
pasada, América Latina todavía mediatiza la inclusión
de sus ciudadanos y el reconocimiento de sus derechos,
en particular de sus mujeres y de sus mayorías
empobrecidas. Al haberse aplicado reformas, no siempre
consistentes con el mercado, y de espaldas a la sociedad
civil, sin convencerla de sus beneficios, éstas se
encuentran hoy día bajo cuestión. No es un accidente,
por tanto, que el Índice de la Libertad Económica del
año 2003 señale que América Latina sea el continente
que tuvo el desempeño más pobre y que la mayor parte
de los países latinoamericanos hayan preferido
mediatizar la libertad económica alcanzada. Como una
comprobación de las tesis de Popper –siempre
provisionales, para hacer honor a este gran filósofo–
que rebatieron la teoría de la linealidad del progreso
humano, la historia, al parecer, no miente: somos el
continente del eterno retorno, en el que no se progresa.
América Latina está tan atrapada que, hasta cierto
punto, siempre se limita a cumplir el ritual de evaluar
cada década pasada como década perdida. ¿Dónde está
la capacidad de reacción?
Así,
pues, hemos de romper este oscilar entre posiciones
opuestas que se ha convertido en el principal lastre de
nuestro esquivo desarrollo y que tiene, entre sus
fuentes, la enorme debilidad de las instituciones que
toda la región padece.
La
alternativa de América Latina radica en la necesidad
impostergable de lograr el cambio institucional en
nuestras sociedades. Frente a este problema medular de
nuestra hora actual, debemos, en primer lugar, hacer un
mayor esfuerzo de análisis para definir el problema con
la mayor precisión posible. Enseguida, sobre la base de
nuestros principios y convicciones, debemos formular
nuestra propuesta de cambio institucional y generar un
amplio debate público que contribuya a su difusión y
aceptación a lo largo de nuestro continente. Ahora,
permítanme explicar en qué consiste, en mi opinión,
esta debilidad institucional y dónde se origina. Luego,
nos ocuparemos de las propuestas.
Cuando
Douglass North estableció en su libro Estructura y
Cambio en la Historia Económica, en 1984, sus tesis
sobre las instituciones, se refería a algo incorpóreo
e inasible: las normas que guían las conductas de las
personas, a través de las cuales deciden seguir un
curso de acción para sus vidas, contratan, viven y se
organizan. Citando a North, “las instituciones son un
conjunto de reglas, procedimientos de aceptación y
cumplimiento de las mismas, y normas éticas y morales
de comportamiento que se diseñan para restringir el
comportamiento de los individuos con el objetivo de
maximizar la riqueza o la utilidad de los gobernantes y
sujetos principales de una sociedad”, siendo necesario
resaltar que, para North, los “gobernantes” son los
individuos considerados como consumidores.
En
consecuencia, como las personas sólo pueden interactuar
entre sí dentro del marco configurado por estas
instituciones, éstas constituyen la base y la argamasa
de organizaciones tales como los parlamentos, las cortes
de justicia o los sindicatos, así como de las
Constituciones y leyes que rigen, con mayor o menor
suerte, en nuestros países. Pero North siempre advirtió
que existe un sustrato todavía mas profundo con relación
a las instituciones, y que éstas se originan por
aquello que él definió con el término de “ideologías”.
Éstas son construcciones sobre la realidad o, en
palabras de North, “una forma comprensiva de entender
el mundo (...) y (...) un juicio de valor sobre la
justicia o limpieza de las instituciones y, en forma
particular, de las relaciones de intercambio”.
