|
Introducción a un debate
La
inmigración se ha convertido en una de las cuestiones
centrales del debate público en la mayoría de las
sociedades desarrolladas. A las viejas pero siempre
actuales discusiones éticas sobre la legitimidad de
los Estados para imponer barreras a la libertad de
circulación de las personas se han sumado en los
últimos tiempos las derivadas de los impactos
sociales, políticos, económicos y culturales de los
flujos migratorios. En este contexto se produce una
singular paradoja. Por un lado, los países
industrializados reconocen la necesidad de importar
mano de obra ante el envejecimiento de la población,
la falta de oferta nativa para desempeñar
determinadas actividades laborales y un si fin más de
necesidades. Por otro, en esos mismos Estados se
producen determinadas reacciones y corrientes hostiles
hacia la inmigración que se contempla como una
amenaza para la estabilidad y la identidad de las
sociedades anfitrionas. En consecuencia, los gobiernos
responden a los flujos migratorios con una mezcla de
restricciones de los legales y amnistías de los
ilegales. Esta esquizofrenia maximiza los costes
derivados de la inmigración sin aprovechar los
beneficios que ésta podría proporcionar.
En la
práctica, el fracaso de las estrategias
gubernamentales para abordar el tema de la
inmigración es una prueba más de los nefastos
resultados derivados de los intentos de sustituir el
mercado por la planificación. La política hacia el
fenómeno migratorio vigente en el grueso de la OCDE
constituye una clamorosa expresión de un “fallo de
Estado” que, como sucede casi siempre, intenta
resolver los problemas con una apelación a la fuente
que los produce: una injerencia estatal creciente en
el libre funcionamiento de las fuerzas de la oferta y
de la demanda. Este planteamiento no significa que el
Estado no tenga que desempeñar papel alguno en la
ordenación de los movimientos migratorios pero sí
implica que el marco regulatorio vigente en la
mayoría de las economías avanzadas es ineficiente y
produce resultados distintos a los buscados, en
concreto, un estallido de la inmigración ilegal que
es la respuesta de mercado a una política inadecuada.
Sin
embargo, el mundo del post 11-S con la
internacionalización del terrorismo y el rebrote de
movimientos xenófobos con notable éxito electoral en
buena parte de los Estados desarrollados plantea un
dilema a la mayoría de los gobiernos democráticos:
¿Cómo conseguir capturar los potenciales beneficios
derivados de la inmigración sin incurrir en unos
costes políticos prohibitivos? La respuesta a ese
interrogante sólo puede proceder del diseño de un
marco teórico coherente que suministre el arsenal
necesario para desmantelar los principales argumentos
anti inmigración que constituyen mitos sin base
intelectual y empírica. Esta es una tarea esencial si
se aspira a construir políticas sensatas sobre la
cuestión y evitar respuestas basadas en las emociones
del momento o en las presiones de grupos de interés
minoritarios. De lo contrario se generará un problema
de enormes dimensiones con consecuencias
potencialmente explosivas.
La
tesis central de este artículo es que las leyes de
migración existentes en la mayoría de los países
industrializados penalizan la importación de mano de
obra foránea en una vía que es dañina para ellos
mismos. Las políticas diseñadas en este campo son
contrarias a los deseos de los ciudadanos y de las
empresas. Producen efectos indeseados y con mucha
frecuencia perversos. En ellas se sintetizan buena
parte de los argumentos tradicionales de la “antieconomía”
y también dosis profundas de planteamientos
contrarios a los fundamentos de una sociedad abierta.
Como en el caso del proteccionismo, la legislación
sobre la inmigración perjudica a todos. Constituye un
clásico juego de suma negativa.
Algunas
cuestiones de principios
El
punto de partida de una reflexión liberal sobre la
inmigración consiste en reconocer la libertad de
emigrar y de inmigrar como un derecho humano
fundamental. Es incoherente defender la libre
circulación de bienes, de servicios y de capitales y
oponerse a la de las personas. Desde esta perspectiva,
los obstáculos a la entrada o a la salida de/o en un
país determinado de los individuos constituyen un
atentado a sus derechos legítimos. En este marco
principista, la mejor política de inmigración es la
que no existe. De hecho esta fue la práctica seguida
en la mayoría de los Estados occidentales, a
excepción de Rusia, desde mediados del siglo XIX
hasta la Primera Guerra Mundial. Ese período
registró los mayores flujos migratorios de la
historia de la Humanidad, aproximadamente, un 10 por
100 de la población mundial abandonó sus países de
origen por un plazo mayor de un año. Las
restricciones al libre movimiento de las personas se
consideraba algo propio de las naciones poco
civilizadas.
Sin
embargo, ese enfoque se ve matizado por un elemento
fundamental. Si bien es cierto que los individuos han
de tener la libertad de ofrecer sus servicios en
cualquier lugar del mundo, también lo es que los
demás han de tener la capacidad de aceptarlos o de
rehusarlos por las razones que estimen convenientes.
La libertad de migración no implica pues que un “extranjero”
tenga el derecho de ir donde le plazca, sino donde se
le quiera recibir. En una organización social
sustentada en la propiedad privada, los derechos de
los individuos son condicionales, es decir, se permite
el acceso a la propiedad de otro a condición de
respetar las reglas y pagar el precio eventualmente
demandado. De esta manera, el derecho de exclusión,
con independencia de los criterios con los cuales se
ejerza, es un ejercicio legítimo en una sociedad
liberal y abierta, así como un mecanismo de
autorregulación.
En el
terreno práctico, esos criterios filosóficos se ven
perturbados por un hecho: La expansión de la
actividad estatal que de iure y de facto ha
monopolizado el derecho de exclusión. En este marco
no son los individuos de acuerdo con su libertad
contractual quienes ejercen la posibilidad de aceptar
o de rechazar transacciones mutuamente beneficiosas
con ciudadanos de otras naciones sino los poderes
públicos de acuerdo con fundamentos no sólo
económico sino de otra naturaleza y que, por
definición, son arbitrarios. En realidad, las
autoridades gubernamentales actúan como
monopolizadores de la exclusión y, por tanto, operan
como los propietarios del territorio dentro del cual
ejercen su soberanía. En los Estados democráticos,
esto se traduce en la inexistencia de reglas estables
y sensatas sobre los movimientos internacionales de
población que aparecen sometidas a los distintos
vaivenes de la opinión, impiden la realización de
acuerdos voluntarios y libres entre la oferta de
inmigración y su potencial demanda e introducen la
discrecionalidad política en su regulación.
