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MARIA ANASTASIA O'GRADY
En Colombia, ¿Son “Refugios Seguros” o
Refugios de las FARC?
Cuando
el Presidente colombiano, Alvaro Uribe, se atrevió a
decir, en un discurso pronunciado en septiembre que en
este país algunos grupos de "derechos
humanos" son en realidad testaferros para los
grupos terroristas, la izquierda local e internacional
se sintió gravemente ofendida.
El
Senador Chris Dodd, del estado de Connecticut, quien
tiene una conocida debilidad por la izquierda
latinoamericana, ofreció un piadoso sermón: "es
imperativo que la administración continúe recalcando
al [Sr. Uribe] la importancia de los valores democráticos,
tales como el respecto por los derechos humanos y la
libre expresión."
Esperemos
que el Senador Dodd no esté a dieta, porque el creíble
testimonio que se me ha presentado y que probáblemente
será investigado por las autoridades gubernamentales,
sugiere que es posible que muy pronto él tenga que
comerse sus palabras. El Sr. Uribe símplemente expreso
algo que cada vez es más evidente, pero que hasta ese
momento pocos políticos han tenido el valor de tratar.
El testimonio a que me refiero no ha sido confirmado por
fuentes independientes, pero, con base en mi
conocimiento de la región y las inclinaciones políticas
de ciertas ONG, parece totalmente plausible. Viene del
norte de Colombia en donde, para operar, los rebeldes
dependen del acceso a cruciales rutas terrestres y
fluviales para movilizar drogas y armas dentro y fuera
del país. Las personas que se han presentado afirman
que las "comunidades de paz" de las ONG
sembradas a lo largo de esas líneas de suministro, y a
las que el estado colombiano ha concedido autonomía, se
han convertido en refugios seguros para estas guerrillas
narcotraficantes. Las víctimas más inmediatas de este
desarrollo están entre las poblaciones más vulnerables
de Colombia.
Las
raíces de la violencia sufrida por las poblaciones
mayoritariamente afrocolombianas e indígenas que
habitan estas regiones – el Chocó y el Urabá --
datan del inicio de los años 60, cuando los insurgentes
comunistas y sus brazos políticos comenzaron a trabajar
para lograr el control del territorio. Adelantando rápidamente
a la mitad de la década del 90, lo que se encuentra es
una red revolucionaria fuertemente establecida, con
rebeldes que circulan vestidos con uniformes militares y
portan AK-47s y prohiben a los campesinos la libre
circulación dentro y fuera de sus comunidades y
descaradamente roban animales y productos agrícolas. El
principal grupo rebelde, las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia (FARC), se involucró
activamente en el negocio de la cocaína, intercambiando
el producto por armas y municiones a través de la
frontera panameña. Cuando los combatientes
paramilitares entraron a la región para enfrentar a las
FARC, los aterrorizados campesinos huyeron buscando
salvar sus vidas.
A
comienzos de 1.997, la diócesis de la iglesia católica
en Apartadó propuso la creación de zonas neutrales que
permitirían que la población desplazada volviera a sus
tierras sin temer a los paramilitares ni a las
guerrillas. La administración de esta propuesta, que
prometía el desarme total de todos los actores dentro
de la "comunidad de paz" de San José de
Apartadó, fue entregada principalmente, a la Comisión
intercongresional Justicia y Paz, una ONG colombiana.
Justicia ha contado con el apoyo de Amnistía
Internacional y de las Brigadas Internacionales de Paz.
En el
2.000, una comunidad similar fue establecida al otro
lado del río Atrato, en la cuenca del río Cacarica. De
las 700 familias originalmente desplazadas de Cacarica,
solamente 200 estuvieron de acuerdo con regresar y vivir
bajo la administración de la ONG.
Ésta
parecía ser una idea bien intencionada, pero el
resultado parece haber sido la creación de un refugio
seguro para los rebeldes. Juzgando por el testimonio de
los habitantes locales, estos fueron privados de
cualquier voz en su propio gobierno. El control fue
asumido por “lideres” comunitarios entrenados por
las FARC. Estos líderes, dice el testimonio,
continuamente distribuyen propaganda antigubernamental y
obstruyen los esfuerzos del Estado para cumplir con sus
responsabilidades. No se permite el ingreso de
profesores acreditados. En su lugar, los
“educadores” preferidos son estudiantes de
secundaria. Un objetivo principal es encontrar reclutas
para las FARC.
Se
alega que dentro de estas comunidades selladas se
permite a los miembros de las FARC dormir, comer,
transitar, almacenar armas y drogas y esconderse de las
autoridades. Se dice que estos toman parte en las
reuniones de los Consejos de Gobierno. Existen
testimonios sobre la “desaparición” de opositores a
las políticas de la comunidad. Las autoridades
gubernamentales están bloqueadas y no se les permite
investigar los asesinatos y las desapariciones.
Adicionalmente,
se alega que quienes están en control desvían la ayuda
internacional y doméstica dirigida para la población,
venden suministros a los laboratorios de cocaína y
compran las tierras de los campesinos. Los proyectos agrícolas
y de vivienda han fracasado debido a la falta de
cooperación con personal externo, la carencia de mano
de obra calificada y la mala planeación.
La
gente vivía "10 veces" mejor antes del
desplazamiento, afirma un residente local. "No había
ayuda, pero la gente trabajaba y se ganaba su
sustento." Ahora "es inhumano." Muchos de
los residentes de las minúsculas comunidades viven en
pequeñas casas fabricadas con hojas de los árboles y
están subalimentados. Quizás lo más conspicuamente
malo de todo esto es el uso del miedo para mantener a la
población en ese lugar, de tal manera que, ésta sirva
como escudo humano contra posibles desafíos militares
por parte del Estado o de los grupos paramilitares.
El 9
de septiembre, Justicia y Paz respondió a algunas de
estas alegaciones en una carta abierta dirigida a la
comunidad internacional de derechos humanos. Reclamaba,
entre otras cosas, que el gobierno no había cumplido
con la entrega de la ayuda prometida y que los críticos
del grupo "interpretan cualquier contacto con los
insurgentes, en defensa de la misma comunidad, como si
fuera una actividad coordinada con ellos."
Cuando
estas alegaciones se hagan públicas, como parece
probable, los acusadores serán denunciados como agentes
paramilitares que están mintiendo. Con todo, a menos
que Justicia y Paz acuerde un cierto nivel mínimo de
rendición de cuentas, será difícil hacer caso omiso
de las expresiones de miseria contenidas en el
testimonio. De hecho, ese tipo de abusos ya son algo
conocido, pues reflejan lo que hicieron las guerrillas
en el sur de Colombia, cuando el anterior presidente,
Andrés Pastrana, les otorgó autonomía durante sus
fracasadas conversaciones de "paz". El
"despeje”, como se llamó al área, se convirtió
en un lugar para almacenar armas, servir de sitio de
descanso y relajación, "reclutar" jóvenes
para luchar, ocultar a las víctimas del secuestro y de
otras maneras hacer preparaciones para el terror.
Dos
elementos claves para ganar una guerra de guerrillas son
mantener el apoyo de la población local y negar refugio
seguro al enemigo. Si éste testimonio es cierto, y yo
creo que lo es, las "comunidades de paz" en el
norte de Colombia violan estas dos reglas, y esto sin
decir nada sobre el sufrimiento humano que se impone
sobre una gente indefensa.
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