Las
ideologías, a su vez, se conforman sobre la base de
percepciones, mitos y prejuicios, organizados en torno a
una idea central, que se adquieren a lo largo de una
vida y van conformando la psicología más íntima del
actor humano, y por las cuales conforma sus normas de
comportamiento. Sucede que todas o gran parte de las
instituciones con las que los países de nuestra América
han sido establecidos, se conducen a partir de ideologías
y cosmovisiones que defienden intereses minoritarios y
no dan cuenta de la realidad. Pese a ello, promovidas
por esos intereses, se han extendido a toda la sociedad,
inclusive a sus sectores dirigentes, tanto líderes políticos
como empresariales, conformando lo que considero que se
debe denominar el paradigma del subdesarrollo.
Según
este paradigma del subdesarrollo, el progreso se podría
dar como resultado de un juego de suma cero en el cual
quien gana lo hace a costa del otro. Señala que las
normas son sólo “poesías legales” –usando el término
acuñado por Vargas Llosa– y que lo verdaderamente
importante para tener bienestar es la voluntad política
y el uso –o, más bien, abuso– que los dirigentes
políticos hagan del poder. Establece que la razón de
la pobreza en América Latina no es responsabilidad
nuestra, sino de terceros, de la denominada
‘dependencia externa’. Además, considera a toda
actividad empresarial, sin distinciones, como
explotadora de sus trabajadores y perjudicial para el
resto de la colectividad y, finalmente, identifica el afán
de lucro y el individualismo como manifestaciones de egoísmo
y de lesión permanente a los demás, que debe ser
evitado a toda costa. Estos ejemplos y lugares comunes
definen al paradigma del subdesarrollo, abundan por
doquier y forman parte del imaginario que identifica
tanto a un mexicano como a un boliviano, y a éstos con
nuestros compatriotas.
Si
queremos lograr el cambio institucional debemos cambiar
este paradigma del subdesarrollo por el paradigma del
progreso. ¿En qué consiste el paradigma del progreso?
Consiste en definir al progreso como el resultado de una
actividad en la que ambas partes ganan y que, justamente
por ese doble beneficio, es realizado por los agentes
económicos. Se manifiesta cuando la ley debe ser una
defensa contra el poder y nunca su reflejo, siendo para
ello indispensable que las Constituciones políticas
tengan vida, sean sentidas y defendidas por los pueblos,
que se establezcan como su principal patrimonio histórico
y la mejor garantía para una pacífica y fructífera
convivencia. Es decir, se debe pasar de instituciones
neomercantilistas, generadoras de privilegios y
prebendas y contrarias al pacto social que debe
representar una Constitución, a instituciones que
promuevan la libertad, la competencia y la
responsabilidad social por el individuo.
El
paradigma del progreso sostiene que el poder debe estar
permanentemente limitado y que los políticos son
servidores públicos cuyos jefes son todos los
ciudadanos. A su vez, considera que nosotros, los
latinoamericanos, somos responsables de nuestra miseria
o prosperidad, y que, por tanto, podemos elegir entre
permanecer en la pobreza o alcanzar el desarrollo.
Manifiesta que una correcta actividad empresarial tiene
como principal socio al trabajador, que esa asociación
está animada por una competencia leal, nunca sobre la
base de ventajas otorgadas por el Estado, con el
objetivo de servir a los consumidores. Por fin,
considera al afán de lucro y al individualismo como
expresiones del ser humano como un ente extraordinario,
único e irrepetible, dotado de autoconciencia,
capacidad de elección y, sobre todo, libertad.
Este
cambio de paradigma es, a mi juicio, la tarea primera y
más importante que todos aquellos que defendemos el
ideario de la libertad y la justicia debemos acometer.
No es ésta una tarea sencilla ni se obtendrán
resultados inmediatos, pero debemos iniciarla hoy si no
queremos repetir los ciclos de indefinición y debilidad
institucional que conforman nuestra historia. Por esta
razón, debemos centrar nuestros esfuerzos en modificar
todos los contenidos que conforman el paradigma del
subdesarrollo instaurados en las sociedades
latinoamericanas, influyendo en sus líderes políticos,
judiciales, empresariales y sindicales, convenciéndolos
de los beneficios del paradigma del progreso y convocándolos
a esta causa.
