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Américo Martín, Miembro de la Coordinadora
Democrática
LA
IZQUIERDA DEMOCRÁTICA Y EL NEOP0PULISMO
1. El
enorme respaldo obrero que el peronismo naciente recibió
desde 1943 y 1946 agitó los laboratorios teóricos del
partido comunista argentino, a la sazón enemigo jurado
de un movimiento aliado del eje y por tanto adversario
de la patria del socialismo, del edén proletario. Con
el instrumento marxista en la mano, Gino Germani postuló
una reconfortante teoría, como casi todas las de ese
origen desprovista de pruebas. Dijo, y así fue
consagrado en Argentina y el mundo por el movimiento
comunista internacional, que las violentas migraciones
provocadas por la rápida urbanización habían cambiado
la composición del proletariado debido la irrupción
masiva de campesinos transformados abruptamente en
obreros. No tenían aún conciencia de clase y por tanto
se dejaban ganar por la ideología fascista de Perón. Años
más tarde la investigación culminada por el profesor
Matsushita desmanteló semejante explicación, al poner
en evidencia que habían sido los obreros viejos,
entrenados en la lucha de clases y el debate socialista,
las columnas del peronismo. Años más tarde, el
socialismo comenzará abiertamente a rescatar a Perón.
El intelectual de la izquierda peronista, J.J. Hernández
Arregui podrá decir: soy peronista porque soy marxista.
Velasco Alvarado en Perú, Omar Torrijos en Panamá, autócratas
populistas, al igual que Perón, serán asumidos como
genuina expresión suya, por la izquierda hemisférica,
como ya antes lo había sido Fidel Castro. El populismo
nace con Perón y para Perón. Derrochando a todo dar el
ingreso fiscal e imponiendo por vía legislativa a la
iniciativa privada una costosa remuneración laboral,
puede decirse que sacrificó el futuro para conquistar
el presente. Perón arruinó a Argentina pero se sembró
con la fuerza del mito en el corazón de los cabecitas
negras y de los intelectuales de izquierda de la patria
de Alberdi. Pero desde su nacimiento, el populismo
llevaba dos rasgos indelebles: la vocación autoritaria
y el gasto social sin contrapartida de ingresos. La
inflación, transitoriamente contenida por controles de
cambio, precios e intereses, contribuía a perjudicar el
crecimiento y desarrollo de la economía. El legado del
populismo ha sido simple en su perversidad: deterioro de
las instituciones democráticas, justificación de
caudillos a los que no alcanza la ley, impresionante
extensión de la pobreza.
2. El
vocablo izquierda nunca había dicho mucho, pero tuvo
siempre la ventaja de la sencillez, rasgo importantísimo
para mantener la lealtad de los militantes. Pero a lo
largo de los 70 años del pasado siglo dominados por las
ideologías duras del mundo bipolar, fue siempre cómodo
distinguir entre la izquierda radical, adherida al mundo
real del socialismo; la derecha anticomunista, vinculada
a occidente, y la izquierda reformista o democrática,
cuyo emblema sería la ingenua adopción de un sistema más
o menos anticapitalista en lo económico, pero democrático
en el dispositivo político-institucional. Con la caída
del muro naufragaron las ideologías duras y el
pensamiento socialista entró en su particular travesía
por el desierto, de la cual aún no ha salido
claramente. Considero que si ha de conservar los
vocablos de socialista e izquierda, lo hará más por
razones de heráldica que por imperativo de la realidad.
A la confrontación izquierda radical, izquierda democrática,
centro derecha y derecha radical, hay que oponerle el
conflicto actual entre neopopulismo con alto grado de
intervencionismo y controles de la economía,
liberalismo sin controles y ciertas formas de
pragmatismo que obren en el marco de la liberación de
la economía y de la incorporación al capitalismo
global. Los nuevos parámetros, pues, mucho más
pertinentes que aquellas denominaciones apriorísticas
de dudosa sustancia, son el liberalismo de mercado y el
intervencionismo populista. Entre una y otra expresión,
las distintas variedades del pragmatismo.
