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LA
DECADENCIA VIENE DE LA MANO DEL POPULISMO
Por Marcos Aguinis
Para
no navegar en abstracciones, comienzo con una referencia
muy concreta, que me duele: mi país. La Argentina bate
récords en materia de hegemonía populista. Al
populismo lo tenemos metido en la sangre desde
principios del siglo XX, y se nutre de tradiciones que
se remontan al tiempo colonial. Hubo interregnos, lo
reconozco, y meritorios esfuerzos de superación. Pero
siempre retorna, para colmo, remozado. Y oculto.
Hace
apenas un par de años los cacerolazos tumbaron un
gobierno legítimamente elegido y rutilaron las
expectativas de cambios profundos que nos sacarían de
la ciénaga. Íbamos a dejar atrás la decadencia (creíamos).
Se especuló con la democracia directa como si entre
nosotros hubiese resucitado Atenas; se decía que las
enardecidas asambleas populares parirían una nueva
dirigencia, más honesta, más eficaz. La gente buscó y
atacó culpables a mansalva, de manera feroz, como en
los tiempos del gorro frigio y la guillotina. Urgía
hacer trizas del enemigo que nos había sometido a tanta
desgracia. La persecución, sin embargo, resultó difícil:
parecíamos el cazador inhábil que sólo consigue
frustraciones: la verdadera presa no se dejaba atrapar y
evitaba los golpes que llovían por doquier. A ese
enemigo acérrimo –no se pensaba ni por asomo en el
populismo- se lo identificó sucesivamente con otras
cosas: los últimos gobiernos, los bancos, las empresas
extranjeras, los políticos. El resultado fue que, en
buena medida, “logramos” expulsar a los chupa-sangre
que eran ciertos bancos, empresas extranjeras,
inversores, pero no a muchos políticos que, por ser
patrimonio de nuestra sociedad, continúan como si tal
cosa y en su mayoría acaban de ser reelectos, pese a la
sonora consigna que dio vuelta al mundo: “¡que se
vayan todos!”. ¿La recuerdan? Después esa consigna
se convirtió en un papelón, ciertamente... o en una
muestra del miedo que tenemos a un cambio de verdad. Se
quedaron casi todos, en especial los peores.
Vuelvo
ahora a la pregunta inicial: ¿conseguimos identificar y
librarnos del cáncer? No: el populismo y sus múltiples
trampas, continúa.
También
–desde hace rato- relacionamos la etiología de
nuestra creciente miseria con los intereses externos.
Pero el cómico argentino Enrique Pinti lanzó una
iracunda réplica: “¿Intereses foráneos? ¿qué
intereses foráneos? Estoy harto de escuchar las mismas
palabras desde que era chico: los intereses foráneos.
Desde la izquierda y desde la derecha. Tengo los huevos
por el piso con eso de los intereses foráneos, el
capitalismo salvaje, el Tío Sam... Ya estoy podrido de
esa explicación, porque otros países, que también
tienen al Tío Sam encima, y a cuantos intereses foráneos
se te ocurra, funcionan bien. Nosotros no.”
Si
tampoco el peor de los enemigos son los intereses foráneos,
es obvio que uno de esos endriagos malditos se encuentra
bien agazapado dentro de nuestro país. Nos cuesta
reconocerlo porque ha penetrado en la sangre como un
virus. Recorre arterias y capilares, impregna cada célula,
influye en el pensar cotidiano. Es un pilar de la
identidad colectiva de Argentina, de América latina y
de casi todos los países de Africa y Asia. Pero
escabulle su responsabilidad.
-o-o-o-
En
efecto, la otrora próspera Argentina es un país donde
el populismo nos muestra cuánto daño puede generar.
Confunde patología con salud y distorsiones con el
camino recto. Hasta su nombre es engañoso. Deriva de la
palabra pueblo, pero populismo no significa interés
dominante por el bienestar de ningún pueblo. Tampoco
que se gobierne en su favor. Significa que se manipula
el pueblo para satisfacer al caudillo de turno o a su círculo
de fieles. El pueblo no es servido, sino enajenado. Cae
bajo la hipnosis de quien simula amarlo y sacrificarse
por su felicidad. El pueblo en este caso no es sujeto,
sino rebaño que se conduce, alimenta y carnea.
El
instrumento de elección para engrillar los tobillos y
el cerebro de una sociedad populista es el
asistencialismo clientelista. No es nuevo: lo inventó
Luis Napoleón III en el tercer cuarto del siglo XIX.