En
este plano, los gobiernos democráticos se enfrentan a
una dificultad insoluble a la hora de diseñar un
aspecto clave de sus políticas de inmigración: La
determinación de cuáles son los flujos migratorios
que el país precisa. Esta es una expresión clara del
viejo axioma misiano-hayekiano sobre la imposibilidad
del cálculo económico en las economías planificadas
y del abrumador fracaso de los poderes públicos para
abordar el tema con una mínima racionalidad y
eficiencia. Las cuotas, los cupos, las visas, toda la
panoplia de instrumentos de control de la inmigración
adolecen de ese defecto: Un desconocimiento total de
la realidad, un déficit de información que las hace
ineficientes. Ningún Estado puede saber cual es el
nivel óptimo de inmigración. Ese sólo puede ser el
producto de millones de decisiones individuales cuyos
costes y beneficios se reflejan en los sistemas de
precios. En un mundo en el cual, la economía de
mercado gana parcelas crecientes de influencia, la
importación y exportación de capital humano se rigen
por criterios casi soviéticos. Esta es la causa
determinante de buena parte de los problemas generados
por la inmigración en las sociedades de acogida.
Cuando el Estado pretende controlarlo todo, termina
por no controlar nada.
¿Quién
se mueve y por qué?
El
abandonar el país de origen requiere coraje o
desesperación. Emigrar no es una “comida gratis”.
Tiene una serie de costes económicos, sociales,
culturales y afectivos que son o pueden ser muy
elevados. Esto significa que los inmigrantes suelen
personas más esforzadas, audaces e imaginativas que
la media de su país de origen y también que el
promedio de los habitantes de la sociedad anfitriona.
Por ejemplo, los miembros de las minorías étnicas en
Gran Bretaña tienen mayor propensión a convertirse
en empresarios que la población blanca. Los
inmigrantes son normalmente las “élites” de todas
las capas sociales de sus naciones de origen. Eso vale
tanto para las corrientes migratorias legales como
para las ilegales.
En
cualquier caso, la existencia de incentivos muy
poderosos para que la gente emigre, con independencia
de su deseabilidad, plantea serias dificultades para
articular medidas restrictivas que funcionen. Los
flujos migratorios se han acelerado de manera
sustancial en los últimos quince años y todo indica
que esa tendencia se intensificará en el corto, en el
medio y en el largo plazo. En la actualidad, la gente
que vive fuera de su tierra natal un año o más
constituye el 3 por 100 de la población mundial.
Entre 1989 y 2002, la inmigración a EE.UU. y a Europa
fue de una dimensión similar: 1 millón de
inmigrantes legales y alrededor de 500.000
ilegales/año a los primeros y 1,2 millones de legales
y aproximadamente 500.000 ilegales/año a la segunda.
Cuando un individuo decide abandonar su país y asume
los costes de hacerlo, no existen barreras capaces de
detenerlo. En términos relativos es de señalar el
espectacular aumento de la inmigración protagonizado
por España desde 1997.
Tabla
1: Flujos Netos de Inmigración
(por
1000 habitantes, incluidas correcciones)
|
Países |
1991 |
1992 |
1993 |
1994 |
1995 |
1996 |
1997 |
1998 |
1999 |
2000 |
2001 |
2002 |
|
UE (25 países) |
2.5 |
2.9 |
2.2 |
1.7 |
1.8 |
1.7 |
1.2 |
1.5 |
2.1 |
2.6 |
3.0 |
3.7 |
|
UE (15 países) |
3.2 |
3.7 |
2.9 |
2.2 |
2.2 |
2.1 |
1.5 |
1.9 |
2.5 |
3.1 |
3.6 |
4.4 |
|
Alemania |
7.5 |
9.6 |
5.7 |
3.9 |
4.9 |
3.4 |
1.1 |
0.6 |
2.5 |
2.0 |
3.3 |
2.7 |
|
España |
1.6 |
1.4 |
1.5 |
1.4 |
1.5 |
1.9 |
2.1 |
3.8 |
5.7 |
9.4 |
10.6 |
15.8 |
|
Francia |
0.6 |
0.6 |
0.3 |
-0.1 |
-0.3 |
-0.3 |
-0.2 |
-0.1 |
0.8 |
0.8 |
1.0 |
1.1 |
|
Italia |
0.1 |
3.2 |
3.2 |
2.7 |
1.7 |
2.7 |
2.2 |
1.9 |
1.7 |
3.1 |
2.2 |
6.1 |
|
Reino Unido |
1.3 |
0.8 |
1.5 |
1.4 |
2.0 |
1.8 |
1.5 |
3.6 |
2.8 |
2.8 |
3.1 |
2.1 |
|
EE.UU. |
3,7 |
4,0 |
3,8 |
3,4 |
3,5 |
3,6 |
3,8 |
3,5 |
3,5 |
3,5 |
5,0 |
5,2 |
Fuente:
Eurostat
Como
se ha comentado, el número de inmigrantes se ha
acelerado de modo sustancial. La caída del Telón de
Acero y los problemas en los Balcanes han inducido un
aumento de los movimientos de población hacia los
países de la Europa central (Alemania y Austria
principalmente). La ampliación de la UE a diez
países del centro-este europeo intensificará la
movilidad de las personas en el Viejo Continente. El
deterioro de la situación en el continente africano
ha incrementado la disparidad entre los estándares de
vida de esa región y los europeos haciendo que el
peligroso viaje hacia España sea más atractivo que
arriesgado y la atracción de EE.UU. como un paraíso
de prosperidad es también un poderoso foco de
captación de población foránea. Esa propensión a
la inmigración se ha visto además favorecida por la
tecnología, básicamente por el brutal descenso de
los costes de transporte y de comunicación. Por regla
general, los Estados exportadores de mano de obra
tienen como media un PIB per cápita, ajustado por
Paridad del Poder Adquisitivo, un 50 por 100 inferior
al de los receptores y, también en promedio, los
flujos migratorios comienzan a reducirse cuando esa
variable alcanza los 4.000 dólares/año. En la Tabla
2 se observa como los diferenciales de renta entre las
diversas regiones constituyen un determinante esencial
de los flujos migratorios.