3. La
muerte del socialismo real, la autarquía fidelista, más
extrema que la de José Gaspar Rodríguez de Francia -el
Supremo- quien supera por vuelo intelectual a la diabólica
aventura de la desdichada Cuba, produjo un naufragio de
fanatismos. Perdida la causa del socialismo, migraron en
busca de emblemas. Revolucionarios sin causa, pronto se
aferrarán a aquellas que puedan perturbar el desarrollo
capitalista y el fortalecimiento institucional de la
democracia. Los nuevos demonios serán el neoliberalismo
y la globalización, los nuevos agentes revolucionarios:
las etnias aborígenes, la defensa ambiental, la
conservación de la identidad nacional. Al igual que las
viejas consignas, éstas se han desentendido de la
realidad. La defensa del ambiente, necesidad de
sobrevivencia del género humano, ofrece resultados
miserables cuando se la usa como arma de demolición política.
Bajo el actual gobierno de Venezuela, por ejemplo, la
destrucción del medio, la ruptura del equilibrio ecológico,
la contaminación de lagos y ríos, la aniquilación de
la capa vegetal en áreas frágiles, el deterioro del
paisaje y de modo especial la depredación ambiental
impulsada por la expansión de la mancha de la pobreza,
han alcanzado alturas de vértigo. No obstante,
insensible a esas evidencias acusadoras, el régimen
sigue adelante con la cháchara de la revolución de los
pobres, que protege la biodiversidad. Zinoviev, el
escritor reformista (no el desafortunado compañero de
Lenin), homologó el totalitarismo a la mentira
institucionalizada. La logocracia, el dominio absoluto
de la palabra, en medio de la completa domesticación de
todo lo que sea diverso, resume admirablemente la
esencia de un sistema totalitario. La verdad es siempre
revolucionaria, dijeron en su tiempo La Salle y Rosa
Luxemburg. Se equivocaron. Debieron decir que la verdad
es siempre antitotalitaria. Vivir en la verdad es una
forma de resistir la marcha blindada de la autocracia.
4. El
gran desafío afrontado por la socialdemocracia europea
(o izquierda democrática, según la antigua terminología)
y por gobiernos de parecida investidura, como el del
exitoso presidente Ricardo Lagos, consiste en participar
consciente e inteligentemente en el fenómeno
globalizador, de modo que el costo de hacerlo sea
ampliamente compensado por el acceso a la tecnología y
la modernización organizacional más avanzadas. Es ese,
podríamos decir, el nuevo nombre del pragmatismo.
Frente a estos fenómenos, aprovechando el subproducto
de la pobreza, las inequidades y la convivencia poco
amable de áreas modernas y áreas subdesarrolladas, se
levantan las operaciones destructivas, de fuerte
anacronismo que aglutinan estratégicamente todos los
resentimientos, justificados o no. El financiamiento del
terrorismo, la conspiración destinada a conjurar los
esfuerzos de recuperación democrática, configuran un
panorama gravemente conflictivo. Dominadas por un
nacionalismo a ultranza, favorecen el regreso de los
controles y se orientan a desanimar la inversión
privada y destruir capacidades productivas fuera del ámbito
de la propiedad estatal. Han querido encontrar un filón
en la postergación indígena. Sin programa, sin fórmulas
alternas, impregnan sus políticas de negatividad y de
hostilidad al desarrollo, la tecnología y los tecnócratas.
5.
Los sucesos de Bolivia, Ecuador, Venezuela, con su búsqueda
de liderazgos mesiánicos que sobreponen lo que llaman
el nacionalismo a la democracia, delatan la configuración
de una nueva internacional revolucionaria. La presión
es tan intensa que sectores de la izquierda democrática
quisieran complacerla retomando los dos temas del
populismo original: la consagración de gendarmes
necesarios y las prácticas de gasto social apuntaladas
en deuda e inflación y sin contrapartida de ingresos ni
de inversión productiva. El futuro de la izquierda
democrática se define ahora entre la resistencia a la
ofensiva totalitaria, armada ahora con formas de
terrorismo desconocidas en nuestro pasado, y la voluntad
democrática que se fortalece con el crecimiento de la
economía y la integración a los mercados globales.
Colombia, asediada por el terrorismo extremo que se ha
vinculado a una internacional profundamente antidemocrática,
Bolivia atenazada en una transición difícil, Ecuador
amenazado por fuerzas del mismo signo y Venezuela entre
la plenitud democrática que se abre paso por la
civilizada forma del referendo revocatorio y la obsesiva
manía perpetuadora que se refugia en la violencia de
signo totalitario. Entre la libertad y el miedo, que
dijera Germán Arciniegas, vuelve a ventilarse el
porvenir de América Latina y el de todas las ideologías.
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