Conmovió a las multitudes pobres hasta enamorarlas, y
de esa forma desvió la energía de su rebelión hacia
el sometimiento político. No lo aplicó para mejorar la
vida de los franceses, sino para que los franceses lo
siguiesen respaldando a él y a su corte. De ahí
proviene la palabra bonapartismo. La exitosa técnica
fue luego imitada por Bismarck y, en el siglo XX, por
Mussolini, Hitler y otros personajes, que la
perfeccionaron con la movilización de masas y una ficción
(sólo ficción) revolucionaria. Hoy en día los
fundamentalismos religiosos enajenan a cientos de
millones con esas mismas técnicas.
El
asistencialismo clientelista suele defenderse con
argumentos que parecen racionales. Pero su uso, a la
larga, no es
provechoso para una sociedad. El asistencialismo es un
recurso extremo, no el de elección, como sucede en los
sistemas populistas. Es inevitable que produzca una
involución social de graves consecuencias, aunque
satisfaga en lo inmediato urgencias básicas que nadie
podría negar. Genera un retroceso hacia la dependencia,
la dádiva, y arrastra vastos sectores de la sociedad
hacia una postura infantil, demandante y acrítica. Los
jefes que utilizan el asistencialismo no están
interesados en que los ciudadanos maduren hacia la
autonomía y el bienestar. No quieren que se desprendan
de su protección. Por eso regalan pescado, nunca cañas
de pescar. No se afanan para que prosperen de veras,
sino para que subsistan como un dócil ejército que jamás
se insubordinará. El populismo quiere que el pueblo sea
mediocre y cómplice; lo quiere fanáticamente
agradecido, irracional.
Una
de sus técnicas es aumentar la burocracia, llenar las
dependencias de “ñoquis” (como decimos en mi país),
convertir el sector público en una vizcachera de
quioscos que alimentan a los punteros políticos,
encargados de mantener una clientela miope y adicta. En
consecuencia, el asistencialismo excede su tarea de
estricto y honesto salvataje, porque en realidad busca
obscenas retribuciones políticas, y no va acompañado
de iniciativas vigorosas que estimulen el progreso.
A
poco de restablecerse la democracia viajé a la ciudad
de Tucumán en calidad de secretario de Cultura de la
Nación. Cuando fui a la casa de gobierno me encontré
que a su alrededor se habían establecido numerosos
bares y terrazas que estaban llenas de gente. Le dije el
gobernador que estaba sorprendido por el progreso que
eso revelaba y él me contestó que en realidad quienes
llenaban las mesitas tomando café y gaseosas eran
empleados públicos que había designado recientemente y
aún no tenían lugar donde trabajar. Ante mi asombro,
el gobernador, que era peronista (es decir populista),
me disparó esta frase: “El cargo público es ahora la
mejor expresión de la justicia social”. Quedé atónito.
Por supuesto que no le preocupaba saber de dónde vendría
el dinero para esos sueldos ni la irracionalidad de
contratar gente innecesaria. Los efectos letales serían
soportados en un futuro que no le interesaba. No voy a
detenerme en la discusión que se produjo en su
despacho, pero les aseguro que no nos dejó amigos.
-o-o-o-
El
populismo es siempre estatista. ¿Cómo no lo va a ser,
si el Estado es convertido en el instrumento más
poderoso para sobornar a la población y mantenerla
enajenada? No le importa construir un Estado ágil,
eficiente, económico y justo, sino hipertrófico, lleno
de punteros políticos y votantes en cautiverio, un
Estado que canalice la corrupción que engorda a los
jefes y funcionarios leales; que hace regalos con los
impuestos del sector productivo y controla que la
oposición no levante demasiado la cabeza. En síntesis,
un Estado funcional a los caudillos, no a la sociedad
infantilizada.
El
populismo pretende, además, una sociedad sin
contradicciones, sin disenso, sin pluralidad. Todo debe
confluir en el poder que está arriba, que anhela ser
hegemónico, que odia la competencia y la crítica.
Seamos francos: el populismo no ama la democracia; en el
mejor de los casos la soporta y se esmera por sojuzgarla
con imaginativos y tramposos recursos. Por eso es hipócrita;
el doble discurso jamás le produce sonrojo. Todo vale
para mantener el control. Nunca pierde de vista que el
pueblo debe ser objeto de eterna seducción, de mareante
propaganda, para que no se suelte de la mano que se dice
paternal.
El
populismo no sólo hace regalos a los pobres, sino también
a las demás franjas sociales. Los empresarios dejan de
ser competitivos; en lugar de apostar a la excelencia,
se instalan a la sombra del caudillo (o del Estado que
él comanda), para obtener privilegios y ganancias fáciles
a cambio de un inequívoco sometimiento. Los beneficios
que obtienen son el resultado de la obsecuencia, la
corrupción y la mentira, no de méritos ejemplares. En
cambio el verdadero sector productivo languidece, porque
no recibe los estímulos que sólo llegan a quienes
besan los dedos del poder. El resultado es la caída
económica, el atraso cultural, la pauperización.