Tabla
2: Distribución geográfica de la renta mundial
(en Paridad del Poder Adquisitivo)
| |
1960 |
1980 |
2000 |
|
Asia |
12,1 |
12,2 |
25,9 |
|
China |
7,9 |
6,5 |
16,8 |
|
India |
3,2 |
3,0 |
2,5 |
|
África
Subsahariana |
3,5 |
5,1 |
4,7 |
|
Oriente medio y
Norte de África |
7,9 |
9,9 |
8,4 |
|
Mundo en vías
de desarrollo |
29,3 |
32,5 |
42,4 |
|
Mundo en vías
de desarrollo (excep. China e India) |
21,4 |
26,0 |
25,6 |
|
Europa del Este |
11,3 |
12,6 |
6,1 |
|
Mundo no
industrializado |
38,1 |
42,8 |
47,6 |
|
Mundo
Industrializado |
61,9 |
57,2 |
52,4 |
|
Mundo |
100 |
100 |
100 |
Fuente:
Banco Mundial
Los
motores más importantes que impulsan la inmigración
hacia los países ricos en el lado de la oferta son
básicamente cuatro: i) Las oportunidades de empleo y
los deseos de mejorar el nivel de ingresos funcionan
como un poderoso imán de atracción; ii) el caos y la
represión política existentes en los países
exportadores de mano de obra también iii) la
transición de economías agrarias a la
industrialización ya que esta implica una nueva
reasignación de los recursos desde sectores primarios
a la industria que provoca flujos migratorios del
campo a la ciudad y al extranjero y iv) los programas
de bienestar social existentes en las naciones
desarrolladas que actúan como un mecanismo de
atracción que en muchos casos incentiva la entrada de
buscadores de rentas más que de creadores de riqueza.
Por
lo que se refiere a la demanda, los elementos que
impulsan la inmigración son los siguientes: i) La
demanda de una fuerza laboral para actividades que no
desean realizar los nativos; ii) la escasez de mano de
obra cualificada para determinadas actividades en las
economías avanzadas y iii) el envejecimiento de la
población que exige importar mano de obra para
sostener el crecimiento económico y para evitar que
recaiga sobre la población nativa ocupada una carga
fiscal abrumadora. Esos tres factores se retro
alimentan ya que las sociedades ricas y envejecidas
crean puestos de trabajo que la población del país
receptor no quiere ocupar. Por último, los países
industrializados intentan captar también capital
humano cualificado para trabajos en los cuales la
oferta doméstica no es suficiente. Esto significa que
la demanda de trabajadores va a aumentar tanto en los
segmentos altos del mercado como en los bajos.
Tabla
3: Porcentaje de Inmigrantes en la Fuerza Laboral
Total
|
Países |
1995 |
2002 |
|
EE.UU. |
10,8 |
15,3 |
|
Alemania |
9,1 |
8,9 |
|
Francia |
6,3 |
6,2 |
|
Italia |
1,6 |
3,3 |
|
Reino Unido |
3,6 |
4,8 |
|
España |
0,8 |
2,7 |
Fuente:
Trends in International Migration, OECD, 2003.
Los
movimientos migratorios se pueden catalogar en cuatro
grandes ramas: i) Cualificados y no cualificados; ii)
legales e ilegales; iii) voluntarios e involuntarios y
iv) temporales y permanentes. La inmensa mayoría de
los países industrializados aspira a importar capital
humano cualificado. Ahora bien, este tipo de
inmigración constituye un porcentaje insignificante
del total, alrededor del 3 por 100. El grueso de los
flujos de población a escala internacional se
concentra en inmigrantes poco cualificados que se ven
atraídos por las posibilidades de prosperar que les
abren las sociedades opulentas. La mayoría de ellos
no tienen vocación de permanencia en el país
anfitrión y aspiran a retornar a sus lugares de
origen. Estos constituyen también la parte del león
de los ilegales. Los involuntarios, esto es, los
refugiados, los demandantes de asilo se han
incrementado de manera sustancial en los últimos
veinte años a causa de los procesos políticos y de
los conflictos bélicos que se han producido en
algunas regiones del planeta. Por ejemplo, la crisis
en la antigua Yugoslavia generó importantes traslados
de población hacia Italia y hacia el centro de Europa
pero a efectos económicos no constituyen de facto una
categoría autónoma.
Fuente:
OCDE
El
impacto económico de la inmigración
La
inmigración tiene un impacto sobre el bienestar
económico del país de acogida y sobre el de su
población, en concreto sobre el nivel de renta y
sobre su distribución. Por simplicidad basta
considerar un modelo compuesto por tres factores de
producción: trabajadores cualificados, no
cualificados y capital físico. En este esquema, los
tres factores son sustitutos perfectos los unos de los
otros y las consecuencias de la inmigración dependen
de las características de los extranjeros. Por regla
general, el grueso de los inmigrantes tienen una
escasa formación, carecen de experiencia laboral y no
hablan el idioma del país de acogida. En este
contexto, la entrada en el mercado laboral de
trabajadores poco cualificados reduciría la
productividad marginal del empleo de esa naturaleza.
Este declive presionaría a la baja sobre los salarios
de ese sector de la población trabajadora y, si los
salarios son rígidos, genera paro en esa categoría
profesional.
Al
mismo tiempo, el incremento de la inmigración poco
cualificada puede inducir un aumento de la
productividad marginal y de los niveles salariales de
los trabajadores más cualificados así como a una
mayor rentabilidad del capital. Aunque un factor
nativo, el dotado de un capital humano menor pierde,
otros ganan y, en promedio, el nivel de renta de la
población nativa se eleva. Ahora bien, los
inmigrantes ahorran y por tanto crean capital que
acrecienta la productividad. Cuando esto se produce,
ese negativo efecto queda neutralizado o aminorado.
Tampoco puede olvidarse que, comparados con los
nativos, la tasa de participación en la fuerza
laboral de los inmigrantes es más alta, tienden a
ahorrar más y presentan una mayor propensión a
emprender nuevos negocios y al autoempleo. En
términos dinámicos esto supone una aportación neta
positiva de la inmigración en el medio y en el largo
plazo.