En
ese sentido, debemos convencerlos de que el camino a la
prosperidad yace, como se ha señalado en el Índice de
la Libertad Económica 2003 ya citado, en las genuinas
realidades del comercio abierto, en una moneda sólida,
en un marco regulatorio razonable y en la protección de
los derechos de propiedad. En una palabra, debemos hacer
de las sociedades civiles latinoamericanas los agentes
del cambio del paradigma del subdesarrollo al paradigma
del progreso.
Esto
supone, por ejemplo, convencer a los líderes sindicales
de que persistir en un sindicalismo caduco y en
permanente conflicto con la empresa privada sólo nos
hace permanecer en la pobreza. Supone que optar, por el
contrario, por un sindicalismo moderno, que busca la
competitividad y la innovación teniendo como aliados a
los empresarios, es la ruta del futuro. Significa
acercarse a los líderes de América Latina para
hacerles notar que la libertad es el patrimonio moral de
nuestras sociedades y que las normas éticas son
indispensables para que el progreso asiente sus raíces
en nuestro continente. Representa el reto de reflexionar
con los intelectuales, y en particular con los más jóvenes,
para demostrarles que no existe un conflicto irresoluble
entre estos “críticos modernos” que son los
intelectuales de hoy, y el mercado. Se debe propugnar
una correspondencia entre el mundo de las ideas y la
realidad del mercado y su necesidad de constante expansión.
Además,
se debe señalar permanentemente a los empresarios
–los principales impulsores del mercado– que lo que
garantiza el éxito es la competencia y no el privilegio
del decreto. Del mismo modo, la transformación de
nuestros jueces y magistrados en verdaderos
administradores de justicia es indispensable para
garantizar el éxito del cambio institucional. La
profunda transformación de su rol es esencial para
establecer una justicia imparcial y eficiente, siendo
las reformas del sistema de administración de justicia
un requisito para tender hacia ese fin. Finalmente, los
políticos –la punta del iceberg de la sociedad
civil– deben ser nuestros principales servidores y
garantizar, mediante pactos y acuerdos, que la
alternancia del poder no debe suponer el quiebre de las
instituciones ni el cambio de las políticas de Estado,
sino el respeto a la palabra empeñada con los electores
y la sociedad.
La
segunda tarea que debemos abordar con seriedad, energía
y sentido de urgencia para alcanzar este cambio de
paradigmas, es la transformación de la educación en América
Latina. Diversos estudios han demostrado que la
principal correa de transmisión de estas ideas erróneas
en nuestro continente ha sido el proceso de formación
de los jóvenes en la región. Es por demás evidente
que, salvo honrosas excepciones, se advierte una
clamorosa ausencia del pensamiento liberal y de las prácticas
de la libertad en las ideas que los maestros brindan a
nuestros hijos.
En
las escuelas y en las universidades no se educa,
siquiera, con una interpretación objetiva de la
historia latinoamericana. Por el contrario, en la
inmensa mayoría de ellas prima una cosmovisión
colectivista, en todas sus manifestaciones y aspectos,
que contradice los principios esenciales sobre los
cuales se ha desarrollado el progreso a través del
mercado.
Asimismo, se ha pasado por alto la enorme influencia que
el maestro de escuela tiene en la formación de la opinión
y las ideas que dan origen a las instituciones por las
que se rigen los latinoamericanos y –lo que es más
grave– no se advierten la debilidad y vacíos en su
formación. En efecto, de acuerdo con Carlos Tunermann,
ex Ministro de Educación de Honduras, según los datos
que incorporó en su estudio La educación para el siglo
XXI, el 72% por ciento de los maestros en el ámbito
regional labora en el sector público, la mayoría de
los cuales carece de una formación pedagógica
adecuada.
Para
grandes sectores de nuestra población, en toda la región,
los maestros son la única opinión cultivada y
constituyen, casi exclusivamente, los “tomadores de
segunda mano de ideas” que Hayek consideraba tan
necesarios para la conformación de la opinión pública.