El
populismo simula ser revolucionario, y lo simula muy
bien. De ese modo atrapa la pasión de jóvenes,
intelectuales y gente solidaria, que cae bajo sus hipnóticos
malabarismos ideológicos, siempre ambiguos, siempre
cambiables. Pero es conservador, reaccionario, amante
del statu quo. Como la pretendida revolución nunca
llega, la patea para más adelante. En Argentina
abundaron los grafittis que llamaban a “completar”
la revolución inacabada de Perón, o se sucedieron las
tendencias peronistas que se llaman “auténticas”,
en contraste con la anterior, cuyo fracaso hundió otro
poco más al país.
-o-o-o-
Utiliza
el concepto pueblo como si fuese una esencia
supraindividual, una unidad perfecta. Pretenden que el líder,
su partido y la nación constituyan un todo sin fisuras
(su expresión culminante fue el nazismo). La lealtad se
debe ejercer de abajo hacia arriba, nunca en forma recíproca.
El pueblo se debe al líder y el líder “dice” (sólo
dice) que se debe al pueblo. En el populismo siempre
molesta la división de poderes, la alternancia política,
la independencia de la justicia, aunque las simulen
respetar (violándola sin escrúpulo ni respiro).
El
populismo creció sobre teorías irracionales como el Volkgeist
de Herder, que luego encantó a los nazis. También
sobre el Narod, palabra equivalente en ruso,
tomada por la derecha paneslavista. El fenómeno de las
masas –potente manifestación del pueblo- fue
desmenuzado críticamente por Gabriel Tarde y Gustave Le
Bon, luego por Sigmund Freud.
Señalo
ahora algo más grave aún: el populismo inyecta pereza
en el pensamiento. Y esto es letal. Desaparece la
capacidad crítica, se atrofia la lógica, se oscurece
la visión. Como el populismo insiste que la culpa de
todo está siempre en otro lugar (“los intereses foráneos”...),
lo único que cabe hacer a los ciudadanos –enseña- es
quejarse, protestar (con quejas y protestas que no
llevan a nada, que sólo hacen descargar energía).
Inhibe la crítica de fondo y, en consecuencia, aleja la
posibilidad de hacer buenos diagnósticos y aplicar
tratamientos eficientes, racionales. El problema siempre
son “los otros”. Por lo tanto, de los otros vendrá
la solución. Hay que pedir, exigir y hasta extorsionar.
En la Argentina las cosas fueron espantosas por culpa
del FMI, del Banco Mundial, el G 7, las empresas
extranjeras, el imperialismo, la globalización, la
envidia que nos tienen, el calentamiento del planeta y
así en adelante. Todavía no incluimos a los marcianos.
En cuanto a nosotros mismos, somos ángeles, somos víctimas,
y nada podemos hacer dentro de nuestra misma sociedad
para superar la tragedia que nos asfixia. Esto que acabo
de expresar es común a casi
todos los países atrasados del mundo.
Como
el pueblo y su líder son la misma cosa para el
populismo y sus derivaciones, el líder hace lo que el
pueblo quiere (dice) y el pueblo se lo cree a pies
juntillas. No hay más ley que la del pueblo (dice) y,
por lo tanto, puede cambiarla o violarla cuantas veces
se le ocurra, porque lo hace por deseo o pedido del
pueblo (dice). En verdad, la ajusta a sus egoístas
intereses. Esto es calamitoso, porque genera una
terrible inestabilidad jurídica que, sin embargo, no se
percibe ni repudia como tal. La inestabilidad jurídica
que prevalece en el populismo genera miedo a la inversión
y afecta al aparato productivo. Los países con
inestabilidad jurídica son fatalmente pobres. Pero el
populismo se las arregla para construir sofismas a
partir de una curiosa hipótesis: que la estabilidad sólo
beneficia a unos más que a otros. Lo cual puede ser
cierto en el corto plazo, pero a la larga rinde altos
dividendos a la sociedad en su conjunto.
Juan
José Sebrelli, en su libro Crítica de las ideas
políticas argentinas, demuestra que en mi país
hubo populismo conservador, radical y peronista. El
populismo peronista llegó más lejos que los otros y
hasta ahora, con su líder y fundador muerto hace un
cuarto de siglo, continúa atrapándonos en sus redes,
con la excusa de que siempre anda a la busca de la versión
“auténtica” o “renovadora”. Mantiene viva la
ilusión del paraíso perdido, cuando el asistencialismo
era frenético y de arriba llovían todos los bienes, en
especial para los que juraban y demostraban lealtad.
¿Habrá
rebelión contra las iniquidades del populismo? ¿Las
sociedades encadenadas a la miseria terminarán por
abrir los ojos y repudiar tan arraigada perversidad? ¿conseguirán
sacársela de encima, ya que es uno de los factores que
no sólo les ha envilecido la economía, sino el alma?
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