En el
siglo XIX y en los primeros años del XX no había
prácticamente programas de transferencias públicas y
se concedía escasa importancia a la distribución de
la renta. En consecuencia existía poco interés en el
impacto de una masiva inmigración poco cualificada
sobre la distribución del ingreso. En este marco, la
política de puertas abiertas a los movimientos
globales de población era más fácil. En la
actualidad, la mayoría de las economías
industrializadas han edificado extensos Estados del
Bienestar que por regla general conceden parte e
incluso la totalidad de sus beneficios a los
inmigrantes. Como la renta agregada de la población
nativa en el país de destino se ha elevado sería
posible conseguir una situación de óptimo de Pareto
si aquellos no recibiesen y se utilizase parte de las
ganancias obtenidas por el capital y por los
trabajadores cualificados para paliar los efectos
negativos de la inmigración poco cualificada sobre su
equivalente nativa.
Sin
embargo, el panorama cambia si el Estado del Bienestar
proporciona una asistencia similar a los inmigrantes y
a los nativos poco cualificados. Si esto ocurre, el
aumento de la renta agregada de los primeros provocado
por las prestaciones puede llegar a superar en
términos relativos las ganancias obtenidas por los
trabajadores más cualificados y por el capital. Bajo
estas circunstancias, la inclusión de los inmigrantes
en el sistema de transferencias sociales impide que se
logre el óptimo de Pareto, esto es, un equilibrio en
el que todos ganan. Esto plantea un dilema político
de primera magnitud ya que por razones
extraeconómicas resulta muy difícil dejar a los
inmigrantes fuera del sistema de protección social.
La pregunta, por qué un inmigrante que realiza una
actividad profesional legal y paga sus impuestos no
tiene derecho a percibir beneficios sociales, tiene
una respuesta complicada. Por eso Friedman ha
sostenido la tesis de que es imposible tener
simultáneamente libertad de inmigración y un Estado
del Bienestar.
En
los siguientes Gráficos es posible observar la
respuesta de los flujos migratorios al crecimiento
económico y a la mayor o menor generosidad del Estado
del Bienestar en las sociedades anfitrionas. Para
ilustrar esa relación se ha utilizado una hipótesis:
La existencia de un retardo entre el acto de inmigrar
y el incremento del PIB en el año anterior. El
resultado es bastante claro. En los países
desarrollados que ofrecen menores prestaciones
sociales a la inmigración, ésta viene determinada
básicamente por el comportamiento de la economía
como se comprueba en las regresiones que siguen a
continuación. En ellas se ve claramente el alto grado
de correlación positiva existente entre la evolución
del PIB y los movimientos migratorios en los países
con sistemas de protección social bajos o moderados
para los inmigrantes.
Fuente:
Elaboración propia a partir de datos de la OCDE
En
cambio, los Gráficos 4 y 5 muestran claramente como
los países desarrollados con Estados del Bienestar
más generosos atraen flujos migratorios que poco
tienen que ver con la marcha de la actividad
económica. Esto no significa per se que se trate de
una inmigración de “buscadores de rentas” pero
sí que el crecimiento económico no es la variable
explicativa de las corrientes inmigratorias como
sucede en el caso anterior.
Aunque
los planteamientos esbozados hasta ahora son
correctos, es importante introducir algunas
matizaciones. De entrada, la movilidad internacional
de la mano de obra no es sino uno más de los diversos
fenómenos que afectan al precio de los recursos
productivos. La libre circulación de bienes, de
servicios y de capitales tiene efectos similares a los
de la inmigración sobre el mercado de trabajo y sobre
la asignación de los recursos productivos. Desde esta
óptica, quienes se oponen a la entrada de
trabajadores foráneos por sus hipotéticas
consecuencias negativas sobre el nivel de empleo y de
renta de determinados colectivos de la población
nativa deberían también oponerse a las inversiones
de capital del país de acogida en el exterior y/o a
las importaciones de productos extranjeros. En pura
lógica, la importación de productos intensivos de
mano de obra poco cualificada produciría sobre los
salarios nativos de ese segmento del mercado laboral
un impacto similar al de la inmigración. En cualquier
caso, la evidencia empírica disponible muestra que
apenas existe relación entre la tasa de desempleo de
un país, su nivel salarial y la intensidad del flujo
migratorio que al mismo se dirige.
De
todas formas, en un entorno de libre circulación de
capitales, las barreras a la inmigración o los
aranceles no lograrían detener el proceso de ajuste
derivado de los intentos de elevar o de preservar los
salarios de los nativos de manera artificial
protegiéndoles de la hipotética competencia de la
mano de obra extranjera. Simplemente, este proceso
seguirá su curso en forma de una aumento de las
exportaciones de capital a los países con salarios
más bajos. Al mismo tiempo, los ciudadanos de los
países con unas restricciones inmigratorias fuertes
pueden perder como consumidores lo que creen ganar
como trabajadores, ya que las restricciones imponen
obstáculos a la división internacional del trabajo,
a una eficiente localización de la producción y de
la población etc. lo que reduce el bienestar general.
En
cualquier caso, el desempleo no guarda relación de
causalidad con la inmigración sino con la mayor o
menor flexibilidad del mercado de trabajo. El problema
básico en sociedades con un paro elevado y con
rigidez laboral es que la llegada masiva de
inmigrantes puede crear tensiones sociales y
políticas, empujar a esas personas a la marginalidad
e imponer una sobrecarga a los presupuestos públicos
como consecuencia de las prestaciones sociales y otros
costes derivados de la inmigración. Sin embargo, la
entrada de inmigrantes puede transformarse en un
poderoso instrumento de presión para liberalizar las
rígidas estructuras laborales europeas que son la
causa determinante de la presencia en la UE de un
abultado volumen de desocupación. No existe una
cantidad fija de trabajo en un país de tal manera que
todo nuevo inmigrante quitaría su empleo a un “nacional”.
En el Gráfico 6 se estudia la relación existente
entre los flujos migratorios de un país y su tasa
desempleo con los últimos datos disponibles y se
comprueba que el coeficiente de correlación entre
ambas series es prácticamente inexistente por tanto
se puede afirmar que no existe ningún tipo de
relación entre ambas variables, incluso los
resultados arrojan una elasticidad positiva.