Se sabe que los maestros, altamente sindicalizados y
politizados, han mantenido un claro protagonismo en
diversas crisis recientes en la región.
Así,
la educación en la región está en crisis. La duración
de la jornada escolar en América Latina es de entre 100
y 120 días, muy inferior a la de Japón (253 días),
Alemania (210 días) y los Estados Unidos (180 días).
Conforme a la UNESCO, la mitad de los adultos de América
Latina, sobre todo los más pobres, no puede comprender
lo que lee, ni comunicar mensajes simples por escrito,
ni hace uso en su vida cotidiana de lo que ha habría
aprendido repitiendo de memoria. Resulta claro que las
mayorías latinoamericanas definen sus referentes y
visiones sobre su entorno, su vida, su historia y su
futuro, en función de las ideas, opiniones y mitos
ideológicos que sus maestros les inculcan. Lo que se
recibe con posterioridad por los medios de comunicación
y las distintas modalidades de formación de opinión se
agrega –pero no modifica en lo esencial– este cuerpo
de ideas a los cuales adscriben los latinoamericanos, y
que constituye la verdadera base de sus instituciones.
Lograr
el cambio de paradigma que los profesores de América
Latina ofrecen a sus estudiantes es un componente
fundamental del cambio institucional. Si no trabajamos
intensamente, Gobiernos, institutos de investigación y
formadores de opinión que defendemos la libertad, para
cambiar este paradigma en la educación latinoamericana,
no será posible alcanzar plenamente una democracia al
servicio de los ciudadanos, una economía de mercado
viable ni un Estado de Derecho. Si no formamos a los
maestros en el ideario de los beneficios y la naturaleza
positivamente moral del paradigma del progreso, nuestros
connacionales continuarán conviviendo con instituciones
que no reconocen como suyas. De seguir ignorando el
papel de la educación y de los maestros en ella, los
ciudadanos continuarán siendo embelesados o hasta
hechizados por dirigentes providenciales, salvadores de
la patria y demagogos, y seguirán siendo víctimas de
mitos, como el del origen de su pobreza, entre otros. La
tarea que nos corresponde desde cada una de nuestras
actividades es, a mi juicio, ampliar y mejorar el acceso
a las ideas del progreso, especialmente a los maestros
latinoamericanos.
Por
consiguiente, también debemos reconocer al cambio en la
educación como una respuesta a la crisis de la sociedad
latinoamericana contemporánea, en la que el aprendizaje
deliberado y consciente constituya la posibilidad de
alcanzar las instituciones que les proporcionen a los
latinoamericanos el progreso que tanto necesitamos, así
como reconocer el valor estratégico del conocimiento
incorporado en las personas, que son, en tanto actores
en el mercado como en la sociedad civil, los auténticos
agentes del cambio institucional.
Además,
los institutos de investigación, los intelectuales y
formadores de opinión comprometidos con las ideas de la
libertad, además de los políticos que adscriben a
estas ideas, deberán integrar sus esfuerzos para elevar
la calidad de nuestros sistemas educativos y la
preparación de los habitantes de América Latina al más
alto nivel posible. Ese esfuerzo adicional permitirá a
la región estar en mejores condiciones de
competitividad en el contexto de incesantes
transformaciones, cambiantes requerimientos del mundo
laboral y perspectivas de crecimiento en que se
encuentra el mundo.
No
podemos dejar de reparar en lo que ocurre a nuestro
alrededor y, por tanto, es nuestra responsabilidad
acelerar ese cambio si queremos generar instituciones
que sean respetadas en la región y hacer competitivas a
nuestras economías. Debemos romper definitivamente con
el mito de que nuestra riqueza se encuentra en nuestros
recursos naturales. Este mito ideológico –que
constituye otra pista falsa hacia esquemas de producción
erróneos– es lo que nos ha impedido concentrar
nuestros esfuerzos en las personas y en su capital
humano.