Fuente:
Elaboración propia a partir de datos OCDE.
Por
lo que se refiere al impacto de la inmigración sobre
el Estado del Bienestar, sobre los impuestos y sobre
los gastos estatales la evidencia empírica cosechada
es mixta y no permite extraer conclusiones
definitivas. En un primer momento, los inmigrantes son
generalmente contribuyentes netos a las arcas
públicas porque constituyen mayoritariamente un
colectivo de individuos jóvenes en edad de trabajar y
el país receptor no ha tenido que pagar su
educación. Un estudio británico del Home Office
estima que la población nacida en el extranjero y
residente en Gran Bretaña paga en impuestos un 10 por
100 más de lo que recibe del Estado. Ahora bien, este
panorama cambia si se contempla en términos
dinámicos. En efecto, los inmigrantes tienden a crear
familias más grandes que los nativos, a ser más
pobres y tienen más posibilidades de caer en el paro
en coyunturas de debilidad económica. Así pues, su
demanda de gasto social puede ser superior a la de la
población nativa. Al mismo tiempo, los Estados con
más amplios sistemas de protección social atraen
más inmigrantes y éstos permanecen más tiempo en
ellos. California absorbe mucha más emigración
mejicana que Tejas a pesar de tener una frontera con
Méjico más extensa porque el sistema de protección
social es mucho más generoso en el Estado Dorado. En
cualquier caso, los estudios disponibles no permiten
extraer conclusiones definitivas sobre la cuestión.
Como
se ha comentado, los inmigrantes suelen ser más
jóvenes que los nativos y también tienen más hijos.
Por el contrario, la tasa de fertilidad en muchos
estados desarrollados, en especial en Europa, está
por debajo del nivel de reemplazo y por tanto
presentan un perfil de marcado envejecimiento en las
próximas décadas. Por ejemplo, la edad media en
Italia se elevará desde los 41 años actuales a los
53 en 2050 y en España a 55 años en ese período. A
mediados de esta centuria, España será el país más
envejecido del mundo y tendrá un 22 por 100 menos de
habitantes. En su conjunto, 34 países
industrializados tendrán en esa fecha menor
población que ahora. En Europa se reducirá un 12 por
100 y en Japón un 17 por 100.
Las
proyecciones realizadas por las Naciones Unidas
indican que, en el área europea, el volumen de
inmigración requerido para evitar una abrupta caída
de la población debería ser casi el doble del
actualmente registrado. En concreto, la UE debería
importar un flujo anual de inmigrantes no inferior a
1,8 millones y si se desea evitar un deterioro de la
tasa de dependencia (relación entre la población de
15 a 64 años y la de más de 65), esa cifra se eleva
a 3,6 millones de personas al año. Ello supone que a
mediados del siglo XXI, Europa debería tener entre un
20 y un 25 por 100 de la población de individuos
originarios de otros continentes.
Tabla
5: Evolución de la Población sin nuevos inmigrantes
(Millones de personas)
|
Países |
2000 |
2025 |
2050 |
Variación
Absoluta |
|
Francia |
58,8 |
61,1 |
59,3 |
0,5 |
|
España |
39,6 |
39,6 |
30,2 |
-9,4 |
|
Japón |
126,7 |
121,1 |
10,4,9 |
-21,8 |
|
Alemania |
80,9 |
72,6 |
58,8 |
-22,1 |
|
Rusia |
144,9 |
131,8 |
114,2 |
-30,7 |
|
EE.UU. |
274,3 |
296,6 |
290,6 |
16,3 |
|
Europa |
723,4 |
684,0 |
600,4 |
-123,0 |
|
UE |
372,4 |
354,5 |
310,8 |
-61,6 |
Fuente:
Organización de Naciones Unidas
Ese
estremecedor panorama demográfico plantea serios
problemas económicos y fiscales en el medio y en el
largo plazo que la inmigración puede contribuir a
aliviar. Los países europeos encaran una brecha
insostenible entre la proyección de los ingresos
fiscales que obtendrán en el futuro, los compromisos
de gasto que van a asumir y el endeudamiento al que
deberán hacer frente. En estos momentos, la
proporción de trabajadores activos/jubilados en la UE
es de 4,06 a 1,75; en 2050 sin jubilación adicional
sería de 1,89 a 1.
Ante
este escenario, la importación de mano de obra puede
desempeñar un papel amortiguador notable. Si los
inmigrantes hacen una contribución fiscal neta a lo
largo de su vida activa ayudarán a hacer más
sostenible esa situación pero, incluso, si no lo
hacen, aumentará el número total de contribuyentes.
En este contexto, la inmigración no elimina los
problemas de sostenibilidad de los sistemas sociales
continentales y no es una solución permanente al
declive demográfico pero sí contribuye a paliar sus
efectos negativos. Por el contrario, la
estabilización y/o la disminución del número de
inmigrantes recibidos por Europa tendría un efecto
demoledor sobre el nivel de vida de los nativos
europeos en edad de trabajar que deberían soportar
una carga fiscal desproporcionada para sostener a una
población pasiva muy elevada.
La
inmigración ilegal: Causas y soluciones
Uno
de los factores que focalizan el debate sobre las
corrientes migratorias es el espectacular crecimiento
de la inmigración ilegal. A ella se asocian las
peores manifestaciones del fenómeno migratorio:
delincuencia, explotación etc. En términos simples
se trata tan sólo de una divergencia entre el número
de individuos extranjeros que un país está dispuesto
a aceptar y quienes quieren entrar en él. Este
desajuste entre la oferta y la demanda es el resultado
directo de las políticas aplicadas por los gobiernos
para regular los movimientos
internacionales de población. Como los costes legales
y administrativos de ser inmigrante legal son muy
altos en la mayoría de los Estados desarrollados, la
emergencia de un mercado negro que permita eludir esas
restricciones es inevitable. También lo es el
desarrollo de una floreciente actividad empresarial
que ha convertido el tráfico ilegal de inmigrantes en
un próspero negocio. Aunque resulta difícil de
cuantificar, el Home Office británico considera que
alrededor de 30 millones de personas cruzan anualmente
las fronteras de modo ilícito a través de mafias que
mueven entre 13 y 30 mil millones de dólares al año.
La Oficina de las Naciones Unidas para el Control de
las Drogas y la Prevención del Crimen reconoce que el
tráfico ilegal de gente es hoy un negocio más
lucrativo que el de las drogas.
Tabla
6: Pagos realizados a los traficantes en las
principales rutas de inmigración
|
Países |
Dólares por
persona |
|
Kurdistán-Alemania |
3.000 |
|
China-Europa |
10.000-15.000 |
|
China-Nueva
York |
35.000 |
|
Pakistán/India-EE.UU |
25.000 |
|
Estados
Árabes-Emiratos Árabes Unidos |
2.000-3.000 |
|
Norte de
África-España |
2.000-3.000 |
|
Irak-Europa |
2.000-3.500 |
|
Oriente Medio-EE.UU |
4.100-5.000 |
|
Méjico-Los
Angeles |
200-400 |
|
Filipinas-Malasia/indonesia |
3.500 |
Fuente:
International Organization for Migration
Al
igual que sucede con el comercio de estupefacientes,
la primera reacción de las autoridades es acentuar la
represión para combatir el problema. El abanico de
acciones gubernamentales es de una gran variedad:
imponer multas y penas elevadas de prisión a los
traficantes, incrementar los controles fronterizos,
castigar a los empresarios que contraten inmigrantes
ilegales etc. Por ejemplo, las sanciones a los
empresarios que contratan inmigrantes ilegales no
sirven. La General Accounting Office norteamericana,
durante el debate sobre la legislación de
inmigración en 1986 que introdujo penalizaciones a
los empleadores, estudió como habían funcionado ese
tipo de medidas en Suiza y Alemania y encontró que
habían fallado. La experiencia norteamericana no ha
sido muy diferente. Al mismo tiempo, las mafias y los
propios grupos étnicos que proporcionan una efectiva
cobertura a los ilegales que les permite permanecer
sumergidos y desaparecer en el país anfitrión. Esta
realidad invita a plantear otra serie de iniciativas
no han tenido demasiada efectividad.
Ese
tipo de acciones represivas no resuelven la cuestión
y generan resultados perversos. Cuanto más
restrictivas son las políticas de inmigración,
mayores son los incentivos de los traficantes ya que
la prima riesgo de su actividad crece y, por tanto,
los beneficios derivados de ella también lo hacen.
Por otro lado, las sociedades democráticas no pueden
convertirse en Estados policíacos para intentar
controlar los flujos migratorios ilegales. Una primera
y palpable prueba de la incapacidad gubernamental de
controlar la inmigración ilegal son las amnistías
periódicas concedidas por los gobiernos a la
población foránea que reside al margen de la ley en
su territorio. Esto a su vez tiene un efecto no
deseado: La entrada de ilegales crece porque, antes o
después, los gobiernos se verán forzados a
regularizar su situación. Ante este panorama, los
esfuerzos realizados para afrontar la cuestión por
los gobiernos han sido bastante estériles.
Los
intentos de distinguir entre distintos tipos de
inmigración tampoco han tenido demasiado éxito como
un instrumento para canalizar esos flujos. En
América, en el Reino Unido y en otros países se ha
pretendido diferenciar entre los demandantes de asilo
y los que simplemente buscan ventajas económicas.
Pero separar esas dos categorías resulta muy
complicado, no sólo porque los inmigrantes tienen
potentes incentivos para inventar historias de
persecución étnica, política, religiosa que los
burócratas no tienen posibilidades de verificar, sino
porque el propio término “persecución” no tiene
una definición precisa salvo en casos extremos. Por
otra parte, quien solicita el asilo aspira o bien a
volver a su país de origen cuando la coyuntura mejore
o bien a permanecer en la sociedad de acogida. En
ambos supuestos se verá obligado a trabajar más
pronto o más tarde para poder sobrevivir y es
necesario crear incentivos para que lo haga, salvo que
le sostenga la asistencia pública.
Algunos
países han elegido un sistema de cuotas por puntos en
virtud del cual conceden la posibilidad de inmigrar a
extranjeros que reúnen una serie de peculiaridades
-educación, formación, conocimiento de la lengua,
edad etc-. Este modelo se implantó en Canadá y tanto
Alemania como el Reino Unido se han planteado su
posible importación. A pesar de su aparente atractivo
(permite elegir el tipo de inmigración que desea),
este enfoque presenta serias deficiencias que limitan
su funcionalidad. En primer lugar no resuelve ni
reduce el problema de la inmigración ilegal que se
concentra de modo masivo en los segmentos de la
población mundial con niveles de educación y de
formación más bajos. En segundo lugar introduce el
serio riesgo de que la combinación
arbitrariedad-corrupción en la concesión de permisos
de trabajo o de residencia se convierta en una norma.
Por último, los burócratas carecen de la
información necesaria para saber que tipo de mano de
obra, de cualificaciones etc. necesitan las empresas.
La
discriminación de los inmigrantes por país de origen
resulta muy atractiva para determinados Estados
que están preocupados por la fuerte entrada legal e
ilegal de individuos extranjeros procedentes de
culturas muy diferentes a las de la sociedad de
acogida. Esta medida tiene las mismas dificultades
para volverse efectiva que cualquiera de las otras
restricciones comentadas, no se sustenta en ninguna
evidencia masiva que permita establecer ventajas entre
unos y otros flujos migratorios por razones étnicas,
religiosas o culturales. Finalmente introduce un
prejuicio racista en el diseño de las políticas de
inmigración que es injustificable en las sociedades
abiertas. Los prejuicios que se esgrimen en la
actualidad contra cierto tipo de inmigración en
Europa recuerdan a los esgrimidos contra los
católicos irlandeses cuando comenzaron a llegar a los
EE.UU a partir de mediados del siglo XIX.
Uno
de los mecanismos más útiles para regular los flujos
migratorios es intensificar los intercambios
comerciales entre los países receptores de mano de
obra y los emisarios de la misma. La gente emigra
porque carece de posibilidades de prosperar en su
país de origen. El proteccionismo de los Estados
ricos estimula la emigración de los pobres. Desde
esta óptica, la eliminación de las barreras
proteccionistas existentes en las economías
desarrolladas constituye un arma muy efectiva para
fomentar el desarrollo económico de los Estados
pobres y para reducir los incentivos a la
inmigración. El libre comercio entre los países
industrializados y los en vías de desarrollo
permitiría a éstos especializarse en la producción
de aquellos bienes en los cuales gozan de ventaja
comparativa, producción de bienes intensivos en
trabajo no cualificado. Ello aumentaría las
oportunidades laborales y salariales de la población
de los países origen de la inmigración.