Siendo
la educación el primer formador de las instituciones,
los medios de comunicación deben ser considerados como
el segundo formador institucional y los políticos como
agentes decisivos en ese nivel de formación.
En
la actualidad, cuando es evidente la convergencia tecnológica
de las comunicaciones y la creciente importancia del
sector de servicios intensivos en conocimiento, debemos
concentrar nuestros esfuerzos en permitir el mayor
acceso de los latinoamericanos a todas las fuentes de
información posible, lo que supone incrementar los márgenes
de desregulación y liberalización de los canales y
contenidos de la información y el conocimiento. Esto
permitirá que los latinoamericanos tengan a su alcance
respuestas diversas para el logro de su progreso.
Asimismo, en medio de esa diversidad informativa, los
promotores del ideario liberal deberán poner sus
esfuerzos en dar a conocer sus opciones del modo más
creativo posible a fin de obtener éxito en tal difusión.
Con
relación a los políticos, es preciso señalar que, en
la medida en que no realicemos un idéntico esfuerzo al
ya descrito anteriormente para promover partidos que
defiendan claramente las ideas de la libertad, estará
ausente un componente esencial de esta ecuación para el
cambio de paradigma hacia el desarrollo.
En
ese sentido, hemos de insistir en que es importante
promover que los partidos políticos en general, y los
partidos liberales en particular, también sean
promotores del cambio institucional. De allí que sea
esencial promover las reformas –como las diseñadas
recientemente en el Perú– por conseguir que los
partidos se estructuren de abajo hacia arriba y
promuevan en forma permanente el ejercicio de la política
como un servicio publico signado por la austeridad, la
eficiencia, la honestidad y la transparencia.
Entonces, partidos modernos, que coloquen al cambio
institucional como punto prioritario de su agenda, podrán
generar mayores oportunidades para la apertura de los
mercados, el fortalecimiento del Estado de Derecho y la
promoción de la democracia que aquellos que simplemente
se limiten a ejecutar un programa coyuntural pues, al no
haber invertido en el cambio institucional, tal partido
y tal programa serán débiles y siempre se correrá el
riesgo de que se revierta lo alcanzado una vez concluido
el mandato otorgado por los electores.
Estimados
amigos:
Una
tarea tan importante como la del cambio de paradigma del
subdesarrollo por el paradigma del progreso –y el
cambio institucional consecuente– requiere el concurso
de gente tan valiosa y comprometida como las que están
hoy reunidas aquí. Si tan sólo pudiéramos iniciar el
camino de una América Latina en la que nuestros
ciudadanos reconozcan las leyes que los rigen como
suyas, que vean en sus organizaciones el medio para
alcanzar su progreso material y sentar las bases de un
porvenir claro y seguro para sus hijos, que confíen en
sus políticos como en sus mejores servidores públicos
y reconozcan en sus maestros a los cultivadores de sus
espíritus, y que, en los hechos, podamos transitar
libremente desde el Golfo de México hasta la Patagonia,
en donde el intercambio de bienes, servicios y culturas
puedan realizarse sin restricciones antes que discurrir
en las mutuas desconfianzas al interior de nuestra región,
ningún esfuerzo seria pequeño ni valdría más en su
resolución.
Quiero
invitarlos a poner sus talentos –sin corsés ni
desconfianzas– en pos de esa meta, apelar en su
creatividad e inventiva a las infinitas posibilidades de
progreso que un continente como el nuestro sea libre.
Antes
que nosotros, personalidades como Juan Bautista Alberdi,
Carlos Rangel y muchos otros pusieron en ese empeño sus
vidas y sus obras, que hoy son testimonio de sus logros
y desventuras. Es mi mayor esperanza que podamos
nosotros lograr este viraje definitivo y sin retorno
hacia la libertad para América Latina.
Muchas gracias.
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