Las
acciones de inmigración restrictivas se ven
erosionadas de modo inexorable por las fuerzas del
mercado. Los incentivos de los inmigrantes para buscar
trabajo y mejorar sus condiciones de vida son muy
altos y los de los empleadores para contratarlos
también. Es muy difícil, por no decir imposible,
para cualquier Estado impedir que esa situación se
materialice cuando la oferta y la demanda intentan
converger hacia un precio que las dos partes de una
transacción consideran atractivo. El mercado negro
existe cuando es imposible o muy costoso estar en la
superficie. Esta realidad crea un prejuicio favorable
hacia el diseño de normativas sobre los flujos
migratorios más suaves y hacia el desmantelamiento
de buena parte de las disposiciones restrictivas
que sólo consiguen agravar los problemas derivados de
las vigentes políticas sobre la inmigración.
En
definitiva se trata de reducir los costes de la
legalidad lo que implica asumir un principio básico:
Permitir a quienes quieran trabajar y encontrar un
empleo fuera de su país buscarlo, pero haciendo
recaer sobre agencias privadas o sobre sus familias
los costes de mantenimiento de los inmigrantes
mientras estén en el paro e incluso obligándolos a
recurrir al sector privado para cubrir sus riesgos
cuando se incorporen a la vida laboral. Ese último
punto es imprescindible para disminuir los flujos
migratorios de los “buscadores de rentas”.
Finalmente es fundamental crear los estímulos
adecuados para facilitar la inmigración temporal. La
inmensa mayoría de los individuos que abandonan su
país de origen no quieren establecerse en el de
acogida. Quieren trabajar o estudiar unos meses o unos
años y luego volver a casa pero tienden a permanecer
más tiempo si la legislación les impide o dificulta
la posibilidad de retornar de nuevo.
Ese
criterio apriorístico se puede complementar con otras
iniciativas cuyo origen está en la idea de Gary
Becker de instaurar un mercado de derechos de
inmigración. En este sistema, el Estado anuncia cada
año la venta de una cierta cantidad de derechos de
inmigración y el mercado determina un precio de
equilibrio a través de las pujas de los aspirantes a
conseguirlos. Quienes ganan la subasta son los que
más valoran esos derechos, es decir, los que se
consideran más aptos para producir riqueza en el
país anfitrión. En el esquema “beckeriano”
cuanto más generoso es el Estado del Bienestar, más
caros son los derechos de inmigración.
En
esa misma dirección se han elaborado otras propuestas
interesantes. Una de ellas es fijar un precio a la
entrada legal en el país de acogida. Si los servicios
de un traficante cuestan entre los 2.000/3.500
dólares de un pasaje del Norte de África a España y
los 35.000 de uno de China a Nueva York, la venta de
visas o permisos de trabajo a los potenciales
entrantes a un coste inferior al de las mafias
expulsaría a éstas del mercado, reduciría de manera
drástica el volumen de ilegales y constituiría una
importante fuente de ingresos para las arcas
públicas. Otra fórmula de naturaleza y efectos
similares consiste en exigir a los inmigrantes que
compren un “bono de inmigración” a un precio
ligeramente superior al cobrado por los traficantes si
desean entrar de manera legal en el país. El bono se
repagaría al trabajador foráneo cuando retornase a
su país natal. Los ejemplos podrían multiplicarse
pero todos van en una dirección: Utilizar las fuerzas
del mercado para conseguir maximizar las ventajas
proporcionadas por la inmigración y minimizar sus
costes.
|
Una
nota sobre Inmigración y Delincuencia Uno
de los principales temores derivados de la
inmigración es el de su relación con la
delincuencia. La pregunta es sencilla: ¿Tienen
los inmigrantes una mayor propensión a cometer
delitos que los nativos? Resulta obvio que a
medida que aumenta el número de extranjeros en
un país, también lo hace el número de
violaciones de la ley cometidos por ellos en
términos absolutos. Es pura lógica
estadística. Ahora bien, la mayoría de los
estudios realizados sobre la materia no muestran
que haya una relación constante y estable entre
delincuencia e inmigración. La población
inmigrada no tiene siempre y en todas partes
tasas de criminalidad mayores, menores o iguales
que la autóctona. Todo depende del lugar y del
período que se considere. Para decirlo con
claridad, el incremento de los flujos
migratorios no se traduce de manera inexorable
en una amenaza para la seguridad de la sociedad
huésped. Kindleberg revisó las estadísticas
penales europeas desde el final de la Segunda
Guerra Mundial y concluyó que no existía una
evidencia estadística que mostrase la
existencia de mayores tasas de criminalidad
entre los inmigrantes que entre los nativos (Europe´s
Postwar Growth: The Role of Labor Suply,
Cambridge University Press, 1967). Esos
mismos resultados arrojó la investigación
realizada por Steinberg para los EE.UU. Ambos
autores asocian la percepción de la imagen
mayor inmigración/mayor criminalidad por
amplios sectores a la opinión a la singular
atención concedida por los medios de
comunicación a las actividades delictivas
desplegadas por los no nativos. Esto no
significa que no haya épocas en las cuales, el
índice de criminalidad ha sido superior en la
población inmigrada que en la nativa. Pero en
el largo plazo y en términos relativos, los
delitos cometidos por ambos colectivos tienden a
ser similares (ver Steinberg A., The History
of Inmigration and Crime, Staff Report of Select
Comisión on Inmigration and Refugee Policy,
Government Printing Office, 1981). Tampoco
existe evidencia empírica de que los ilegales
delincan más. Los estudios realizados por
Muller muestran que “los ilegales tienden a
huir de actividades criminales que atraigan la
atención de los particulares”. (Muller T, The
Fourth Wave: California´s Newest Inmigrants: A
Summary, Urban Institute, 1984). |
Reducir
la oposición a la inmigración: Un breve apunte
Los
argumentos económicos son necesarios pero no
suficientes para suavizar las fuertes restricciones
legales a la inmigración y la oposición a ella
existente en extensos sectores de la opinión
pública. Los inmigrantes y los nativos a menudo
sienten sentimientos encontrados en sus relaciones de
convivencia. Los primeros quieren sentirse en casa
pero también mantener, con distinta intensidad, sus
valores y su cultura. Los segundos aspiran a integrar
a los inmigrantes sin alterar los fundamentos del
orden social. Este dilema se plantea con mayor
intensidad en Europa que en los EE.UU. América tiene
una larga experiencia en hacer coexistir culturas
diferentes. Europa carece de ella y además se
enfrenta a una poderosa corriente migratoria
procedente de un mundo muy distinto al suyo, como lo
es el Islam, que es percibido en muchos ámbitos como
una amenaza, que se siente de manera más intensa
desde los acontecimientos del 11-S.
De
entrada, como señaló Mises, “la cosa
evidentemente, no tiene remedio bajo planteamientos
intervensionistas (con su afán de toquetearlo todo) o
socialistas”. Las restricciones a la inmigración
son inútiles y no van a lograr detener las corrientes
migratorias. Ahora bien parece obvio que los
habitantes de cualquier país se horrorizan ante la
idea de que una masiva ola de extranjeros les “invada”,
por temor a que un día queden convertidos en una
minoría dentro de su propio territorio y/o a que
minorías externas cohesionadas, con fuertes
incentivos para la acción colectiva puedan alterar el
habitat institucional y cultural de la nación
vendiendo sus votos a quienes les concedan
determinados privilegios. Guste o no, esos temores
existen y son alimentados desde muy distintas esferas
de la opinión pública.
¿Qué
valores morales y normas de comportamiento deben
exigirse que la gente respete en una sociedad abierta?
La respuesta es muy sencilla: Los principios del
Estado de Derecho. Los inmigrantes han de aceptar las
reglas de la comunidad en la cual desean entrar como
invitados o como socios. Esto supone respetar las
leyes y los valores de las sociedades de acogida. Los
“extranjeros” no pueden recibir trato
discriminatorio alguno ni a favor ni en contra. Sus
costumbres, sus valores, sus tradiciones han de ser
permitidas siempre y cuando se ejerzan en la esfera
privada y no violen la legalidad vigente. En nombre de
la protección del derecho a la libertad de expresión
y de religión no se puede tolerar la incitación a la
violencia de un imán como no se tolera la de
cualquier otro individuo sea nativo o extranjero. Como
se ha comentado antes, la propensión a delinquir de
los inmigrantes no es superior a la de los nativos y,
por tanto, no se elimina con leyes más restrictivas
si no mediante la aplicación de la ley.
Ese
marco de referencia se ve erosionado por la actitud de
los propios gobiernos, en especial de los europeos,
que no tienen una tradición similar a la del “melting
pot” norteamericano y practican una política
equivocada con un impacto potencial explosivo. Por un
lado levantan barreras elevadas a la inmigración
legal; por otro suelen conceder a los inmigrantes de
culturas foráneas un plus de derechos en función de
su pertenencia a una minoría étnica, cultural o
religiosa. Esta infección multiculturalista es la
causa de uno de los peores subproductos derivados de
los flujos migratorios procedentes de algunas áreas,
en concreto, de la sanción legal del “sistemas de
tribu”, de ghettos, de separaciones culturales
desintegradoras, no integradoras. Esta es la fuente
principal de las tensiones generadas por determinados
huéspedes en las sociedades anfitrionas, el freno
más poderoso a su asimilación y un factor
determinante de la hostilidad hacia la inmigración
existente en algunas zonas de Europa. Los derechos de
ciudadanía son la esencia de una sociedad abierta y
si se reformulan en “derechos de ciudadanías”
(plurales y separadas), aquella se rompe y se
subdivide en sociedades cerradas.
En un
esquema de multiculturalismo legalmente sancionado
pueden surgir graves problemas porque la segunda
generación de inmigrantes tiene serias dificultades
para definir su papel en esa misma sociedad que ha
aceptado, incorporado y sancionado la diversidad
cultural. Esto tiende a generar un clima de hostilidad
y de alineación entre huéspedes y anfitriones con
connotaciones explosivas. Los hijos de los
inmigrantes, a diferencia de sus padres, tendrán
serias dificultades para contemplar la sociedad de
acogida como la Tierra Prometida. De esta forma, sus
demandas de reconocimiento normativo de sus
peculiaridades se convierten en un elemento de
exclusión, en un obstáculo para su integración.
Esto no afecta sólo ni principalmente a las
comunidades musulmanas, sino a todas aquellas que
hacen de sus elementos diferenciales mundo autárquico
y autosuficiente. Muchas familias turcas viven en
Alemania desde hace 30 años. Ni ellos ni sus hijos
hablan alemán. En Dinamarca y en el Reino Unido no
puede obligarse a los inmigrantes a tomar lecciones
obligatorias de inglés o danés. Esto encierra a los
inmigrantes en una trampa de pobreza y exclusión.
A
modo de epílogo
La
dinámica impuesta por la globalización lleva
inevitablemente a una mayor movilidad internacional
del factor trabajo. Esto exige replantearse las
políticas de inmigración existentes en la mayoría
de los países industrializados que se ven desbordadas
por la realidad. Guste o es imposible y además
indeseable restringir las corrientes migratorias.
Ahora bien es posible y deseable mitigar los efectos
menos favorables de los flujos migratorios derivados
de la ilegalidad o de su potencial impacto negativo
sobre las sociedades anfitrionas si se produce una
sustancial liberalización de las medidas reguladoras
de la inmigración que reduzca los costes de la
legalidad y fomente la integración. El mejor juez de
las necesidades económicas es el mercado que es
también el instrumento más eficaz para casar la
oferta y la demanda de mano de obra foránea. Los
burócratas son incapaces de saber cuanta inmigración
necesita un país como no saben cuántos coches hay
que producir. Pero en democracia, los gobiernos no
pueden imponer sus deseos, por loables que sean, ante
la oposición de los ciudadanos. La inmigración es
siempre un “trade off” en el que es necesario
intentar equilibrar en una ecuación sensata los
inmensos beneficios que puede proporcionar a “todos”,
exportadores e importadores de fuerza laboral, con sus
potenciales costes.
|